San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 25 de noviembre de 2015

La vida de Santa Catalina de Alejandría no fue una leyenda


         Cuando se reflexiona acerca de la vida de un santo o de un mártir, como es el caso de Santa Catalina de Alejandría, se corre el riesgo, si no se tiene fe, de creer que sus vidas –y muertes martiriales- son “leyendas”, es decir, relatos ficticios, imaginarios, cuya validez y autenticidad dependen de la imaginación de quienes escribieron sus biografías. Cuando no se tiene fe, se corre el riesgo de reducir lo sobrenatural de los santos y mártires, a hechos de fantasía y, por lo tanto, inexistentes; a lo sumo, se habla de ellos como de “buenas personas”, llenas de virtudes, pero nada de hechos sobrenaturales.
         La vida de Santa Catalina de Alejandría –y sobre todo su muerte martirial- no es –como la de todos los santos y mártires- una “historia bonita” pero inventada por la imaginación de algunos, y sus méritos no se reducen a los de ser personas virtuosas que se enfrentan –virtuosamente- a los poderes de turno para defender su fe: los santos y mártires participan, de un modo misterioso y sobrenatural, de la cruz de Nuestro Señor Jesucristo; es Él quien los anima con su Espíritu, el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, y es el Espíritu Santo quien, poseyendo por completo al cuerpo y el alma del santo y del mártir, actúa a través suyo, concediéndoles sabiduría y fortaleza sobrenatural, iluminándolos de manera tal que puedan dar testimonio de Cristo para que, cuando esto suceda, sus vidas sean efectivamente arrebatadas por sus verdugos y así puedan ingresar directamente a la eterna bienaventuranza.
         No hay otro fundamento, que la asistencia personal del Espíritu Santo, que los hace participar a la cruz de Jesús, Rey de Santos y Mártires, para explicar los hechos sobrenaturales que rodean ya sea a la vida de los santos o a la muerte de los mártires.
         En el caso de Santa Catalina de Alejandría, se sabe de ella que era “una joven de extremada belleza e inteligencia, perteneciente a una familia noble de Alejandría, versada en los conocimientos filosóficos de la época y defensora incansable de la Verdad”[1]. Fue esta defensa de la Verdad Encarnada, Jesucristo, frente al error pagano, lo que le valió ser martirizada por el emperador Maximino Daia, quien, habiendo fracasado en sus intentos de hacerle abandonar la fe en Cristo con sus razonamientos falsos, convocó a los sabios del imperio para que la hicieran abandonar la Verdad, es decir, Cristo, pero estos sabios no solo no la pudieron vencer con sus sofismas gnósticos, sino que muchos de ellos, hombres de buena voluntad, se convirtieron gracias a la sabiduría sobrenatural de Santa Catalina. Así, Santa Catalina venció al error y la mentira –el “Padre de la mentira es Satanás”-, por medio de la Sabiduría Encarnada, Jesucristo.
Frustrado por haber sido vencido en el terreno de la razón, el emperador Maximino, un “hombre semibárbaro, fiera salvaje del Danubio, que habían soltado en las cultas ciudades del Oriente”, según términos de Lactancio[2], ordenó que Santa Catalina fuera ejecutada, primero por medio de una rueda dentada, la cual inexplicablemente no le hizo nada, pero en cambio sí hirió a sus verdugos, al saltar por el aire las cuchillas, y luego por la espada, ya que al fracasar en su primer intento, el emperador ordenó que la santa fuera decapitada. Puesto que ya había dado testimonio de Cristo, el Espíritu Santo, que inhabitaba en ella, permitió que muriera por el golpe de la espada.
         De esta manera, Santa Catalina de Alejandría nos da ejemplo de amor a la Verdad, porque la buscó con toda pasión y cuando la encontró, no solo no la abandonó, sino que dio su vida por ella, por la Verdad Encarnada, Jesucristo, el Hombre-Dios.



[1] Cfr. http://es.catholic.net/op/articulos/32160/catalina-de-alejandra-santa.html
[2] Cfr. ibidem.

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