San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 21 de junio de 2016

San Luis Gonzaga


Nació el año 1568 cerca de Mantua, en Lombardía, hijo de los príncipes de Castiglione. Su madre lo educó cristianamente y muy pronto dio indicios de su inclinación a la vida religiosa: a los siete años, además de las oraciones matinales y vespertinas, comenzó a recitar el oficio de Nuestra Señora. La entrega a Dios, por manos de María, a tan temprana edad, y con tanto fervor y amor, llevó a su director espiritual, San Roberto Belarmino y a tres de sus confesores, que nunca, en toda su vida, cometió un pecado mortal[1]. Debido a su condición de perteneciente a la nobleza, debía presentarse con frecuencia en la corte del gran ducado, en donde, según un historiador, debía tratar con individuos que “formaban una sociedad para el fraude, el vicio, el crimen, el veneno y la lujuria en su peor especie”. Sin embargo, San Luis Gonzaga, en vez de sucumbir a la tentación de “ser uno más” en la perversión, degradándose en su hombría y en su condición de hijo de Dios, no solo se mantuvo en su estado de gracia, sino que lo acrecentó notablemente, “negándose a sí mismo” para “seguir a Cristo” día a día, por medio de la virtud y en la castidad.
El círculo en el que se movía San Luis Gonzaga, lleno de perversión y lujuria, correspondería, en nuestros días, a los grupos de jóvenes que se intercambian videos eróticos por el sistema de mensajería instantánea, a través de los celulares: el santo no aceptaría ni siquiera pasivamente formar parte de ese grupo, es decir, no aceptaría formar parte de ese grupo ni siquiera con la condición de recibir dichos videos pero no compartirlos a su vez; lo que haría San Luis Gonzaga, sería directamente no formar parte del grupo. También evitaría las conversaciones y las bromas de doble sentido, puesto que constituyen la ocasión próxima para pecar mortalmente, sino son ya en sí mismas, pecado mortal.
San Luis Gonzaga, para no ceder a la tentación, se sometía voluntariamente a una rigurosa disciplina, realizando ayunos, rezando y pidiendo la gracia de la santa pureza, todo con el fin de no solo no pecar mortalmente, sino de imitar a Jesús, el Cordero Inmaculado, en su pureza, porque la pureza, tanto corporal como espiritual –es decir, la pureza de la fe-, es una expresión, en el alma humana, de la perfección del Ser trinitario de Dios, que es la Pureza en sí misma.
De esta manera, con su lucha ascética y mística por no solo combatir la tentación de la impureza, sino por imitar a Jesucristo en su pureza inmaculada, San Luis Gonzaga ofrece, a los jóvenes de nuestros días, el verdadero ejemplo del varón, porque es varón verdaderamente no quien se deja arrastrar por cuanta tentación se le cruce, sino que es varón –hombre viril-, quien, asistido por la gracia, tiene como horizonte de su alma imitar la pureza de cuerpo y alma de los Sagrados Corazones de Jesús y María.
San Luis Gonzaga es ejemplo también de caridad –amor sobrenatural- heroica al prójimo, y sobre todo al prójimo más necesitado, porque precisamente murió luego de contagiarse auxiliando a los afectados por una peste que asoló Roma en el año 1591. En nuestros días, en donde el individualismo más crudo, fruto del materialismo, el ateísmo, el hedonismo y el relativismo, se traducen en el egoísmo más desenfrenado, que lleva a la persona a pensar sólo en sí misma y a olvidarse de Dios y de su prójimo.
Por último, frente a la cultura de la muerte en la que vivimos hoy, mediante la cual se elimina la vida humana en sus inicios –aborto- y en su final –eutanasia, incluso para niños-, San Luis Gonzaga es ejemplo de cómo la muerte, sufrida en unión a Cristo Jesús, es sólo un umbral que conduce al Reino de los cielos, en donde espera una eternidad de gozo y alegría inimaginables, para quien muere en estado de gracia santificante. En efecto, nuestro santo les decía a quienes se apenaban por su estado de agonía: “Alegraos, Dios me llama después de tan breve lucha. No lloréis como muerto al que vivirá en la vida del mismo Dios. Pronto nos reuniremos para cantar las eternas misericordias”. Y en sus últimos momentos, no apartó ni por un instante su mirada de un pequeño crucifijo colgado ante su cama. El día de su muerte -anticipado por el mismo Luis, quien dijo que habría de morir antes que despuntara el alba del siguiente-, se verificó el siguiente diálogo entre San Luis Gonzaga y el padre provincial de los jesuitas, orden a la que pertenecía: “-¡Ya nos vamos, padre; ya nos vamos...! -¿A dónde, Luis? -¡Al Cielo! -¡Oigan a este joven! -exclamó el provincial- Habla de ir al cielo como nosotros hablamos de ir a Frascati (un poblado cercano, N. del R.)”.
Entre las diez y las once de aquella noche se produjo un cambio en su estado y fue evidente que el fin se acercaba. Con los ojos clavados en el crucifijo y el nombre de Jesús en sus labios, expiró alrededor de la medianoche, entre el 20 y el 21 de junio de 1591, al llegar a la edad de veintitrés años y ocho meses. El Papa Benedicto XIII lo nombró protector de estudiantes jóvenes y el Papa Pio XI lo proclamó patrono de la juventud cristiana.
Nacido en el siglo XVI, San Luis Gonzaga es ejemplo inigualable de virtudes y modelo de vida cristiana caracterizada por el amor a Dios, la pureza de cuerpo y alma y el deseo de la vida eterna en el Reino celestial. San Luis Gonzaga contrarresta así los grandes males que amenazan a la juventud en nuestros días: la satisfacción hedonista de las pasiones, el ateísmo y la ausencia de sentido de la vida, anteponiendo la castidad, la fe en el Hombre-Dios Jesucristo y el motivo para vivir esta vida, ganar el Reino de los cielos por amor a Dios.



[1] Cfr. http://www.corazones.org/santos/luis_gonzaga.htm; Benedictinos, monjes de la abadía de San Agustin en Ramsgate. The Book of Saints. VI edition. Wilton: Morehouse Publishing, 1989;  Butler, Vida de Santos, vol. IV.  México, D.F.: Collier’s International - John W. Clute, S.A., 1965; Sgarbossa, Mario y Giovannini, Luigi. Un Santo Para Cada Dia. Santa Fe de Bogota: San Pablo. 1996.

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