San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 24 de marzo de 2017

Santos Pastorcitos de Fátima Jacinta y Francisco Marto


Vida de santidad de los Santos Jacinta y Franciso Marto.

Los beatos Jacinta –nació el 3 de Octubre de 1910 y falleció el 20 de Febrero de 1920-, Francisco -nació el 6 de Junio de1908 y falleció el 4 de Abril de 1919- y Lucía tuvieron la gracia de recibir, entre el 13 de mayo y el 13 de octubre de 1917, las Apariciones de la Virgen María en Cova de Iría[1], precedidas por las apariciones del Ángel de Portugal, el Ángel de la Paz. Estas apariciones cambiaron de tal manera sus vidas, que a partir de ahí, siendo niños pequeños –tendrían entre siete y nueve años-, comenzaron a vivir una vida de gran santidad, una santidad que, luego de tribulaciones en la tierra, los condujo al lugar donde ahora se encuentran: la felicidad eterna en el Reino de los cielos. Luego de las Apariciones de Fátima, los tres Pastorcitos crecieron grandemente en el amor de Dios y de los hombres; dejaron de aspirar a vivir una vida meramente terrena, con aspiraciones terrenas y humanas, para desear, para ellos y para todo el mundo, evitar el Infierno y alcanzar el Reino de los cielos. En esta vida de santidad, se caracterizaron por la oración continua, por los sacrificios, penitencias y mortificaciones que ofrecían por los pecadores, y vivir permanentemente en gracia y en Presencia de Dios.
Las Apariciones del Ángel de Portugal primero y de la Virgen María después, y los increíbles prodigios que los acompañaron, no supusieron para ellos, como muchos pueden pensar, una vida fácil y sin contratiempos, recibiendo el beneplácito, el cariño y el reconocimiento de todos. Por el contrario, debieron enfrentar, incluso desde el seno mismo de sus familias, una gran oposición, a la que se sumaron eclesiásticos, laicos y autoridades gubernamentales. Estas últimas, infiltradas por la Masonería –secta secreta que busca la destrucción de la Iglesia-, los amenazaron de muerte –les dijeron que los arrojarían a un caldero gigante con aceite hirviendo- si no se retractaban y decían que todo era mentira y producto de su imaginación. Parte importante de la vida de santidad de los Pastorcitos, que permitió a la Iglesia beatificarlos primero y ahora canonizarlos, fue el soportar con gran entereza, serenidad y fortaleza sobrenatural, las innumerables calumnias, injurias, persecuciones, incomprensiones, amenazas contra la vida y, a pesar de su corta edad, días de prisión.
Ante las amenazas de las autoridades civiles, de quitarles la vida si no declaraban que las Apariciones eran falsas, Francisco Marto les infundía valor y fortaleza a su hermana y su prima y decía: “Si nos matan no importa; vamos al cielo”. Por su parte, Jacinta, hermana de Francisco, cuando la llevaban para supuesta matarla, dijo a Francisco y Lucía: “No se preocupen, no les diré nada; prefiero morir antes que eso”. Los niños mostraron una entereza, una fortaleza, una sabiduría y una serenidad, propias de los mártires.

Mensaje de santidad.

Francisco.

Francisco era un niño de carácter dócil y todos lo reconocían como un muchacho sincero, justo, obediente y diligente. Algo que incidió profundamente en su vida espiritual fueron las palabras del Ángel en su tercera aparición: “Consolad a vuestro Dios”. El Ángel les hizo comprender la tristeza y el desconsuelo que tenía Dios a causa de los pecados de los hombres y de su falta de arrepentimiento. Lo que tenemos que entender aquí es que la santidad no consiste en estar riendo sin sentido todo el tiempo, y que la tristeza, en este caso, no se debe a una causa psicológica, sino espiritual, pues el Ángel le comunicó, de algún modo, la misma tristeza que Jesús experimentó en el Getsemaní: “Mi alma está triste hasta la muerte”, y la tristeza de Jesús en el Getsemaní se debía a que veía la innumerable cantidad de almas que habrían de condenarse, a pesar de su sacrificio en cruz. Desde entonces, Francisco deseaba consolar a Nuestro Señor y a la Virgen, a quien, particularmente, le había parecido que estaba tan triste, sobre todo en la aparición en la que experimentaron el Infierno. Esto lo confirmó Sor Lucía después, cuando dijo que la Virgen en las Apariciones de Fátima no estaba alegre, sino “triste”. Cuando Francisco enfermó, le dijo a Sor Lucía: “¿Nuestro Señor aún estará triste? Tengo tanta pena de que Él esté así. Le ofrezco cuanto sacrificio yo puedo”. Francisco se santificó, en gran medida, además de rezar el Rosario, por ofrecer sacrificios y su enfermedad a Jesús. En la víspera de su muerte se confesó y comulgó con los más santos sentimientos.
