San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 24 de junio de 2016

Solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista


Nacimiento de San Juan Bautista.

         La vida de San Juan Bautista es modelo de vida para todo cristiano, puesto que todo cristiano comparte su misión; todo cristiano está llamado a ser un “Juan Bautista” en el desierto sin Dios en el que se ha convertido el mundo contemporáneo.
         Es llamado “Precursor del Señor” porque su misión principal fue anunciar al mundo la Venida del Mesías, Dios, Encarnado y Redentor de los hombres y preparar los caminos delante de Él, es decir, llamar a la conversión de los corazones para que el Mesías y Salvador fuera recibido. Esta misión la comenzó ya a cumplir en el seno de su madre, Santa Isabel, cuando ante la Visitación de María Santísima, e iluminado por el Espíritu Santo, “saltó de gozo” (cfr. Lc 1, 41) en el vientre de Isabel al escuchar la voz de María y al saber, por vía sobrenatural, que el Niño en el seno de la Virgen, antes que su primo o pariente biológico, era el Dios Mesías, Salvador del mundo.
         El anuncio de la Llegada del Mesías continúa luego con la prédica en el desierto, en donde la austeridad de vida –viste con pieles de camello y se alimenta de langostas y miel silvestre-, acompañada de la oración y la penitencia, anuncian al hombre que la llegada del Mesías se acompaña de un cambio de vida, originada en una profunda conversión del corazón, el cual debe despegarse de las cosas terrenas si es que quiere elevarse al cielo.
         El testimonio del Mesías llega, en San Juan Bautista, al extremo del martirio, al ordenar el rey Herodes que Juan sea decapitado, cumpliendo así el deseo de su amante, Herodías. Aunque parezca que Juan el Bautista muere en defensa del matrimonio tradicional y por oponerse a la convivencia irregular –le había advertido repetidas veces a Herodes que “no estaba bien tomar la esposa del hermano”-, el Bautista muere sin embargo dando testimonio de un matrimonio místico, unas bodas esponsales celestiales, misteriosas, entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, de quienes los esposos –cristianos- son prolongación en la sociedad. Juan el Bautista no muere por el matrimonio tradicional y por condenar el adulterio: muere dando testimonio de Aquel por el cual el matrimonio tradicional se vuelve sacramento. El matrimonio de los esposos terrenos –varón y mujer- se injerta en el matrimonio místico entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa y es de este del cual obtiene sus características: fidelidad, unidad, unicidad, fecundidad de la prole, indisolubilidad. En otras palabras, el matrimonio de los esposos católicos toma sus características de la unión esponsal mística entre el Esposo celestial, Jesucristo, y la Esposa del Cordero, la Iglesia. Admitir el concubinato como válido, legitimar la convivencia prematrimonial aprobando el adulterio, es el equivalente a que Cristo –el Cristo de la Iglesia Católica, esto es, la Persona Segunda de la Trinidad encarnada en una naturaleza humana y que prolonga su Encarnación en la Eucaristía- pudiera ser desplazado de los sagrarios y tabernáculos, para colocar allí a ídolos pertenecientes a otras religiones o, lo que es lo mismo, que el Cristo Eucarístico fuera llevado fuera de la Iglesia Católica, para introducirlo en otras iglesias e incluso sectas. Así como el matrimonio cristiano y su fidelidad son reflejo y prolongación de la fidelidad de la unión esponsal mística entre Cristo y la Iglesia, así también, el adulterio o concubinato de los esposos terrenos, es un signo de esta Iglesia apóstata sin Cristo, o de un Cristo que se acomoda a otras iglesias, además de la católica. En otras palabras, si el matrimonio fiel es prolongación del matrimonio místico de Cristo y su Iglesia, el adulterio es signo de un Cristo con otra Iglesia, que no es su Esposa, o de una Iglesia, la Esposa, sin Cristo, porque lo ha rechazado a este y en su lugar ha entronizado a ídolos -imagen de los adúlteros- en lugar de su verdadero Esposo, Cristo Jesús en la Eucaristía.
         Es por esta verdad por la que Juan el Bautista da su vida, y todo cristiano está llamado a imitarlo en la proclamación y defensa de la verdad de Jesucristo, el Hombre-Dios, que unido en matrimonio místico con la Iglesia Esposa, es la Fuente de la santidad de la Iglesia y del matrimonio de los cristianos, en cuanto Él es la santidad Increada misma.
         El cristiano, en nuestros días, está llamado a cumplir la misma misión del Bautista: anunciar, en el desierto del mundo y de la historia humana, al Mesías Dios, Cristo Redentor, llevando una vida de oración y austeridad, como el Bautista, y proclamando la santidad del matrimonio cristiano en cuanto reflejo y prolongación de la unión esponsal mística entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa. Todo cristiano está llamado a ser, en el desierto de la vida, un nuevo Juan Bautista, que anuncie con su austeridad y santidad de vida la Presencia del Cordero de Dios, Jesús en la Eucaristía.



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