San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 14 de abril de 2016

Santa Liduvina, Paciente enferma crónica


Santa Liduvina, paciente enferma crónica[1]
         
Vida de Santa Liduvina
         Liduvina nació en Schiedam, Holanda, en 1380. Hasta los 15 años Liduvina era una adolescente como tantas otras, sin más preocupaciones que las propias de su edad y su estado social. Sin embargo, fue a esa edad, la plenitud de la juventud, cuando le sucedió un accidente que cambiaría su vida para siempre: al ir a patinar con sus amigos, resbaló, cayó en el hielo y se fracturó la columna dorsal, lo cual le provocó una sección de su médula, dejándola imposibilitada de caminar para siempre. A partir de entonces, la joven comenzó un verdadero calvario, producto de su estado: vómitos continuos, cefaleas, fiebre intermitente –la alta temperatura corporal le provocaba una sed insaciable, debido a la deshidratación-, dolores corporales –que no se aliviaban con ninguna posición-, eran cotidianos y tan intensos como frecuentes. El cuadro clínico se agravaba debido a dos factores: por un lado, no había modo alguno de reparar el daño medular, puesto que el daño era irreversible, lo que significa que el cuadro era progresivo; por otro lado, los avances médicos eran limitados y no se contaba con los recursos terapéuticos –analgesia, fisiatría, etc.- propios de nuestra época, que podrían haber aliviado su estado clínico.
         Al inicio, Liduvina, postrada en su cama, incapacitada para caminar y para hacer cualquier tarea, lloraba amargamente cuando oía a sus compañeras que corrían y reían despreocupadamente, y le preguntaba a Dios porqué le había permitido un martirio de esa magnitud. Pero un día, su vida cambió, gracias a que el nuevo párroco del pueblo, el Padre Pott, le hiciera ver el valor del sufrimiento ofrecido a Jesucristo crucificado: el Padre colocó un crucifijo frente a la cama de Liduvina y le dijo que de vez en cuando mirara a Jesús crucificado y se comparara con Él y que pensara que, si Cristo sufrió tanto, eso se debía que el sufrimiento –ofrecido a Él- conduce a la santidad.
En ese momento, Liduvina recibió una gracia particular, por la cual ya “no volvió más a pedir a Dios que le quitara sus sufrimientos, sino que se dedicó a pedir a Nuestro Señor que le diera valor y amor para sufrir como Jesús por la conversión de los pecadores, y la salvación de las almas”[2].
Por esta gracia recibida, Santa Liduvina no solo no se entristecía por sus dolores o por no poder movilizarse como antes, sino que llegó a amar de tal manera sus sufrimientos que decía frecuentemente: “Si bastara rezar una pequeña oración para que se me fueran mis dolores, no la rezaría”. Al mismo tiempo, descubrió que su “vocación” era ofrecer sus padecimientos a Jesús crucificado por la conversión de los pecadores, dedicándose a meditar en la Pasión y Muerte de Jesús. Desde entonces, sus sufrimientos –que antes eran causa de dolor e infelicidad-, se le convirtieron en una inagotable fuente de gozo espiritual, además de ser su “red” para convertir a los pecadores, apartándolos así del camino hacia el infierno y ayudándolos a encaminarse hacia el cielo. Santa Liduvina había descubierto dos grandes medicinas que le concedían fuerza, alegría y paz, según ella misma lo afirmaba: la Sagrada Comunión y la meditación en la Pasión de Nuestro Señor.