Es verdad que Jacinta y Francisco siguieron su vida normalmente después de las apariciones: por ejemplo, Lucia empezó a ir a la escuela tal como la Virgen se lo había pedido, y Jacinta y Francisco iban también para acompañarla. Cuando llegaban al colegio, pasaban primero por la Iglesia para saludar al Señor. Pero como Francisco sabía, porque la Virgen se lo había dicho, que no iba a vivir mucho tiempo en la tierra, porque lo iba a llevar al cielo, les decía a Lucia y Jacinta: “Vayan ustedes al colegio, yo me quedaré aquí con Jesús Escondido (en el sagrario). ¿Qué provecho me hará aprender a leer si pronto estaré en el Cielo?”. Y diciendo esto, Francisco se iba tan cerca como era posible del Tabernáculo, a hacer Adoración Eucarística y allí lo encontraban en el mismo lugar, en profunda oración y adoración, cuando Lucia y Jacinta regresaban por la tarde.
De los tres niños, Francisco era el contemplativo y el que más se distinguió en su amor reparador a Jesús en la Eucaristía. Después de la comunión recibida de manos del Ángel, decía: “Yo sentía que Dios estaba en mi pero no sabía cómo era”.  En su vida se resalta la verdadera y apropiada devoción católica a los ángeles, a los santos y a María Santísima. Francisco quería ante todo consolar a Dios, tan ofendido por los pecados de la humanidad. Durante las apariciones, era esto lo que impresionó al niño.
Francisco quería ofrecer su vida para aliviar al Señor, a quien él había visto tan triste por las ofensas de los hombres. No solo hacía reparación, sino que evitaba todo lo que pudiera implicar un pecado o una ocasión de pecado y, aunque tenía sólo siete años de edad, comenzó a aproximarse, frecuentemente al Sacramento de la Penitencia.
Una vez Lucia le preguntó: “Francisco, ¿qué prefieres más, consolar al Señor o convertir a los pecadores?”. Y él respondió: “Yo prefiero consolar al Señor. ¿No viste qué triste estaba Nuestra Señora cuando nos dijo que los hombres no deben ofender más al Señor, que está ya tan ofendido? A mí me gustaría consolar al Señor y después, convertir a los pecadores para que ellos no ofendan más al Señor”. Y continuó: “Pronto estaré en el cielo. Y cuando llegue, voy a consolar mucho a Nuestro Señor y a Nuestra Señora”. Deseaba ir al cielo, para allí consolar a Jesús y a María.
Luego de enfermar, y después de 5 meses de casi continuo sufrimiento, el 4 de abril de 1919, primer viernes, a las 10:00 a.m., murió santamente el niño que había dedicado su corta vida a consolar a Jesús en el sagrario. La felicidad que ahora experimenta para siempre en el cielo, compensa con creces los sacrificios que ofreció en la tierra a Jesús.

         Jacinta.

Jacinta era muy inteligente y muy alegre. Como todo niño, siempre estaba corriendo, saltando o bailando, aunque la pavorosa visión y experiencia mística del infierno la impresionó tanto, que vivía apasionada por el ideal de convertir pecadores, a fin de arrebatarlos del suplicio del infierno. Una vez exclamó: “¡Qué pena tengo de los pecadores! ¡Si yo pudiera mostrarles el infierno!”. Al respecto, vale la pena recordar, con palabras de Lucía, en qué consistió esta visión del infierno. En una de las Apariciones, la Virgen les dijo: “Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, y especialmente cuando hagáis un sacrificio: “¡Oh, Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María!”. Sor Lucía cuenta qué sucedió luego de estas palabras de la Virgen: “Al decir estas últimas palabras abrió de nuevo las manos como los meses anteriores. El reflejo parecía penetrar en la tierra y vimos como un mar de fuego y sumergidos en este fuego los demonios y las almas como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, de forma humana, que fluctuaban en el incendio llevadas por las llamas que de ellas mismas salían, juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todo los lados, semejante a la caída de pavesas en grandes incendios, pero sin peso ni equilibrio, entre gritos y lamentos de dolor y desesperación que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. (Debía ser a la vista de eso que di un “ay” que dicen haber oído). Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros tizones en brasa. Asustados y como pidiendo socorro levantamos la vista a Nuestra Señora, que nos dijo con bondad y tristeza: Habéis visto el infierno, donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hacen lo que yo os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra terminará pero si no dejan de ofender a Dios en el reinado de Pío XI comenzará otra peor (luego el mensaje continúa)”.
