San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 6 de febrero de 2019

Santos Pablo Miki y compañeros mártires


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         Vida de santidad[1].

En el año 1549 San Francisco Javier llegó al Japón y convirtió a muchos paganos, llegando a contarse varios los miles de cristianos hacia el año 1597. En ese momento, subió al trono real un emperador que no solo no conocía a Jesucristo, sino que era además sumamente cruel y vicioso. Apenas en el poder, dio la orden de que todos los misioneros católicos debían abandonar el Japón en el término de seis meses. Sin embargo, los misioneros, llenos de celo por el amor de Cristo, no hicieron caso de esta orden del emperador y en vez de huir del país lo que hicieron fue esconderse, para poder seguir evangelizando y catequizando a los paganos.
Pudieron hacer estas actividades por un tiempo, pero finalmente fueron descubiertos y martirizados brutalmente: en total, murieron en Nagasaki en un solo día –el 5 de febrero de 1597- veintiséis misioneros, entre sacerdotes, hermanos y laicos: fueron ejecutados tres jesuitas, seis franciscanos y dieciséis laicos católicos japoneses, que eran catequistas y se habían hecho terciarios franciscanos. Los mártires jesuitas fueron: San Pablo Miki, un japonés de familia de la alta clase social, hijo de un capitán del ejército y muy buen predicador; San Juan Goto y Santiago Kisai, dos hermanos coadjutores jesuitas; a su vez, los franciscanos eran: San Felipe de Jesús, un mexicano que había ido a misionar al Asia; San Gonzalo García que era de la India, San Francisco Blanco, San Pedro Bautista, superior de los franciscanos en el Japón y San Francisco de San Miguel. Entre los laicos estaban: un soldado: San Cayo Francisco; un médico: San Francisco de Miako; un laico coreano: San León Karasuma, y tres muchachos de trece años que ayudaban a misa a los sacerdotes, los niños San Luis Ibarqui, San Antonio Deyman, y San Totomaskasaky, cuyo padre fue también martirizado. Antes de asesinarlos, los torturaron cruelmente: a los veintiséis católicos les cortaron la oreja izquierda y así ensangrentados y sin ningún tipo de atención médica, fueron llevados en pleno invierno a pie, de pueblo en pueblo, durante un mes, para escarmentar y atemorizar a todos los que quisieran hacerse cristianos. Al llegar a Nagasaki les permitieron confesarse con los sacerdotes, y luego los crucificaron, atándolos a las cruces con cuerdas y cadenas en piernas y brazos y sujetándolos al madero con una argolla de hierro al cuello. Entre una cruz y otra había la distancia de un metro y medio.
La Iglesia Católica los declaró santos en 1862.

         Mensaje de santidad.

