San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 17 de mayo de 2017

San Pascual Bailón


         Vida de santidad.

Hijo de humildes campesinos, Martin Bailón e Isabel Yubero, Pascual nació el 16 de mayo de 1540 en Torre Hermosa, Aragón, España, en el año 1592[1].  Le llamaron Pascual porque nació en la vigilia de Pentecostés. Desde niño, Pascual recibió de Dios un don muy especial: un inmenso amor por Jesús Sacramentado. Este amor y devoción por la Eucaristía se manifestó por lo tanto siendo Pascual muy pequeño: cuando iba al campo a cuidar las ovejas de su amo, alcanzaba a ver la torre del pueblo y cuando las campanas tocaban, se arrodillaba a adorar el Santísimo Sacramento. Lo que sucedía era que en ese entonces se acostumbraba que al elevar la Hostia el sacerdote en la Misa, se diera un toque de campanas; entonces, cuando el pequeño Pascual oía la campana, se arrodillaba allá en su campo, mirando hacia el templo y adoraba a Jesucristo presente en la Santa Comunión. Tal era su amor a la Eucaristía que el dueño del rebaño decía que el mejor regalo que le podía ofrecerle al niño era permitirle asistir algún día entre semana a la Santa Misa. Como es habitual en los niños, estaba siempre estaba alegre, pero nunca se sentía tan contento como cuando ayudaba a Misa o cuando podía estarse un rato orando ante el Sagrario del altar. Incluso siendo niño, hacía duras penitencias, como andar descalzo por caminos pedregosos y cuando alguna oveja pasaba al potrero del vecino, pagaba a este de su escaso salario por el pasto que la oveja se había comido. Un día, mientras el sacerdote consagraba, otros pastores le oyeron gritar: “¡Ahí viene!, ¡allí está!”. Cayó de rodillas. Había visto a Jesús venir en aquel momento.  Se le apareció el Señor en varias ocasiones en forma de viril o de estrella luminosa. Hablaba poco, pero cuando se trataba de la Sagrada Eucaristía, lo inspiraba el Espíritu Santo. Al llegar a un pueblo iba primero a la iglesia y allí se quedaba por un buen tiempo de rodillas adorando a Jesús Sacramentado.
Trabajó como pastor de ovejas desde los 7 hasta los 24 años, edad en la que ingresó en la vida religiosa en el convento de los frailes menores (franciscanos) de Alvatera, aunque al principio no lo aceptaron, debido a su escasa instrucción. Sólo sabía leer y lo único que leía de corrido era el pequeño oficio de la Santísima Virgen María que llevaba siempre mientras pastoreaba y sus oraciones favoritas, a Jesús Sacramentado y a la Santísima Virgen.
Luego, ya como religioso franciscano, aprovechaba cualquier rato que tuviera libre para acudir a la capilla, para adorar a Jesús Eucaristía, de rodillas y con los brazos en cruz. Durante las noches, solía pasar largas horas delante del sagrario, adorando al Santísimo Sacramento y por la madrugada estaba en la capilla antes que los demás. Para configurarse más a Jesús, humillado en la Pasión, eligió siempre, como religioso franciscano, los oficios más humildes: portero, cocinero, mandadero, barrendero.
Pascual compuso varias oraciones muy hermosas al Santísimo Sacramento; al leerlas, el Arzobispo San Luis de Rivera, exclamó admirado: “Estas almas sencillas sí que se ganan los mejores puestos en el cielo. Nuestras sabidurías humanas valen poco si se comparan con la sabiduría divina que Dios concede a los humildes”.
 Sucedió entonces que sus superiores lo enviaron a Francia a entregar una carta al general de la orden; una vez llegado a aquel país -iba descalzo, con su hábito gastado y con una túnica vieja y remendada-, lo rodeó un grupo de protestantes que lo desafió a que les probara que Jesús sí está en la Eucaristía –de modo real, verdadero y substancial, tal como enseña la Iglesia Católica, y no según la fe y no junto a las substancias del pan y del vino, como enseñan erróneamente los protestantes-. En su defensa de la doctrina católica de la Eucaristía, San Pascual habló de una manera tan rotunda y contundente, que sus oponentes –hugonotes- se quedaron sin palabras para poder contrarrestar nada de lo que afirmaba, con lo que acudieron al único recurso que les quedaba para hacerlo callar, el uso de la fuerza, por lo que empezaron a golpear a San Pascual y a apedrearlo casi hasta matarlo. San Pascual no solo no les guardó enojo, sino que se alegró por haber tenido la oportunidad de defender a Jesús Sacramentado y de sufrir por Él.
Aunque Pascual apenas sabía leer y escribir, era capaz de expresarse con gran elocuencia sobre la presencia de Jesús en la Eucaristía. Tenía el don de ciencia infusa. Sus maestros se quedaban asombrados de la precisión con que respondía a las más difíciles preguntas de teología. A causa de este don, por el que sobresalía y se destacaba por encima de sus hermanos en la orden, le dedicaron este verso: “De ciencia infusa dotado, siendo lego sois Doctor, Profeta y Predicador, Teólogo consumado...”.
Se destacó por su humildad y amor a los pobres y afligidos. Era famoso por sus milagros y su don para llevar las almas a Cristo. Martín Crespo relató como el santo le había librado de su determinación de vengarse de los asesinos de su padre. Habiendo escuchado el viernes santo el sermón sobre la pasión, sus amigos le exhortaban a perdonar. Él se mantenía inmovible.  Entonces Pascual lo tomó del brazo, lo llevó a un lado y le dijo: “Mi hijo, ¿No acabas de ver la representación de la pasión de Nuestro Señor?”. “Entonces -escribe Martín- con una mirada que penetró mi alma me dijo: “Por el amor de Jesús Crucificado, mi hijo, perdónalos”. “Sí, Padre”, contesté, bajando mi cabeza y llorando. “Por el amor de Dios yo los perdono con todo mi corazón. Ya no me siento la misma persona de antes, deseosa de venganza, sino que me siento lleno de perdón hacia mis enemigos”.
Cuando estaba moribundo oyó una campana y preguntó: “¿De qué se trata?”. “Están en la elevación en la Santa Misa”. “¡Ah, qué hermoso momento!”, y quedó muerto en aquel preciso momento. Era el 15 de Mayo de 1592, el Domingo de Pentecostés, en Villareal de los Infantes, España.