Lo que debemos tener en cuenta es que eran niños, y que fue la Virgen en persona quien no solo les mostró el Infierno sino que, en cierta medida, los llevó allí, pues ellos no solo vieron, sino que tuvieron una experiencia verdaderamente mística acerca de la realidad del Infierno. Aún más, si la Virgen les hizo tener esta experiencia del Infierno, eso quiere decir que fue el mismo Dios quien así lo dispuso. Muchos cuestionan que en Catecismo o que los padres, hablen del Infierno a los hijos; a estos tales, habría que decirles qué fue lo que pasó en Fátima. Por otra parte, la experiencia mística del Infierno significó para los niños un crecimiento en la vida espiritual enorme, al punto que vivieron en un estado de santidad permanente; lejos de quedar “traumatizados”, como se dice hoy, los hizo crecer en amor a Dios, a la Virgen, a los santos y a los ángeles, y además, los llevó a orar y a ofrecer sus vidas por amor a Dios y la salvación de los hombres, todo lo cual demuestra que la predicación de la doctrina del Infierno es un deber de todo católico –así imita a la Virgen y a Nuestro Señor- y un acto de caridad para los pecadores.
En el siguiente diálogo, queda registrado cómo era la manera en que los niños meditaban acerca de la eternidad y el infierno, según el relato de Sor Lucía: “Un día llegamos con nuestras ovejas al lugar escogido para pastar, Jacinta se sentó pensativa en una piedra. – Jacinta ven a jugar. – Hoy no quiero jugar. – ¿Por qué no quieres jugar? – Porque estoy pensando así: aquella Señora nos dijo que rezásemos el Rosario e hiciésemos sacrificios por la conversión de los pecadores. Ahora cuando recemos el Rosario tenemos que rezar las avemarías completas y el Padrenuestro entero. ¿Y qué sacrificios podemos hacer?”. Francisco pensó enseguida en un buen sacrificio: – Vamos a darle nuestra comida a las ovejas y así haremos el sacrifico de no comer. En poco tiempo, habíamos repartido nuestro fiambre entre el rebaño. Y así pasamos un día de ayuno más riguroso que el de los austeros cartujos. Jacinta seguía pensativa, sentada en su piedra y preguntó: – Aquella Señora también dijo que iban muchas almas al infierno. ¿Pero que es el infierno? – Es una cueva de bichos y una hoguera muy grande (así me lo explicaba mi madre) y allá van los que cometen pecados y no se confiesan y permanecen allí siempre ardiendo. – Y ¿nunca más salen de allí? – No. – ¿Ni después de muchos años? – No, el infierno nunca se termina. – Y ¿el Cielo tampoco acaba? – Quien va al Cielo nunca mas sale de ahí. – Y ¿Y el que va al infierno tampoco? – ¿No ves que son eternos, que nunca se acaban? Hicimos por primera vez en aquella ocasión, la meditación del infierno y de la eternidad. Tanto impresionó a Jacinta la eternidad que a veces jugando preguntaba: – Pero, oye ¿después de muchos, muchos años, el infierno no se acaba? Y otras veces: – ¿Y los que allí están, en el infierno ardiendo, nunca se mueren? ¿Y no se convierten en ceniza? ¿Y si la gente reza mucho por los pecadores, el Señor los libra de ir allí? ¿Y con los sacrificios también? ¡Pobrecitos! Tenemos que rezar y hacer muchos sacrificios por ellos. Después añadía; – ¡Que buena es aquella señora. Ya nos prometió llevarnos al Cielo!”.
Luego de las Apariciones, Jacinta creció en su amor a Dios y su deseo de la salvación de las almas en peligro del infierno. Además, ocupaban sus pensamientos y su amor la gloria de Dios, la salvación de las almas, la importancia del Papa y de los sacerdotes, la necesidad y el amor por los sacramentos.
