San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 22 de febrero de 2017

Fiesta de la Cátedra de San Pedro


       
         ¿Qué es lo que celebramos los católicos en la Fiesta de la Cátedra de Pedro? Porque al estar del significado de las palabras, puesto que “cátedra” significa asiento, trono, silla, estaríamos literalmente celebrando a un objeto: asiento, trono, silla. Para responder a la pregunta, es necesario reflexionar acerca del sentido espiritual de la expresión “Cátedra de San Pedro”.
La palabra “cátedra” significa asiento o trono y es a su vez la raíz de la palabra “catedral”, que es la iglesia donde un obispo tiene el trono desde el que predica. Sinónimo de cátedra es también “sede” (asiento o sitial): la “sede” es el lugar desde donde un obispo gobierna su diócesis. Por ejemplo, la “Santa Sede” es la sede del obispo de Roma, el Papa. Ahora bien, la cátedra –sede, sillón, trono- de Pedro, el Vicario de Cristo, es en realidad el trono que Carlos el Calvo –nieto de Carlomagno- regaló al papa Juan VIII y en el que fue coronado emperador el día de Navidad del año 875[1].
Lo que los católicos celebramos en este día es lo que se denomina “ministerium petrinum”, esto es, el primado y la autoridad de San Pedro[2] concedidos por el Sumo y Eterno Sacerdote, el Hombre-Dios Jesucristo al decir en el Evangelio a Simón Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18) y también “Confirma en la fe a tus hermanos” (Lc 22, 32). Este encargo le es dado por Jesús a Pedro luego de que Pedro, iluminado por el Espíritu Santo, confesara la fe en Jesucristo en cuanto Hombre-Dios y en cuanto Mesías: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (…) Te felicito Pedro, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (cfr. Mt 16, 16-17). Es decir, según Juan Pablo II, Jesucristo confía a Pedro, Jefe de los Apóstoles, una tarea -oficio o ministerio-: “confirmar y guiar a la Iglesia en la unidad de la fe”. Continúa Juan Pablo II: “En esto consiste el “ministerium petrinum”, ese servicio peculiar que el obispo de Roma está llamado a rendir a todo el pueblo cristiano. Misión indispensable, que no se basa en prerrogativas humanas, sino en Cristo mismo como piedra angular de la comunidad eclesial”. La tarea del Papa –siempre según Juan Pablo II- en cuanto Vicario de Cristo, es procurar que la Iglesia crea y profese, en forma unánime, “las verdades de fe y de moral transmitidas por los apóstoles”.
Cuando el Papa ejerce este oficio “ex catedra”, desde la cátedra, desde la sede, es infalible, pero es infalible en tanto y en cuanto no se aleje de la Verdad revelada, sino que, con su autoridad, profundice cada vez más en ella, para alegría del Pueblo fiel. El dogma de la infalibilidad papal no atañe a los proyectos personales de un pontífice particular, en un momento dado de la historia, ni a la imagen que el Pontífice tenga de la Iglesia, ni tampoco a sus deseos personales, por cuanto buenos puedan ser. La infalibilidad papal se da en la Cátedra de Pedro cuando el Papa, Sucesor del Apóstol Pedro, enseña desde la cátedra, de modo infalible, la Doctrina de Jesús, es decir, la Verdad Revelada por el Hombre-Dios Jesucristo. El dogma de la infalibilidad papal afirma que el Papa, como maestro de la fe y de la vida cristiana, no se puede equivocar cuando habla, enseña, santifica y gobierna excátedra con la autoridad conferida a él por Cristo, es decir, cuando se comporta como doctor o pastor universal de la Iglesia (episcopus servus servorum Dei)[3].
El dogma de la infalibilidad papal es válido sólo cuando el Sucesor de Pedro ejercita el ministerio petrino ya sea proclamando un nuevo dogma, o definiendo una doctrina en modo definitivo como revelada, o cuando el Papa, en la misma línea de la doctrina de la Iglesia, enseña sobre ética y moral en el campo social[4]. En otras palabras, un Pontífice no es garante de sí mismo o de sus propias ideas; por el contrario, es constituido Vicario de Cristo para garantizar continuidad, estabilidad, firmeza, confirmación y doctrina de la Ley de Dios en el mundo y, en caso de ser necesario, defenderla hasta el derramamiento de la propia sangre, a imitación de la Cabeza de la Iglesia, Cristo Jesús, quien dio su vida por nuestra salvación. Podemos decir que el que es infalible es Pedro, no Simón.
Un ejemplo concreto de la infalibilidad nos lo brinda Juan Pablo II en la carta apostólica Ordinatio sacerdotalis[5], en lo referente a la ordenación sacerdotal de las mujeres: “Por lo tanto, con el fin de quitar toda duda acerca de una cuestión de gran importancia, que afecta a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar a los hermanos, declaro que la Iglesia no tiene, de ninguna manera, el poder de conferir a las mujeres la ordenación sacerdotal y que esta sentencia debe ser tenida en modo definitivo por parte de todos los fieles de la Iglesia”.
