San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 28 de junio de 2016

San Ireneo, obispo y mártir


San Ireneo vivó en un tiempo –el siglo II d. C.- en el que la Iglesia estaba amenazada por la gnosis –significa “conocimiento”-, una doctrina que afirmaba que la fe que enseñaba el Magisterio de la Iglesia era solamente un conjunto de símbolos adaptados a la mente de los sencillos, incapaces de comprender cosas difíciles; por el contrario, los iniciados, los intelectuales -se llamaban “gnósticos”- sí podían, en virtud de pertenecer a la gnosis, comprender lo que se encontraba oculto detrás de estos símbolos: estos “cristianos gnósticos”, iniciados en la verdadera religión, serían los que formarían un cristianismo de élite, intelectualista[1], reservado para los más capaces intelectualmente hablando.
         Pero, ¿qué sostiene, en concreto, la gnosis?
Se puede definir al gnosticismo como una amalgama –sincretismo- de creencias provenientes de Grecia, Persia, Egipto, Siria, Asia Menor, etc., con marcada influencia del idealismo platónico. Los integrantes de las sectas gnósticas –llamados a sí mismos “gnósticos”, es decir, los “conocedores”, quienes se jactaban de poseer conocimientos reservados sólo a los integrantes de las sectas gnósticas; estos conocimientos secretos provenían de los apóstoles y habían sido revelados sólo a ellos, los gnósticos, que por lo mismo, eran iluminados, los únicos en poseer la verdad acerca de la salvación. Se distinguía así dos niveles de conocimientos: uno superficial, el enseñado por la Iglesia Católica, destinado a los más incapaces intelectual y espiritualmente, y uno propiamente gnóstico, destinado al puñado de iluminados que conocían “la verdad” en cuanto a la salvación. Puesto que se llamaban a sí mismos “cristianos gnósticos”, provocaban gran confusión entre los fieles desprevenidos, y esa fue la razón por la cual la Iglesia se vio en el deber de confrontar los errores del gnosticismo para así diferenciar el cristianismo auténtico del falso cristianismo gnóstico, cuyas erróneas doctrinas falsificaban radicalmente el Evangelio. Entre los numerosos escritores cristianos de los primeros siglos que combatieron el gnosticismo están: San Ireneo, Orígenes, Justino, Hipólito y San Agustín[2].
         Ahora bien, de todos los errores, el principal error gnóstico estriba en la concepción errónea acerca de Jesús de Nazareth: para los gnósticos, “Jesús no es ni dios ni hombre sino un ser espiritual que solo aparentó tomar cuerpo y vivir entre nosotros para darnos los conocimientos secretos necesarios para liberarnos de la prisión que es nuestro cuerpo.  Por lo tanto, nos salvamos al adquirir conocimiento y no por la obra de redención de Cristo. Se trata de auto-divinización. Jesús estaba asociado al dios bueno. La mayoría creían que Jesús era un auténtico mediador entre nosotros y nuestra verdadera vida, más allá de la materia, en el dios bueno. Niegan la muerte expiatoria de Jesús (ya que no tenía verdadero cuerpo propio y porque no hace falta la redención cuando se tienen los conocimientos gnósticos). Rechazan la resurrección del cuerpo”[3].
         Es decir, el gnosticismo afirma que la materia es mala, que Jesús no es Dios, que no hay resurrección de los cuerpos, que Jesús no tuvo un cuerpo real. Todo esto afecta profundamente la fe central de la Iglesia, que afirma lo exacto opuesto a la gnosis: Dios ha creado la materia y por lo tanto, esta es buena; Jesús es Dios, es la Segunda Persona de la Trinidad; Jesús se encarnó en un cuerpo real; Jesús resucitó; Jesús prolonga su Encarnación en la Eucaristía, en donde se encuentra con su Cuerpo –real, material- glorificado y divinizado, al haber sido asumido por la Persona Segunda de la Trinidad, el Verbo de Dios.
         Contra el gnosticismo, que afecta sensiblemente la fe en la Presencia real en la Eucaristía de Jesús, es que escribió San Ireneo: “Si la carne no se salva, entonces el Señor no nos ha redimido con su sangre, ni el cáliz de la eucaristía es participación de su sangre, ni el pan que partimos es participación de su cuerpo. Porque la sangre procede de las venas y de la carne y de toda la substancia humana, de aquella substancia que asumió el Verbo de Dios en toda su realidad y por la que nos pudo redimir con su sangre, como dice el Apóstol: Por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”[4]. San Ireneo hace hincapié en la realidad de la materia y también en la realidad del Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, Presente en la Eucaristía, contra los errores gnósticos que negaban sea la materia, sea la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, sea la realidad de su Carne gloriosa en la Eucaristía. Por eso es que dice que “la sangre proviene de las venas y de la carne y de toda la substancia humana” –está afirmando la realidad de la materia y del Cuerpo humano de Jesucristo-, al tiempo que afirma la Encarnación –Dios, Espíritu Puro, asume un cuerpo humano, sin dejar de ser Dios-, al hablar de “aquella substancia” –la naturaleza humana- que “asumió el Verbo de Dios” –divinidad de Jesucristo- y “por la cual nos pudo redimir con su sangre”. Es decir, San Ireneo afirma claramente, contra el error gnóstico, que Jesucristo tuvo un cuerpo material, corpóreo, real; que era Dios –el Verbo de Dios- y que por el don de su Cuerpo y su Sangre –su substancia humana glorificada- que se nos entrega en la Eucaristía –la Eucaristía, en sus accidentes, es materia-, nos salva.
