San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 1 de agosto de 2013

San Alfonso María de Ligorio


Una de las obras más renombradas de San Alfonso María de Ligorio es su libro: “Preparación para la muerte”. Según San Alfonso, la escribe “a pedido de algunas personas que deseaban conocer acerca de las verdades eternas y así poder adelantar en la vida espiritual”. En la Introducción, medita acerca de la brevedad de esta vida terrena, comparándola con un “vapor que el aire dispersa” - “¿Qué es nuestra vida?... Es como un tenue vapor que el aire dispersa y al punto acaba. Todos sabemos que hemos de morir. Pero muchos se engañan, figurándose la muerte tan lejana como si jamás hubiese de llegar. Mas, como nos advierte Job, la vida humana es brevísima: El hombre viviendo breve tiempo, brota como flor, y se marchita” -y con el heno cuya flor se marchita brevemente - “Manda el Señor a Isaías que anuncie esa misma verdad: Clama—le dice—que toda carne es heno...; verdaderamente, heno es él pueblo: secóse el heno y cayó la flor (Is 40, 6-7). Es, pues, la vida del hombre como la de esa planta. Viene la muerte, sécase el heno, acábase la vida, y cae marchita la flor de las grandezas y bienes terrenos”-.
Más adelante, dice así: “Corre hacia nosotros velocísima la muerte, y nosotros en cada instante hacia ella corremos (Jb 9, 25).Todo este tiempo en que escribo—dice San Jerónimo—se quitade mi vida. Todos morimos, y nos deslizamos coma sobre la tierra el agua, que no se vuelve atrás (2 Reg 14, 14). Ved cómo corre a la mar aquel arroyuelo; sus co-rrientes aguas no retrocederán. Así, hermano mío, pasan tus días y te acercas a la muerte. Placeres, recreos, faustos, elogios, alabanzas, todo va pasando... ¿Y qué nos queda?... Sólo me resta el sepulcro (Jb 17, 1). Seremos sepultados en la fosa, y allí habremos de estar pudriéndonos, despojados de todo”.
Estos breves párrafos -y, por supuesto, el libro entero-, deberían ser meditados por todos y cada uno de los seres humanos que vivimos en este siglo XXI, en el que los admirables progresos científicos y tecnológicos han dado fuerza a las antiguas tentaciones prometeicas y gnósticas de la humanidad, tan antiguas como la humanidad misma. Desde Adán y Eva, el hombre, apartado de Dios a causa del pecado original, ha pretendido hacer de esta vida, efímera y pasajera, su Paraíso terrenal, y ha pretendido además hacerlo todo sin Dios e incluso, contra Dios. Estas tentaciones, si bien estuvieron presentes a lo largo de toda la historia de la humanidad, se dan con mucha fuerza en nuestos días, y lo vemos cotidianamente: por un lado, se emplean a fondo los avances científicos y médicos, con el fin de prolongar, artificialmente, la juventud; por otro lado, se vive el momento, sin importar ni el pasado ni el futuro y, lo que es más importante, sin importar la vida eterna. Así, el envejecimiento -proceso natural del hombre a medida que pasan los años- se presenta como si fuera algo nocivo e incluso vergonzoso y se hace de todo para disimularlo, al tiempo que se busca vivir con el máximo lujo y comodidad posibles. Se niega el envejecimiento, como forma de negar la muerte: “Si soy siempre joven, la muerte no me alcanzará”, parece decir el hombre de nuestro tiempo; en consecuencia, se niega la vida eterna, precisamente aquella que comienza inmediatamente luego de la muerte, como forma de reafirmar la perennidad de esta vida: paradójicamente, el hombre de nuestro tiempo parece decir: “No existe la vida eterna en el más allá; la vida tiene que durar para siempre aquí, en la tierra, porque éste es el Paraíso verdadero”. Y es así como se busca vivir con el máximo confort, placer y lujo posibles, elevándolos a estos como el máximo ideal humano a alcanzar. No se piensa en la muerte, no se piensa en la vida eterna, no se piensa en las postrimerías; sólo se vive el momento, y del modo más egoísta e irreal posible.
Sin Dios, el hombre se construye un “mundo ideal” que resulta ser irreal, pero lo más trágico, es que construye una imagen irreal de sí mismo: quiere ser eternamente joven y vivir para siempre en esta vida terrena, lo cual es irreal porque inevitablemente enevejecemos, y esta vida de ninguna manera podrá ser jamás el Paraíso.

Por todo esto, la obra de San Alfonso María de Ligorio, “Preparación para la muerte”, es ideal para nuestro tiempo, para recordarnos que algún día moriremos, que esta vida no es para siempre, que “seremos juzgados en el amor” y que con nuestras obras, realizadas libremente en el bien o en el mal, nos ganaremos el Cielo o el Infierno. 

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