Jacinta tenía una devoción muy profunda al Corazón Inmaculado de María, lo que la llevó a amar profundamente al Sagrado Corazón de Jesús. Asistía a la Santa Misa diariamente y tenía un gran deseo de recibir a Jesús en la Santa Comunión en reparación por los pobres pecadores. Nada le atraía más que la Adoración Eucarística, el pasar tiempo en la Presencia Real de Jesús Eucaristía. Decía con frecuencia: “Cuánto amo el estar aquí, es tanto lo que le tengo que decir a Jesús”. Consciente del peligro que significan las cosas del mundo, Jacinta se separaba de todo lo mundano, para dedicarse a las cosas del cielo. Buscaba el silencio y la soledad para orar y contemplar. “Cuánto amo a Nuestro Señor”, decía Jacinta a Lucia, “a veces siento que tengo fuego en el corazón pero que no me quema”.
Desde la primera aparición, los niños buscaban como multiplicar sus mortificaciones y no se cansaban de buscar nuevas maneras de ofrecer sacrificios por los pecadores. Un día, poco después de la cuarta aparición, mientras caminaban, Jacinta encontró una cuerda y propuso el ceñir la cuerda a la cintura como sacrificio. Estando de acuerdo, cortaron la cuerda en tres pedazos y se la ataron a la cintura sobre la carne. Lucia cuenta después que este fue un sacrificio que los hacia sufrir terriblemente, tanto así que Jacinta apenas podía contener las lágrimas. Pero si se le hablaba de quitársela, respondía enseguida que de ninguna manera pues esto servía para la conversión de muchos pecadores. Al principio llevaban la cuerda de día y de noche pero en una aparición, la Virgen les dijo: “Nuestro Señor está muy contento de vuestros sacrificios pero no quiere que durmáis con la cuerda. Llevarla solamente durante el día”. Ellos obedecieron y con mayor fervor perseveraron en esta dura penitencia, pues sabían que agradaban a Dios y a la Virgen. Francisco y Jacinta llevaron la cuerda hasta en la última enfermedad, durante la cual aparecía manchada en sangre.
Luego de habérsele concedido ver en una visión los sufrimientos del Santo Padre, Jacinta comenzó a experimentar un gran amor por el Papa y a tener deseos de ofrecer sacrificios por él. Dice así Jacinta: “Yo lo he visto en una casa muy grande, arrodillado, con el rostro entre las manos, y lloraba. Afuera había mucha gente; algunos tiraban piedras, otros decían imprecaciones y palabrotas”. En otra ocasión, mientras que en la cueva del monte rezaban la oración del Ángel, Jacinta se levantó precipitadamente y llamó a su prima: “¡Mira! ¿No ves muchos caminos, senderos y campos llenos de gente que llora de hambre y no tienen nada para comer... Y al Santo Padre, en una iglesia al lado del Corazón de María, rezando?”. Desde estos acontecimientos, los niños llevaban en sus corazones al Santo Padre, y rezaban constantemente por él. Incluso, tomaron la costumbre de ofrecer tres Ave Marías por él después de cada rosario que rezaban (es una costumbre que perdura hasta hoy).
La Virgen María no dejaba de escuchar las fervientes súplicas de estos niños, respondiéndoles a menudo de manera visiblemente. Tanto Francisco como Jacinta fueron testigos de hechos extraordinarios, como por ejemplo, los siguientes: en un pueblo vecino, a una familia le había caído la desgracia del arresto de un hijo por una denuncia que le llevaría a la cárcel si no demostrase su inocencia. Sus padres, afligidísimos, mandaron a Teresa, la hermana mayor de Lucia, para que le suplicara a los niños que les obtuvieran de la Virgen la liberación de su hijo. Lucía, al ir a la escuela, contó a sus primos lo sucedido. Dijo Francisco: “Vosotras vais a la escuela y yo me quedaré aquí con Jesús para pedirle esta gracia”. En la tarde Francisco le dice a Lucía: “Puedes decirle a Teresa que haga saber que dentro de pocos días el muchacho estará en casa”. En efecto, el 13 del mes siguiente, el joven se encontraba de nuevo en casa.
En otra ocasión, había una familia cuyo hijo había desaparecido como prodigo sin que nadie tuviera noticia de él. Su madre le rogó a Jacinta que lo recomendará a la Virgen. Algunos días después, el joven regresó a casa, pidió perdón a sus padres y les contó su trágica aventura. Después de haber gastado cuanto había robado, había sido arrestado y metido en la cárcel. Logró evadirse y huyó a unos bosques desconocidos, y, poco después, se halló completamente perdido. No sabiendo a qué punto dirigirse, llorando se arrodilló y rezó. Vio entonces a Jacinta que le tomó de una mano y le condujo hasta un camino, donde le dejo, indicándole que lo siguiese. De esta forma, el joven pudo llegar hasta su casa. Cuando después interrogaron a Jacinta si realmente había ido a encontrase con el joven, repuso que no pero que si había rogado mucho a la Virgen por él. Pero ellos no deseaban ser reconocidos, ni mucho menos.