Con el tiempo, el deterioro físico de Santa Liduvina no hizo otra cosa que empeorar progresivamente: por su postración e inmovilidad, desarrolló grandes escaras –lesiones por decúbito- en la piel, lo cual le producía grandes dolores. Perdió totalmente la visión de un ojo, mientras que el otro se volvió tan sensible a la luz que no soportaba ni siquiera el reflejo de la llama de una vela. La rigidez muscular y la inmovilidad comprendían sus extremidades superiores e inferiores, con excepción de un ligero movimiento que podría hacer con el brazo izquierdo. A esto se le sumaba la extrema pobreza, que hacía casi imposible calefaccionar la habitación en la que se encontraba postrada y es así como el intensísimo frío de los inviernos de Holanda hacía que sus lágrimas se le congelaran en sus mejillas. En el hombro izquierdo se le formó un absceso –colección de pus, producto de una infección- dolorosísimo, a lo que se le sumó una neuritis -inflamación de los nervios aguda-, causante de dolores intensísimos. Era tanto su sufrimiento, que daba la impresión de que ya en vida hubiera comenzado su cuerpo a sufrir la descomposición orgánica propia de los cadáveres. Sin embargo, a pesar de todo esto, nadie la veía triste o desanimada, sino todo lo contrario: feliz por lograr sufrir por amor a Cristo y por la conversión de los pecadores. Además, se daba un hecho sobrenatural, que contradecía su estado clínico: podía percibirse a su alrededor un perfume –cuando en realidad, debía percibirse el olor fétido propio de las escaras infectadas y los abscesos- que, además de suavizar el ambiente, llenaba el alma de deseos de rezar y de meditar.
Se dice que una vez, en los inicios de su estado de postración, Liduvina soñó con Nuestro Señor, el cual le proponía cambiar su estado actual por una estadía en el Purgatorio. Entre la Santa y Nuestro Señor se entabló el siguiente diálogo, diciéndole así Jesús: “Para pago de tus pecados y conversión de los pecadores, ¿qué prefieres, 38 años tullida en una cama o 38 horas en el purgatorio?”. Liduvina respondió: “Prefiero 38 horas en el purgatorio”. En ese momento, sintió que moría, que iba al purgatorio y empezaba a sufrir, tal como lo había pactado con Jesús. Una vez allí, pasaron 38 horas y 380 horas y 3.800 horas, pero su martirio no terminaba, por lo cual, extrañada, le preguntó a un ángel que pasaba por allí: “¿Por qué Nuestro Señor no me habrá cumplido el contrato que hicimos? Me dijo que me viniera 38 horas al purgatorio y ya llevo 3,800 horas”. El ángel fue y averiguó y volvió con esta respuesta: “¿Que cuántas horas cree que ha estado en el Purgatorio?”. Liduvina: “¡Pues 3,800!”. Y el ángel: “¿Sabe cuánto hace que Ud. se murió? No hace todavía cinco minutos que se murió. Su cadáver todavía está caliente y no se ha enfriado. Sus familiares todavía no saben que Ud. se ha muerto. ¿No han pasado cinco minutos y ya se imagina que van 3.800 horas?”. Al oír semejante respuesta, Liduvina se dio cuenta no solo de la severidad de la Justicia Divina, sino de la gravedad del pecado, y dijo: “Dios mío, prefiero entonces estarme 38 años tullida en la tierra”. En ese momento, despertó. Desde entonces, comenzó a cumplirse el pacto entre ella y Jesús, pues realmente estuvo 38 años paralizada y a quienes la compadecían les respondía: “Tengan cuidado porque la Justicia Divina en la otra vida es muy severa. No ofendan a Dios, porque el castigo que espera a los pecadores en la eternidad es algo terrible, que no podemos ni imaginar”.
Además de esta prodigiosa conversión, gracias a la cual convirtió su enfermedad en fuente de santificación personal y para muchos pecadores, Santa Liduvina recibió otra gracia especial, reservada a los grandes santos: sólo se alimentaba de la Eucaristía, lo cual fue confirmado oficialmente no por autoridades eclesiásticas, sino por las autoridades civiles de Schiedam (su pueblo), quienes en  el año 1421, o sea 12 años antes de su muerte, publicaron un documento que decía así: “Certificamos por las declaraciones de muchos testigos presenciales, que durante los últimos siete años, Liduvina no ha comido ni bebido nada, y que así lo hace actualmente. Vive únicamente de la Sagrada Comunión que recibe”.