Continúa luego San Ireneo, refiriéndose al cáliz, que contiene la Preciosísima Sangre del Señor, y el pan, que contiene su Cuerpo Sacratísimo, haciendo hincapié en que ambos “provienen de la creación material”, para contrarrestar el error gnóstico acerca de que la materia es “mala” porque fue creada por un “demiurgo malo”: “Y, porque somos sus miembros y quiere que la creación nos alimente, nos brinda sus criaturas, haciendo salir el sol y dándonos la lluvia según le place; y también porque nos quiere miembros suyos, aseguró el Señor que el cáliz, que proviene de la creación material, es su sangre derramada, con la que enriquece nuestra sangre, y que el pan, que también proviene de esta creación, es su cuerpo, que enriquece nuestro cuerpo”[5]. La materia no es mala, porque ha sido creada por Dios Creador y todo lo que hace Dios, lo hace bien y bueno; por lo tanto, el vino y el pan materiales, son los soportes materiales adecuados para la transubstanciación en la Sangre y el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo.
Luego, hace hincapié en la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Palabra eternamente pronunciada del Padre, que es recibido, en cuanto Palabra de Dios, por las substancias inertes del pan y del vino, produciéndose la transubstanciación, esto es, la conversión  milagrosa de la substancia del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre del Redentor, nada de lo cual sería posible si los gnósticos tuvieran razón: “Cuando la copa de vino mezclado con agua y el pan preparado por el hombre reciben la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía de la sangre y del cuerpo de Cristo y con ella se sostiene y se vigoriza la substancia de nuestra carne, ¿cómo pueden, pues, pretender los herejes que la carne es incapaz de recibir el don de Dios, que consiste en la vida eterna, si esta carne se nutre con la sangre y el cuerpo del Señor y llega a ser parte de este mismo cuerpo?”[6].
Y esta materia –Carne y Sangre del Redentor- unida a su divinidad –es la Persona Segunda de la Trinidad-, conjugadas en la Eucaristía, se convierten en alimento espiritual admirable para el hombre, a la par que por esta Eucaristía, es incorporado al Cuerpo sacramentado del Redentor, quedando tan unido a sus entrañas, que el hombre que se alimenta de la Eucaristía viene a ser “hueso de los huesos” del Redentor y “carne de su carne”, nada de lo cual sucedería ni sería posible, de ser cierto el error gnóstico de que Jesús es un fantasma: “Por ello bien dice el Apóstol en su carta a los Efesios: Somos miembros de su cuerpo, hueso de sus huesos y carne de su carne. Y esto lo afirma no de un hombre invisible y mero espíritu –pues un espíritu no tiene carne y huesos–, sino de un organismo auténticamente humano, hecho de carne, nervios y huesos; pues es este organismo el que se nutre con la copa, que es la sangre de Cristo y se fortalece con el pan, que es su cuerpo”.
Y el alma que se alimenta de la Eucaristía, como es la Eucaristía el Verbo de Dios Encarnado, que continúa y prolonga su Encarnación en el Pan del altar, recibe la vida eterna en germen, vida que luego se desarrollará en su plenitud cuando el cuerpo del hombre, hecho de materia, sea depositado en la tierra para luego resucitar: “Del mismo modo que el esqueje de la vid, depositado en tierra, fructifica a su tiempo, y el grano de trigo, que cae en tierra y muere, se multiplica pujante por la eficacia del Espíritu de Dios que sostiene todas las cosas, y así estas criaturas trabajadas con destreza se ponen al servicio del hombre, y después cuando sobre ellas se pronuncia la Palabra de Dios, se convierten en la eucaristía, es decir, en el cuerpo y la sangre de Cristo; de la misma forma nuestros cuerpos, nutridos con esta eucaristía y depositados en tierra, y desintegrados en ella, resucitarán a su tiempo, cuando la Palabra de Dios les otorgue de nuevo la vida para la gloria de Dios Padre. Él es, pues, quien envuelve a los mortales con su inmortalidad y otorga gratuitamente la incorrupción a lo corruptible, porque la fuerza de Dios se realiza en la debilidad”[7].
Al recordar a San Ireneo, obispo y mártir, le pidamos que interceda para que Nuestro Señor nos conceda una fe inmaculada e íntegra en su Presencia Eucarística.




[1] http://www.corazones.org/biblia_y_liturgia/oficio_lectura/pascua/3_jueves_pascua.htm
[2] http://www.corazones.org/diccionario/gnosticismo.htm
[3] Cfr. http://www.corazones.org/diccionario/gnosticismo.htm
[4] San Ireneo, Tratado contra las herejías, Libro 5, 2, 2-3: SC 153, 30-38.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.
[7] Del tratado de san Ireneo, obispo, contra las herejías
Libro 5, 2, 2-3: SC 153, 30-38.

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