Pascual nació en la Pascua de Pentecostés[2] de 1540 y murió en la fiesta de Pentecostés de 1592, el 17 de mayo (la Iglesia celebra tres pascuas: Pascua de Navidad, Pascua de Resurrección y Pascua de Pentecostés[3]. Durante su misa tenían el ataúd descubierto y en el momento de la doble elevación, los presentes vieron que abrió y cerró por dos veces sus ojos. Su cuerpo aun después de muerto, manifestó su amor a la Eucaristía[4]. Eran tantos los que querían despedirse de el que lo tuvieron expuesto por tres días. Los milagros que hizo después de su muerte, fueron tantos, que fue beatificado el 29 de Octubre de 1618 por el Papa Pablo V y canonizado el 16 de Octubre de 1690 por el Papa Alejandro VIII. El Sumo Pontífice León XIII nombró a San Pascual Bailón Patrono de los Congresos Eucarísticos, de las Asociaciones Eucarísticas y de la Adoración Eucarística Nocturna por el breve apostólico Providentissimus, de 28 de noviembre de 1897.

Mensaje de santidad.

El mensaje de santidad que nos deja San Pascual Baylón es su gran amor a Jesús Eucaristía y a la Virgen, y era un amor de tal intensidad, que todo en su vida, desde pequeño, estaba orientado a la Eucaristía y a la Virgen. Puede decirse que toda la vida de San Pascual Baylón giró en torno a la Eucaristía y a la Virgen, como una forma de corresponder al amor con el que Jesús lo amó primero.
Una de las muestras de amor de Jesús a San Pascual Baylón, fue su aparición –en una custodia, y como Jesús Sacramentado- mientras él estaba pastoreando, en el momento en el que se elevaba en la Misa la Hostia recién consagrada, y aunque fue una gran muestra del Amor de Jesús por él, sin embargo no se le dio en alimento; a nosotros, que no con toda seguridad no tenemos el mismo amor, la misma piedad y la misma devoción que San Pascual a Jesús Eucaristía, Jesús se nos dona, con todo su Ser divino trinitario, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, en la Eucaristía. Al recordar a San Pascual en su día, le pidamos a Nuestra Señora de la Eucaristía su intercesión para que seamos capaces de amar a Jesús Sacramentado, al menos con una mínima porción del amor de San Pascual, para que le demos gracias a Nuestro Señor por donársenos, todo Él, todo entero, con todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, a través de la Eucaristía.      



[1] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170517&id=12061&fd=0
[2] Pascua significa: paso de la esclavitud a la libertad.
[3] http://www.corazones.org/santos/pascual_bailon.htm
[4] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Pascual_Bail%C3%B3n5_17.htm

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