Santa Liduvina, paralizada y sufriendo espantosamente en su lecho de enferma, recibió de Dios muchos otros dones místicos, como por ejemplo, anunciar el futuro a muchas personas y de curar a numerosos enfermos, orando por ellos. A los 12 años de estar enferma y sufriendo, empezó a tener éxtasis y visiones: mientras el cuerpo quedaba como sin vida, en los éxtasis conversaba con Dios, con María Santísima y con su Ángel de la Guarda. En algunas ocasiones, recibía de Dios la gracia de poder presenciar los sufrimientos que Jesucristo padeció en su Santísima Pasión; otras veces contemplaba los sufrimientos de las almas del purgatorio, como así también podía ver algunos de los goces que nos esperan en el cielo. Lejos de desear terminar los sufrimientos para comenzar a gozar del cielo, Santa Ludovina, después de los éxtasis, se afirmaba cada vez más en su “vocación” de salvar almas por medio de su sufrimiento ofrecidos a Dios. Además, al finalizar cada una de estas visiones, sus dolores no solo no disminuían, sino que aumentaban todavía más, en paralelo con el aumento del amor con el que ofrecía todo a Nuestro Señor crucificado. Hay algo que debemos tener en cuenta con este aspecto de su vida y es que lo que la santificó, no fueron ni las visiones ni los éxtasis, ni la experiencia por anticipado de los gozos del cielo, sino el dolor ofrecido, en mansedumbre y con amor, por manos de la Virgen, a Jesús crucificado.
También tuvo otra gracia, por medio de la cual participó de una de las Bienaventuranzas del Señor: la de sufrir la calumnia por el Reino de los cielos: “Dichosos seréis cuando os injurien, os persigan y digan contra vosotros toda suerte de calumnias por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos” (Mt 5, 11-12). Sucedió que trasladaron al santo párroco que tanto la ayudaba y que la había iniciado en la conversión y el camino de la santidad, por otro menos santo y menos comprensivo; este empezó a decir que Liduvina era una mentirosa que inventaba lo que decía. Pero ante esta calumnia, el pueblo se levantó en defensa de Liduvina y las autoridades, para probar lo infundado de estas acusaciones, nombraron una comisión investigadora compuesta por personalidades respetables y muy serias. Los investigadores declararon que ella decía toda la verdad y que su caso era algo extraordinario que no podía explicarse sin una intervención sobrenatural. Y así la fama de la santa no solo no sufrió menoscabo alguno por las calumnias, sino que creció y se propagó mucho más allá de las fronteras de su pueblo natal.
Y para que seamos conscientes de que el Amor de Dios –infinito y eterno- se nos comunica a través de la Santa Cruz de Jesús, lejos de atenuarse sus dolores y sufrimientos, en los últimos siete meses de vida aumentaron con tanta intensidad los dolores de Santa Liduvina, que no pudo dormir ni siquiera una hora a causa de sus padecimientos. Sin embargo, en ningún momento cesaba de elevar su oración a Dios, uniendo sus sufrimientos a los padecimientos de Cristo en la Cruz.
Su muerte ocurrió de tal manera, que ya anticipaba su destino final, el cielo: el 14 de abril de 1433, día de Pascua de Resurrección, poco antes de las tres de la tarde, la Hora de la Misericordia, pasó santamente a la eternidad. Pocos días antes de morir, recibió todavía una gracia más: contempló en una visión que en la eternidad le estaban tejiendo una hermosa corona de premios, pero al mismo tiempo se le decía que aun debía sufrir un poco. Y así sucedió: en esos días llegaron unos soldados, quienes lejos de compadecerse por su estado, la insultaron y la maltrataron. Santa Liduvina, tal como lo había hecho desde su conversión, ofreció todo a Dios con mucha paciencia, luego de lo cual oyó una voz que le decía: “Con esos sufrimientos ha quedado completa tu corona. Puedes morir en paz”.
La última petición que le hizo al médico antes de morir fue que su casa la convirtieran en hospital para pobres. Y así se hizo. Y su fama se extendió ya en vida por muchos sitios y después de muerta sus milagros la hicieron muy popular. Tiene un gran templo en su pueblo natal, Schiedam. Además, tuvo el gran honor de que su biografía la escribiera el escritor Beato Tomás de Kempis, autor del famosísimo libro “La imitación de Cristo”, lo cual es, por este hecho, una garantía de que los hechos relatados fueron reales y no una fábula.