Un día que se dirigían tranquilamente hacia la carretera, vieron que se paraba un gran auto delante de ellos con un grupo de señoras y señores, elegantemente vestidos. “Mira, vendrán a visitarnos...”, dijo Francisco. “¿Nos vamos?”, pregunta Jacinta. “Imposible sin que lo noten”, responde Lucía: “Sigamos andando y veréis cómo no nos conocen”. Pero los visitantes los paran: “¿Sois de Aljustrel?”. “Si, señores”, responde Lucia. “¿Conocéis a los tres pastores a los cuales se les ha aparecido la Virgen?”. “Sí, los conocemos”. “¿Sabrías decirnos dónde viven?”. “Tomen ustedes este camino y allí abajo tuerzan hacia la izquierda”, les contesta Lucía, describiéndoles sus casas. Los visitantes marcharon, dándoles las gracias y ellos contentos, corrieron a esconderse.
Francisco y Jacinta fueron muy dóciles a los preceptos del Señor y a las palabras de la Santísima Virgen María. Progresaron constantemente en el camino de la santidad y, en breve tiempo, alcanzaron una gran y sólida perfección cristiana. Al saber por la Virgen María que sus vidas iban a ser breves, pasaban los días con la fervorosa expectativa de entrar en el cielo, lo cual sucedió al poco tiempo, tal como la Virgen se los había anticipado.
El 23 de diciembre de 1918, Francisco y Jacinta cayeron gravemente enfermos por la terrible epidemia de bronco-neumonía. Pero a pesar de que se encontraban enfermos, no disminuyeron en nada el fervor en hacer sacrificios; por el contrario, ofrecieron todas las incomodidades, las tribulaciones y los dolores que les sobrevinieron por esta enfermedad, que se complicó rápidamente, al no existir en esa época los antibióticos para combatirla. Hacia el final de febrero de 1919, Francisco desmejoró visiblemente y del lecho en que se vio postrado no volvió a levantarse. Sufrió con íntima alegría su enfermedad y sus grandísimos dolores, en sacrificio a Dios. Como Lucía le preguntaba si sufría. Respondía: “Bastante, pero no me importa. Sufro para consolar a Nuestro Señor y en breve iré al cielo”. La alegría de ir al cielo le compensaba todos los sufrimientos. El día 2 de abril, su estado era tal que se creyó conveniente llamar al párroco. No había hecho todavía la Primera Comunión y temía no poder recibir al Señor antes de morir. Habiéndose confesado en la tarde, quiso guardar ayuno hasta recibir la comunión. El siguiente día, recibió la comunión con gran lucidez de espíritu y piedad, y apenas hubo salido el sacerdote cuando preguntó a su madre si no podía recibir al Señor nuevamente. Después de esto, pidió perdón a todos por cualquier disgusto que les hubiese ocasionado. A Lucia y Jacinta les añadió: “Yo me voy al Paraíso; pero desde allí pediré mucho a Jesús y a la Virgen para que os lleve también pronto allá arriba”. Al día siguiente, el 4 de abril, con una sonrisa angelical, sin agonía, sin un gemido, expiró dulcemente. No tenía aún once años.
Jacinta sufrió mucho por la muerte de su hermano. Poco después de esto, como resultado de la bronconeumonía, se le declaró una pleuresía purulenta, acompañada por otras complicaciones. Un día le declaró a Lucía: “La Virgen ha venido a verme y me preguntó si quería seguir convirtiendo pecadores. Respondí que sí y Ella añadió que iré pronto a un hospital y que sufriré mucho, pero que lo padezca todo por la conversión de los pecadores, en reparación de las ofensas cometidas contra Su Corazón y por amor de Jesús. Dijo que mamá me acompañará, pero que luego me quedaré sola”. Y así fue. Jacinta y Francisco nos enseñan no sólo a no quejarnos de nuestros dolores y enfermedades, sino a ofrecerlos con alegría, por la conversión de los pecadores y el consuelo de los Sagrados Corazones de Jesús y María.
