San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 31 de enero de 2012

San Gilberto de Sempringham



San Gilberto nació en Sempringham[1], Inglaterra, y ya como sacerdote fundó, con la aprobación del papa Eugenio III, una Orden monástica, en la que impuso una doble disciplina: la Regla de san Benito para las monjas y la de san Agustín para los clérigos.
Se destacó, entre otras cosas, por su humildad y su dedicación a los pobres. El santo distribuía las rentas de los beneficios eclesiásticos de Sempringham y Terrington a los pobres y sólo reservaba una mínima parte para cubrir sus necesides.
Fundó las Gilbertinas, la única orden religiosa medieval que produjo Inglaterra. Sin embargo, excepto una casa en Escocia, la fundación no se extendió nunca más allá de las fronteras de Inglaterra, y desaparecieron cuando fueron disueltos los monasterios.
Era tan penitente, que sus contemporáneos se asombraban de que pudiese mantenerse en vida, comiendo tan poco. En su mesa había siempre lo que él llamaba "el plato del Señor Jesús", en el que apartaba para los pobres lo mejor de la comida. Vestía una camisa de cerdas, dormía sentado, y pasaba gran parte de la noche en oración. Durante el destierro de Santo Tomás de Canterbury, fue acusado, junto con otros superiores de su orden, de haberle prestado ayuda. La acusación era falsa; pero San Gilberto prefirió la prisión y exponerse a la supresión de su orden, antes que defenderse, para evitar la impresión de que condenaba una cosa buena y justa. Cuando era ya nonagenario, tuvo que soportar las calumnias de algunos hermanos legos que se habían rebelado.
Gilberto murió en 1189, a los 106 años de edad, y fue canonizado en 1202.
Los santos siempre tienen algo para decirnos, y también en este caso, en el que parecería no decirnos nada, debido a la mentalidad secular: un monje, fundador de una orden religiosa, que nunca traspasó los límites de una pequeña nación; para colmo, medieval, con lo que eso significa para nuestra mentalidad de hoy, y además practicante de un ascetismo y de una moderación en los alimentos, acompañados de una generosidad, que suenan extrañas para quien está acostumbrado a vivir en una civilización materialista, individualista, consumista, que busca ante todo apagar la sed de los propios apetitos, antes que pensar en los demás.
A pesar de esto, el ejemplo de San Gilberto es totalmente válido, porque el camino de salvación del ser humano, sea que haya vivido en la Edad Media, sea que viva en el siglo XXI, será siempre el mismo: la negación de sí mismo, por medio de la práctica ascética, el ayuno, la mortificación, la oración, y la práctica de las obras de misericordia, corporales y espirituales.

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