         Mensaje de santidad
         Santa Liduvina, por su enfermedad y por el ofrecimiento que de esta hizo a Jesús, es la Patrona de los enfermos crónicos. Con su vida de santidad, Liduvina nos enseña a aprovechar la enfermedad para pagar nuestros pecados, convertir pecadores y conseguir un gran premio en el cielo. El decreto de Roma al declararla santa dice: Santa Liduvina fue “un prodigio de sufrimiento humano y de paciencia heroica”.
         Con su vida de sufrimientos, Santa Liduvina nos deja un valiosísimo mensaje de santidad: unir los dolores a los dolores de Jesucristo en la cruz y también a los dolores de María Santísima. Ella participó con sus dolores a la Pasión de Jesús y de esa manera, se santificó a sí misma y santificó y convirtió, por su intercesión, a una multitud de pecadores. La Iglesia nos pide a nosotros, sus hijos, que hagamos lo que hizo Santa Liduvina: si estamos enfermos, antes que pedir la gracia de la curación, lo que debemos hacer es ofrecer a Jesús nuestra enfermedad –con todo lo que esto implica, mortificaciones, tribulaciones, además del dolor físico-, para participar de su Pasión redentora. Así lo pide expresamente la Iglesia: “Que los enfermos vean en sus dolores una participación de la pasión de tu Hijo, para que así para que así tengan también parte en su consuelo”[3]. Como podemos apreciar, la enfermedad –física, corporal, mental, moral, espiritual- es un gran tesoro, un grandísimo don ofrecido gratuitamente por el cielo a quienes más ama Dios, porque por ella, Jesucristo atrae al alma hasta la cima del Monte Calvario, donde está Él crucificado y donde está Nuestra Señora de los Dolores, al pie de la cruz. Pero este tesoro fructifica el ciento por uno sólo y únicamente si su dueño, la persona enferma, en vez de renegar de su enfermedad, la ofrece con amor a Jesús, por manos de María Santísima, pidiendo por la conversión de los pecadores –y también ofreciéndolo por las Benditas Almas del Purgatorio-: sólo así, el alma no solamente se llena de paz y de alegría, sino que, haciendo fructificar su dolor, es fuente de conversión y santificación –lo cual quiere decir, amor, alegría y paz- para un gran número de pecadores. Por todo esto, nos damos cuenta de que es un gran error no solo rechazar la enfermedad, sino pedir su curación, aún cuando, desde el punto de vista humano, se tenga la obligación moral de realizar todo lo que esté al alcance, para curar o aliviar la enfermedad y sus síntomas –a causa del Primer Mandamiento, que manda “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”-. Santa Liduvina nos enseña que la enfermedad es un tesoro de valor inestimable, un talento valiosísimo dado por Dios a quienes más ama, pero, al igual que en la parábola de los talentos, este se puede enterrar, dejándolo sin fructificar, lo cual sucede cuando renegamos de la enfermedad, o bien se lo puede hacer rendir “el ciento por uno” y esto sucede cuando lo ofrecemos a Jesucristo por mediación del Inmaculado Corazón de María, pidiendo por la conversión de los pecadores y por las Almas del Purgatorio. Al recordar a Santa Liduvina, le dirigimos entonces esta oración: “Oh Santa Liduvina, Patrona de los enfermos crónicos, alcánzanos de Dios la gracia de aceptar con amor y paciencia nuestros sufrimientos como pago por nuestros pecados y ruega a Nuestra de los Dolores que sepamos ofrecer nuestros padecimientos a Jesús crucificado, para así conseguir, por la Sangre de Jesús derramada en la cruz, la conversión y salvación de muchos pecadores. Amén”.



[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/Sta_Liduvina_4_14.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. Liturgia de las Horas, I Vísperas en la fiesta de San Antonio Abad.

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