San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 6 de febrero de 2012

Santa Escolástica


10 de febrero



Vida y milagros de Santa Escolástica[1]
Religiosa, era hermana gemela de San Benito de Nursia, el santo que fundó la primera comunidad religiosa de occidente. Nació en el año 480, en Nursia, Italia. Al igual que su hermano, entró en religión muy joven, y mientras él dirigía un convento para hombres en el Monte Casino, Escolástica fundó un convento para mujeres a los pies de ese mismo monte.
La acción evangelizadora de ambos santos hermanos supuso no solo un avance cultural para Occidente, en una época caracterizada por el dominio de pueblos bárbaros e incultos, sino ante todo, sus monasterios y conventos constituyeron grandiosos faros de luz divina que iluminaron, y continúan iluminando aún hoy, las tinieblas espirituales de los hombres caídos en el pecado.
Tanto San Benito como Santa Escolástica hermosearon, a la par que santificaron, Europa y el mundo entero, no solo en la Baja Edad Media, sino en toda época. De la rama benedictina, del gran árbol de la Santa Iglesia Católica, maduraron maravillosos frutos de santidad: Santa Hildegarda, Santa Matilde, Santa Gertrudis, y muchísimos otros santos más.
Aunque eran hermanos y se amaban mucho, San Benito, en cumplimiento de las estrictas normas conventuales, iba a visitar a Escolástica solo una vez al año, y el día de la visita lo pasaban los dos hablando de temas espirituales.
Sucedió que pocos días antes de la muerte de la santa fue su hermano a visitarla y después de haber pasado el día entero en charlas religiosas, y al llegar el atardecer, San Benito se despidió de su hermana con la intención de regresar al monasterio. Era el primer jueves de Cuaresma del año 547. El Papa San Gregorio Magno es quien nos refiere siguiente diálogo mantenido entre San Benito y su hermana Santa Escolástica[2].
Sin embargo, y a pesar de saber que era contrario a las reglas conventuales, Escolástica le pidió a San Benito que se quedara aquella noche charlando con ella acerca del cielo y de Dios. El santo le respondió: “¿Cómo se te ocurre hermana semejante petición? ¿No sabes que nuestros reglamentos nos prohíben pasar la noche fuera del convento?”. Entonces ella juntó sus manos y se quedó con la cabeza inclinada, orando a Dios. Y en seguida se desató una tormenta tan fuerte y un aguacero tan violento, que San Benito y los dos monjes que lo acompañaban no pudieron ni siquiera intentar volver aquella noche a su convento. Entonces le dijo Escolástica a su hermano: “¿Ves hermano? Te rogué a ti y no quisiste hacerme caso. Le rogué a Dios, y El sí atendió mi petición”.
Y pasaron toda aquella noche rezando y hablando de Dios y de la Vida Eterna, quedando cada uno gozoso de las palabras que escuchaba a su hermano.
Al día siguiente, San Benito volvió a su convento de Monte Casino y a los tres días, al asomarse a la ventana de su celda vio una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo. Entonces por inspiración divina supo que era el alma de su hermana que viajaba hacia la feliz eternidad. Envió a unos de sus monjes a que trajeran su cadáver, y lo hizo enterrar en la tumba que se había preparado para él mismo. Pocos días después murió también el santo. Así estos dos hermanos que vivieron toda la vida tan unidos espiritualmente, quedaron juntos en la tumba, mientras sus almas cantan eternamente las alabanzas a Dios en el cielo.

Mensaje de santidad de Santa Escolástica
Santa Escolástica, al igual que su hermano San Benito, eligió la vida monástica, lo cual quiere decir ocultamiento a los ojos del mundo. Para el mundo, un monje es alguien que prácticamente no existe, que ha desaparecido de toda actividad, y por lo tanto es ignorado y no cuenta. Sin embargo, si el monje desaparece para el mundo, es en cambio conocido por Dios y amado por Él, y es tan amado por Dios, que Él le devuelve con creces todo lo que el contemplativo le ofrendó a Él. Santa Escolástica le dio a Dios su vida y también a su hermano, a quien tanto quería, y Dios le dio a cambio la vida eterna, y el tener a su hermano para siempre en la feliz eternidad.
Desde hace catorce siglos, las reliquias de Santa Escolástica y de San Benito, germinan incesantemente en frutos de santidad. A pesar del paso del tiempo, San Benito continúa presente en los santos de la orden y en sus conventos y religiosos, porque “todo lo que nace de Dios vence al mundo”. Y también se perpetúa y continúa viva Santa Escolástica, cuya vida oculta encarna el poder de la oración contemplativa, razón de ser de los claustros conventuales[3].
Santa Escolástica, estando oculta al mundo, no era escuchada ni por su propio hermano, que quería regresar a toda costa al monasterio, pero sí era escuchada por Dios, quien le concedió su petición de una tormenta para que su hermano se quedase, para así poder hablar de la eternidad a la que pronto habrían de ingresar.
Unidos por el amor fraternal, y por el amor que concede la gracia divina, ambos hermanos, sepultados en la misma tumba, viven ahora para siempre, en la alegría eterna de los cielos, en la contemplación gozosa de Dios Uno y Trino. Ambos se entregaron a Él en esta vida, para amarlo en la oración contemplativa, en la oscuridad luminosa de la fe, y ambos lo aman ahora, por la eternidad, en la alegre contemplación cara a cara.

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