San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 28 de abril de 2016

San Luis María Grignon de Montfort y su devoción a María Virgen


         San Luis María Grignon de Montfort es conocido, principalmente, por su gran devoción a la Madre de Dios, María Santísima. Es de su autoría el llamado “Método de Consagración a María”-el cual se encuentra dentro de su "Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen María"-, que tantos y tan grandes santos dio a la Iglesia; sólo por mencionar un ejemplo clamoroso, entre aquellos que se santificaron mediante este método se encuentra San Juan Pablo II, quien declaró que fue esta consagración a la Virgen, realizada con el método de San Luis María, quien cambió su vida, orientándolo por el camino de la santidad y haciéndolo crecer cada vez más en la vida de la gracia. Esta influencia de San Luis María sobre el Papa Juan Pablo II la podemos ver en la gran devoción mariana del Papa, como también en la elección del lema que caracterizaría a su papado: “Totus tuus”, es decir, “Todo tuyo (María)”, lema que se deriva de una frase que repetía constantemente San Luis María: “Soy todo tuyo Oh María, y todo cuanto tengo, tuyo es” y que, a su vez, es el lema de la profesión mariana de la Legión de María. Es decir, podemos decir que a San Luis María de Montfort y a su método de consagración a la Virgen, le debemos por lo menos, un santo de la envergadura de San Juan Pablo II –entre otros grandes santos y dones para la Iglesia-.
Ahora bien, lo que se debe advertir en la devoción mariana de San Luis es que no se trata de un mero pietismo, sino que tiene en sí misma la virtud de llevar a la conversión del corazón y esto del modo más dulce, porque se trata de una conversión mariana, es decir, una conversión que se lleva a cabo a través del conocimiento, amor y consagración de toda la persona, su ser y su existencia, al Inmaculado Corazón de María. Como muestra de lo que decimos, podemos constatar que, precisamente, en dos escritos suyos acerca de la Virgen encontramos -a través de la devoción a María- nada menos que las claves del sentido de nuestro paso por esta vida terrena: la amistad con Dios y la lucha y triunfo contra los enemigos del alma, el demonio, el pecado y nuestras propias pasiones.
         Con respecto al conocimiento y el amor de Dios –que conducen a su amistad-, San Luis María nos hace ver que es la Virgen, Aquella que nos da a conocer a Dios, porque Él quiso venir a través de Ella, como un Niño, para que ninguno tuviera miedo o temor alguno de acercarse a Él (y, en efecto, esto es así: ¿quién tendría miedo o temor de un niño, y sobre todo, de un niño recién nacido, como Dios Hijo en Belén?): Dios vino por María para nacer en Belén y donarse como Pan de Vida eterna –la Eucaristía, el Pan de los fuertes y el Pan de los ángeles-, y así lo hace “en todas partes” –es decir, en la Iglesia-, pero para los “niños”, los que “son como niños” (cfr. Mt 18, 3), es su “Pan”, porque es el alimento con el que María nutre a sus hijos espirituales. Dice así San Luis María: “(…) no hay sitio en que la creatura encontrarle pueda tan cerca y tan al alcance de su debilidad como en María, pues para eso bajó a Ella. En todas partes es el Pan de los fuertes y de los ángeles, pero en María es el Pan de los niños”. Es decir, María da a sus hijos adoptivos a su Hijo Jesús, nutriéndolos con su substancia en la Eucaristía, puesto que en la Eucaristía Jesús es Pan Vivo bajado del cielo, y al darlo a sus hijos adoptivos, Jesús se convierte en “Pan de los niños”. Y al dárnoslo en la Eucaristía, podemos conocer y amar a nuestro Dios, Jesús, el Hijo de Dios encarnado.
         También nos dice San Luis María que es en la Virgen en donde reside el triunfo sobre nuestros más grandes enemigos, que son el demonio, el pecado y nosotros mismos, porque Dios Trino le ha concedido a la Virgen el poder de aplastarlos y vencerlos, al hacerla partícipe de su omnipotencia divina: “Con María todo es fácil. En Ella pongo toda mi confianza, a pesar de que rujan el infierno y el mundo. Por Ella aplastaré la cabeza de la serpiente y venceré a todos mis enemigos, y a mí mismo, para mayor gloria de Dios”.
         Como vemos, en la devoción a María –por otra parte, la más dulce y amable devoción que pueda haber, porque se trata de la devoción a nuestra Madre del cielo- encontramos el sentido de esta vida terrena, que es conocer y amar a Dios y, al mismo tiempo, triunfar sobre nuestros enemigos –espirituales e incluso los materiales o terrenos-.

Al recordarlo entonces en su día, le pidamos a San Luis María Grignon de Montfort que nuestra devoción a María Santísima no se quede en un mero pietismo sentimental, sino que nos conduzca, por intermedio de su Inmaculado Corazón, a crecer cada día más en santidad, en gracia y en amor a Jesús, el Hijo de María y le pidamos también la gracia de conocer a María como la conoce su Hijo Jesús, para amar a María como la ama su Hijo Jesús.

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