San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 22 de abril de 2016

San Jorge y el Dragón


         San Jorge fue un soldado romano, nacido en el siglo III en Capadocia (Turquía) y que falleció a principios del IV. Según algunas versiones de la Tradición, se dice que su padre era militar y que por ese motivo su hijo, siguiendo sus pasos, ingresó al ejército romano, en donde se convirtió y siguió a Jesucristo, dando su vida por Él[1].
Según la narración que de su vida hiciera Santiago de la Vorágine en su obra “La Leyenda dorada”, escrita en el siglo XIII, San Jorge es presentado como un soldado o caballero que lucha contra un ser monstruoso (el dragón) que vivía en un lago y que tenía atemorizada a toda una población situada en Libia. Dicho dragón exigía dos corderos diarios para alimentarse a fin de no aproximarse a la ciudad, ya que desprendía un hedor muy fuerte y contaminaba todo lo que estaba vivo, pero cuando se quedaron sin animales, el dragón exigió que se le entregara cada día una persona viva, y la primera en ser elegida por sorteo, resultó ser la hija del rey. Sin embargo, cuando el monstruo estaba a punto de devorarla, San Jorge la salvó[2], enfrentando al Dragón y derrotándolo.
Según cuenta la Tradición, San Jorge, armado con una poderosa lanza y protegido por una gran armadura, arremetió con su caballo contra el monstruo, atravesando su negro y duro corazón, dándole muerte instantáneamente. De esa manera, tanto la población como la doncella, pudieron desde entonces vivir en paz. Luego, San Jorge murió mártir, en ocasión de las persecuciones de los emperadores Diocleciano y Máximo, a principios del año 300 d. C.
Ahora bien, hay un mensaje de santidad que nos deja San Jorge, y es el siguiente: el Dragón contra el cual lucha San Jorge, es el Demonio; la doncella virgen, es el alma en gracia, a la cual el Demonio, que “anda rugiente como león, buscando a quien devorar” (cfr. 1 Pe 5, 8), quiere precisamente devorar, es decir, destruir en la inocencia de la gracia, para inocularle el veneno pestilente del pecado y de la rebelión contra Dios; la poderosa lanza con la que está armado San Jorge, es la oración, especialmente el Santo Rosario y también la Santa Misa, que desarman y aplastan al Demonio; la armadura que lo protege de los ataques del Demonio, es la fe de la Santa Iglesia Católica, la fe del Credo que rezamos los Domingos, la fe en la que confesamos que Jesucristo, Presente en la Eucaristía, es Nuestro Salvador y Redentor.
         Al recordarlo en su día, le pidamos a San Jorge que interceda por nosotros para que, al igual que él, también nosotros nos revistamos con las armas de la oración y la armadura de la fe, para conservar nuestras almas puras e inmaculadas por la gracia y nuestros cuerpos castos y puros, para que sean “templo del Espíritu Santo”, y nuestros corazones sean altares en donde se adore a Jesús Eucaristía. Por último, si bien no todos estamos llamados al martirio cruento, como San Jorge, sí estamos llamados a dar un testimonio cotidiano, incruento, de nuestra fe en Jesucristo, un testimonio que no exige derramamiento de sangre, pero sí exige amar a Jesús antes que a los hombres.



[1] Cfr. http://www.santopedia.com/santos/san-jorge
[2] Cfr. ibidem.

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