Lo que podemos observar es que el Papa afirma que todos los fieles deben retener en modo definitivo esta doctrina (sentencia) de la Iglesia, lo cual implica que ningún sucesor podrá nunca cambiar esta enseñanza. Según un autor, “el modo definitivo se da cuando el Papa se expresa por sí mismo, empeñando directamente su tarea de confirmar en la fe, o en comunión con el episcopado difundido sobre toda la tierra, la doctrina de la Iglesia”. De esta manera, la Iglesia tiene lo que necesita para su obra universal (católica), que es la difusión de una sola fe, en un solo Señor y en un solo bautismo, convirtiéndose Roma, como decía Pío XII, “en centro, no del poder, sino de la fe”[6].
Por último, para terminar de aprehender el sentido espiritual de esta festividad, podemos considerar las palabras del entonces cardenal Ratzinger: “El Papa no es el señor supremo –desde la época de Gregorio Magno ha asumido el título de “siervo de los siervos de Dios”– sino que debería ser el garante de la obediencia, de la conformidad de la Iglesia a la voluntad de Dios, excluyendo todo arbitrio de su parte. El Papa no puede decir: “La Iglesia soy yo”, o “La tradición soy yo”; al contrario, tiene vínculos precisos, encarna la obligación de la Iglesia a conformarse o configurarse según la Palabra de Dios. Si en la Iglesia surgen tentaciones de obrar diversamente, como elegir el camino más cómodo, debe preguntarse si eso es lícito (y es obvio que no lo es). El Papa no es, por lo tanto, un órgano que pueda dar vida a otra Iglesia, sino que es un muro contra el arbitrio. Doy un ejemplo: por el Nuevo Testamento sabemos que el matrimonio sacramental es indisoluble. Hay corrientes de opiniones que sostienen que el Papa podría abrogar esta obligación. Pero no es así. Y en enero del 2000, dirigiéndose a los jueces romanos, el Papa ha dicho que, respecto a la tendencia de querer ver revocado el vínculo de la indisolubilidad del matrimonio, él (el Papa) no puede hacer todo lo que quiere, sino que, por el contrario, debe acentuar la obediencia, debe proseguir también en este sentido el gesto del lavado de los pies”[7].
Entonces, lo que celebramos los católicos en la Fiesta de la Cátedra de San Pedro no es, obviamente, un objeto –la silla, sede o trono-, sino el “ministerio petrino”, el encargo o misión confiado por Jesús a Pedro, su Vicario en la tierra, encargo que consiste en el “confirmar en la fe a sus hermanos”, es decir, a nosotros, el Nuevo Pueblo Elegido, los bautizados en la Iglesia Católica. Este ministerio petrino es infalible cuando el Papa habla, como pastor o doctor universal, desde la cátedra –ex catedra-, hacia el Pueblo de Dios, porque está asistido por el Espíritu Santo, pero pierde su infalibilidad cuando el Papa no habla como Pedro sino como Simón, es decir, cuando –hipotéticamente- enseñara, una fe que no es la de Pedro, como por ejemplo, que Jesús no es “el Mesías, el Hijo de Dios Vivo”, esto es, la Segunda Persona de la Trinidad Encarnada en Jesús de Nazareth y que continúa y prolonga su Encarnación en la Eucaristía y que la Misa es la renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la Cruz, o cuando abrogara sentencias definitivas, como la que enseña que la Iglesia no tiene, ni tuvo, ni tendrá, la potestad para ordenar mujeres en el sacerdocio ministerial. en estos casos, no estaría asistido por el Espíritu Santo, sino por sus propios pensamientos o, peor aún, por los de Satanás, como nos enseña Jesús, cuando en el Evangelio el mismo Simón se opone a que Jesús sufra su Pasión y Cruz, siendo severamente reprochado por el mismo Hombre-Dios: “¡Vade retro, Satan! Tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres” (Mc 8, 27-33).
Por lo tanto, los católicos celebramos, en esta Fiesta, la asistencia del Espíritu Santo a la Sede de Pedro, la Santa Sede, en lo que respecta a lo más importante en esta vida, que es la fe y la moral, esto es, la fe en Jesús, el Hombre-Dios, y cómo vivir esta fe, de manera que seamos considerados, al final de nuestra vida terrena, de ser dignos de ser conducidos al Reino de los cielos, a la Jerusalén celeste, “cuya Lámpara es el Cordero” (Ap 21, 23).


[1] Durante muchos años la silla fue utilizada por el Papa y sus sucesores durante las ceremonias litúrgicas, hasta que fue incorporada al Altar de la Cátedra de Bernini en 1666.
[2] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20170222&id=234&fd=1
[3] El beato Pío IX proclamó el dogma de la infalibilidad papal el 18 de julio de 1870, con la constitución dogmática Pastor aeternus.
[4] cfr. Juan Pablo II, Ad tuendam fidem.
[5] Del 22.5.1994.
[6] Cfr. Radiomensaje del 13.5.1942, en ocasión del 25° aniversario de su consagración episcopal y de la Primera Aparición Mariana en Fátima.
[7] Cfr. Dio e il mondo, Ediciones San Pablo, 425, 2001.

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