San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 20 de agosto de 2014

San Pío X, el Papa que amaba la Eucaristía


De entre todas las admirables virtudes que caracterizaron a San Pío X, sobresale su gran amor a la Eucaristía y puesto que amaba tanto a Jesús en la Eucaristía, quería que todos participaran de ese amor, de modo que promulgó un decreto[1] permitiendo la comunión diaria, en un momento en el que la comunión diaria era muy poco frecuente; además, por este decreto, amplió la recepción de la Eucaristía a los enfermos y a los niños, a partir de los 7 años, cuando ya tuviesen uso de razón.
En el decreto, San Pío X daba la razón por la cual permitía la comunión diaria, que no es “ni el honor ni la reverencia” a Jesús, “ni el premio a la virtud”, sino “el fortalecimiento interior por la gracia”: “La finalidad primera de la Santa Eucaristía no es garantizar el honor y la reverencia debidos al Señor, ni que el Sacramento sea premio a la virtud, sino que los fieles, unidos a Dios por la Comunión, puedan encontrar en ella fuerza para vencer las pasiones carnales, para purificarse de los pecados cotidianos y para evitar tantas caídas a que está sujeta la fragilidad humana”[2].
Continúa San Pío X afirmando que la comunión diaria era una práctica común entre los primeros cristianos, en la Iglesia primitiva, y que también lo hacían los Apóstoles y así lo enseñaban los escritores eclesiásticos, y que esto daba grandes frutos de santidad[3].
Éste es el deseo de Jesús, dice San Pío X, al instituir la Eucaristía, porque Él quería que todos los hombres se alimentaran, más que con alimentos materiales, con su Cuerpo y con su Sangre, y para demostrarlo, hace una exégesis de la cita del Evangelio de Juan en la Última Cena, en donde Jesús se proclama a sí mismo como Pan Vivo bajado del cielo: “Estos deseos coinciden con los en que se abrasaba nuestro Señor Jesucristo al instituir este divino Sacramento. Pues El mismo indicó repetidas veces, con claridad suma, la necesidad de comer a menudo su carne y beber su sangre, especialmente con estas palabras: “Este es el pan que descendió del Cielo; no como el maná que comieron vuestros padres y murieron: quien come este pan vivirá eternamente”[4]. De la comparación del Pan de los Ángeles con el pan y con el maná fácilmente podían los discípulos deducir que, así como el cuerpo se alimenta de pan diariamente, y cada día eran recreados los hebreos con el maná en el desierto, del mismo modo el alma cristiana podría diariamente comer y regalarse con el Pan del Cielo. A más de que casi todos los Santos Padres de la Iglesia enseñan que el pan de cada día, que se manda pedir en la oración dominical, no tanto se ha de entender del pan material, alimento del cuerpo, cuanto de la recepción diaria del Pan Eucarístico”.
Luego, San Pío X, por medio del decreto, establece libertad para que “1º- los fieles cristianos de cualquier clase y condición que sean, comulguen frecuente y diariamente, pues así lo desean ardientemente Cristo nuestro Señor y la Iglesia Católica: de tal manera que a nadie se le niegue, si se halla en estado de gracia y tiene recta y piadosa intención.
2º – La rectitud de intención consiste en que el que comulga no lo haga por rutina, vanidad o respetos humanos, sino por agradar a Dios, unirse más y más con Él por el amor y aplicar esta medicina divina a sus debilidades y defectos.
3º – Aunque convenga en gran manera que los que comulgan frecuente o diariamente estén libres de pecados veniales, al menos de los completamente voluntarios, y de su afecto, basta, sin embargo, que estén limpios de pecados mortales y tengan propósito de nunca más pecar; y con este sincero propósito no puede menos de suceder que los que comulgan diariamente se vean poco a poco libres hasta de los pecados veniales y de la afición a ellos.
4º – Como los Sacramentos de la Ley Nueva, aunque produzcan su efecto ex opere operato, lo causan, sin embargo, más abundante cuanto mejores son las disposiciones de los que los reciben, por eso se ha de procurar que preceda a la
Sagrada Comunión una preparación cuidadosa y le siga la conveniente acción de gracias, conforme a las fuerzas, condición y deberes de cada uno”[5].
La Iglesia, posteriormente, resumirá las disposiciones para comulgar, en las siguientes: vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia, estar en estado de gracia y libres de pecado mortal, y hacer una preparación espiritual adecuada antes de recibir la sagrada comunión, es decir, saber a quién se va a recibir. Esto se complementa con una adecuada acción de gracias luego de la comunión sacramental.
         Entonces, al conmemorar a San Pío X, recordemos que su intención era que comulguemos diariamente; sin embargo, en nuestros días, se ha caído tal vez en el error opuesto, en la comunión por rutina, en la comunión mecánica, en la que no se piensa en lo que se está recibiendo, ni en Quién es Aquél a quien se recibe en la Eucaristía; en nuestros días, tal vez se piensa en la Eucaristía como en un derecho o en un premio, más que como en lo que Es en verdad, Dios Hijo encarnado y oculto en algo que parece un poco de pan, pero ya no es más pan, porque es el Cuerpo, la Sangre, el Alma, la Divinidad y el Amor de Jesús, el Hijo de Dios. Entonces, la conmemoración de San Pío X, es una muy buena oportunidad para que pensemos en cómo vivimos nuestra comunión diaria –los que comulgamos diariamente-, es una muy buena oportunidad para que pensemos que nuestra comunión diaria nunca puede ser rutinaria, porque no comulgamos un trozo de pan material: comulgamos al Pan Vivo bajado del cielo: comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús, envuelto en las llamas del Amor de Dios, que quiere incendiarnos en el Amor Divino, y por lo tanto nuestros corazones, deben estar en gracia, y no deben estar cerrados al Amor, por la oscuridad del pecado mortal; comulgamos al Sagrado Corazón de Jesús, que está inmerso en un mar de dolores, por nuestros pecados, y por lo tanto, no podemos estar distraídos, pensando en nuestros asuntos temporales, terrenos, banales, materiales, ya que Jesús quiere hacernos partícipe de sus dones, de sus gracias, y la gran mayoría de las veces debe retirarse, entristecido, sin haber podido dejar sus gracias, debido a nuestra distracción, tal como Él mismo se lo dijo a Sor Faustina Kowalska; comulgamos a Jesús, vivo, resucitado y glorioso, y por eso debemos vivir de acuerdo a las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica, para mantenernos unidos a Él y para no separarnos de Él por los falsos atractivos del pecado, del mundo y de la carne, para estar, en todo momento, preparados para el encuentro cara a cara, porque el Jesús al cual comulgamos, oculto en la Eucaristía, y del cual recibimos el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, es el Jesús al cual veremos, cara a cara, el día de nuestra muerte, el día en el que, por su Divina Misericordia, esperamos ingresar en la feliz eternidad. Para ese día, para ese feliz día, en el que deseamos verlo cara a cara, es que nos preparamos en cada comunión eucarística, acumulando en nuestros corazones, como un avaro acumula monedas de oro en su arcón, el Amor que Jesús deposita en nuestros corazones en cada comunión eucarística y por eso la comunión eucarística diaria, deseada por San Pío X, nunca puede, ni debe ser, para nosotros, rutinaria.




[1] Cfr. “Sacra tridentina synodus” (Decreto), SAGRADA CONGREGACIÓN DEL CONCILIO, Sobre la comunión frecuente y cotidiana, 20 de diciembre de 1905.
[2] Cfr. Sacra tridentina synodus, 3.
[3] Cfr. ibidem, 4.
[4] Jn 6, 51-58
[5] Cfr. ibidem, 10.

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