El mensaje de santidad, además de su vida misma, que es la entrega de la vida por amor a Cristo, lo dieron los mártires antes de morir. Es muy importante reflexionar acerca de lo que dicen los mártires antes de morir, porque están muy próximos al supremo testimonio, que es el dar la vida por Cristo y esto no lo podrían hacer si no estuvieran asistidos por el Espíritu Santo. Escuchar a los mártires en sus últimas palabras es escuchar al mismo Espíritu Santo, porque así lo dice Jesús: “Cuando os persigan y encarcelen, no os preocupéis por lo que habréis de decir, porque el Espíritu Santo hablará por vosotros. Es decir, como el mártir está inhabitado por el Espíritu Santo, todo lo que dicen y hacen es obra de ese mismo Espíritu. Por esta razón es que es tan importante meditar en sus últimas palabras. Con respecto a San Pablo Miki y los veintiséis compañeros mártires, existe un relato compuesto por testigos presenciales, quienes relataron de la siguiente manera sus últimos momentos en esta vida, instantes previos antes de ingresar en la vida eterna. los testigos de su martirio y de su muerte lo relatan de la siguiente manera: “Una vez crucificados, era admirable ver el fervor y la paciencia de todos. Los sacerdotes animaban a los demás a sufrir todo por amor a Jesucristo y la salvación de las almas. El Padre Pedro estaba inmóvil, con los ojos fijos en el cielo. El hermano Martín cantaba salmos, en acción de gracias a la bondad de Dios, y entre frase y frase iba repitiendo aquella oración del salmo 30: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. El hermano Gonzalo rezaba fervorosamente el Padre Nuestro y el Avemaría”. Tengamos en cuenta que los mártires estaban crucificados; a todos les habían cortado la oreja izquierda; todos estaban con sus heridas infectadas; estaban mal alimentados, con hambre, con sed y con frío y además, estaban soportando una tortura sumada a otra tortura, esto es, a la tortura física, se le sumaba la tortura moral de saber que habían sido condenados a muerte y estaban siendo asesinados en cumplimiento de esa orden. Sin embargo, los mártires no solo no se desesperan ni reniegan de Dios y de la Iglesia: como dicen los testigos, cantaban, estaban en estado de éxtasis, o a un tenían la suficiente fuerza física y espiritual como para dar sermones acerca de la vida eterna.
Precisamente, el mejor púlpito para predicar es la Santa Cruz de Jesús y eso es lo que hacía el Padre Pablo Miki, según los testigos: “Al Padre Pablo Miki le parecía que aquella cruz era el púlpito o sitio para predicar más honroso que le habían conseguido, y empezó a decir a todos los presentes (cristianos y curiosos) que él era japonés, que pertenecía a la compañía de Jesús, o sociedad de los Padres jesuitas, que moría por haber predicado el evangelio y que le daba gracias a Dios por haberle concedido el honor tan enorme de poder morir por propagar la verdadera religión de Dios”. Nuevamente, comprobamos la asistencia del Espíritu Santo, en este caso, al Padre Pablo Miki, porque no solo no se desespera nunca, sino que agradece el haber sido bautizado, el pertenecer a la Iglesia Católica y, sobre todo, agradece a Dios el estar dando su vida por Jesucristo. San Pablo Miki sabía que, por dar su vida por Jesucristo, ya tenía ganado el cielo.
Gracias a los testigos presenciales, podemos saber no sólo que Pablo Miki predicó desde el púlpito de la cruz, sino también qué es lo que dijo. Narran así los testigos: “A continuación añadió las siguientes palabras: “Llegado a este momento final de mi existencia en la tierra, seguramente que ninguno de ustedes va a creer que me voy a atrever a decir lo que no es cierto. Les declaro pues, que el mejor camino para conseguir la salvación es pertenecer a la religión cristiana, ser católico. Y como mi Señor Jesucristo me enseñó con sus palabras y sus buenos ejemplos a perdonar a los que nos han ofendido, yo declaro que perdono al jefe de la nación que dio la orden de crucificarnos, y a todos los que han contribuido a nuestro martirio, y les recomiendo que ojalá se hagan instruir en nuestra santa religión y se hagan bautizar”. Para el Padre Pablo Miki la religión católica es la más adecuada para llegar al cielo; además, como es discípulo de Cristo, no se deja llevar por el deseo de venganza contra quien mandó a matarlo sino que, siguiendo lo que Jesús nos ordena en el Evangelio, de perdonar “setenta veces siete”, el Padre Pablo Miki perdona a sus verdugos y sobre todo al emperador, recomendándoles además que se hagan bautizar, así también ellos puedan entrar en el Reino de los cielos. Es decir, no solo no desea vengarse, sino que desea que, aquellos que le están dando muerte, estén con él en el cielo, para siempre.
Continúa el relato de los testigos: “Luego, vueltos los ojos hacia sus compañeros, empezó a darles ánimos en aquella lucha decisiva; en el rostro de todos se veía una alegría muy grande, especialmente en el del niño Luis; éste, al gritarle otro cristiano que pronto estaría en el Paraíso, atrajo hacia sí las miradas de todos por el gesto lleno de gozo que hizo. El niño Antonio, que estaba al lado de Luis, con los ojos fijos en el cielo, después de haber invocado los santísimos nombres de Jesús, José y María, se pudo a cantar los salmos que había aprendido en la clase de catecismo. A otros se les oía decir continuamente: “Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía”. Varios de los crucificados aconsejaban a las gentes allí presentes que permanecieran fieles a nuestra santa religión por siempre”. A pesar de estar crucificados y cubiertos de heridas y, en muchos casos, agonizando, todos, sin excepción, se caracterizan por la alegría, porque el Espíritu Santo no solo inhabita en ellos sino que, en cierto sentido, les hace comenzar a gustar de las delicias celestiales que los acompañarán por toda la eternidad, por haber dado sus vidas por Jesús.
Finalmente, los mártires son ajusticiados con lanzazos: “Luego los verdugos sacaron sus lanzas y asestaron a cada uno de los crucificados dos lanzazos, con lo que en unos momentos pusieron fin a sus vidas. El pueblo cristiano horrorizado gritaba: ¡Jesús, José y María!”. San Pablo Miki y sus compañeros fueron tan fieles a Jesucristo, que lo imitaron en su amor hacia Dios y el prójimo, dando sus vidas por Jesucristo y perdonando cristianamente a sus verdugos, y lo imitaron de tal manera, que también ellos, al igual que Cristo, recibieron un lanzazo, de la misma manera a como Cristo, ya muerto, recibió un lanzazo que traspasó su Sagrado Corazón. Amor a Cristo hasta dar la vida por Él y perdón a los enemigos en nombre de Cristo, deseándoles el Paraíso, son algunas de las lecciones de santidad que nos dejan los santos mártires San Pablo Miki y compañeros.

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