Por orden del médico fue llevada al hospital de Vila Nova donde fue sometida a un tratamiento por dos meses. Al regresar a su casa, volvió como había partido pero con una gran llaga en el pecho que necesitaba ser medicada diariamente. Mas, por falta de higiene, le sobrevino a la llaga una infección progresiva –sepsis- que le resultó a Jacinta un tormento. Era un martirio continuo, el cual sufría siempre sin quejarse. Intentaba ocultar todos estos sufrimientos a los ojos de su madre para no hacerla padecer más. Y aun le consolaba diciéndole que estaba muy bien. Durante su enfermedad confió a su prima: “Sufro mucho; pero ofrezco todo por la conversión de los pecadores y para desagraviar al Corazón Inmaculado de María”. En enero de 1920, un doctor especialista le insiste a la mamá de Jacinta a que la llevasen al Hospital de Lisboa, para atenderla. Esta partida fue desgarradora para Jacinta, sobre todo el tener que separarse de Lucía. Al despedirse de Lucía le hace estas recomendaciones: “Ya falta poco para irme al cielo. Tú quedas aquí para decir que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Inmaculado Corazón de María. Cuando vayas a decirlo, no te escondas. Di a toda la gente que Dios nos concede las gracias por medio del Inmaculado Corazón de María. Que las pidan a Ella, que el Corazón de Jesús quiere que a su lado se venere el Inmaculado Corazón de María, que pidan la paz al Inmaculado Corazón, que Dios la confió a Ella. Si yo pudiese meter en el corazón de toda la gente la luz que tengo aquí dentro en el pecho, que me está abrazando y me hace gustar tanto del Corazón de Jesús y del Corazón de María”.
Su mamá pudo acompañarla al hospital, pero después de varios días tuvo ella que regresar a casa y Jacinta se quedó sola. Se cumplía lo que la Virgen le había dicho, que iba a quedar sola. Fue admitida en el hospital y el 10 de febrero tuvo lugar la operación. Le quitaron dos costillas del lado izquierdo, donde quedó una llaga ancha como una mano. Los dolores eran espantosos, sobre todo en el momento de la cura. Pero la paciencia de Jacinta fue la de un mártir. Sus únicas palabras eran para llamar a la Virgen y para ofrecer sus dolores por la conversión de los pecadores. Tres días antes de morir le dice a la enfermera: “La Santísima Virgen se me ha aparecido asegurándome que pronto vendría a buscarme, y desde aquel momento me ha quitado los dolores. El 20 de febrero de 1920, hacia las seis de la tarde ella declaró que se encontraba mal y pidió los últimos Sacramentos. Esa noche hizo su última confesión y rogó que le llevaran pronto el Viático porque moriría muy pronto. El sacerdote no vio la urgencia y prometió llevársela al día siguiente. Pero poco después, murió. Tenía diez años”. Antes de morir, Nuestra Señora se dignó aparecérsele varias veces. Estos son los consejos espirituales, dictados a su madrina, que nos deja Santa Jacinta Marto:
Sobre los Pecados:
-Los pecados que llevan más almas al infierno son los de la carne.
-Si los hombres supiesen lo que es la eternidad harían todo por cambiar de vida. Los hombres se pierden porque no piensan en la muerte, ni hacen penitencia.
Sobre las Guerras:
-Las guerras son consecuencia del pecado del mundo.
-Es preciso hacer penitencia para que se detengan las guerras.
Sobre las virtudes cristianas:
-No debemos andar rodeados de lujos.
-Ser amigos del silencio.
-No hablar mal de nadie y huir de quien habla mal.
-Tener mucha paciencia, porque la paciencia nos lleva al cielo.
-La mortificación y el sacrificio agradan mucho al Señor.
Tanto Jacinta como Francisco fueron trasladados al Santuario de Fátima. Los milagros que fueron parte de sus vidas, también lo fueron de su muerte. Cuando abrieron el sepulcro de Francisco, encontraron que el rosario que  le habían colocado sobre su pecho, estaba enredado entre los dedos de sus manos. Y a Jacinta, cuando 15 años después de su muerte, la iban a trasladar hacia el Santuario, encontraron que su cuerpo estaba incorrupto.
El 18 de abril de 1989, el Santo Padre, Juan Pablo II, declaró a Francisco y Jacinta Venerables.
El 13 de Mayo del 2000, el Santo Padre JPII los declaró beatos en su visita a Fátima, siendo los primeros niños no mártires en ser beatificados.

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