San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 20 de agosto de 2013

San Bernardo y el amor a Dios


          De acuerdo a los escritos de San Bernardo sobre el amor, no existe ser humano que no pueda darle algo a su Creador, y ese algo es, precisamente, amor: "Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la creatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que Él le da"[1]. creado por amor, por el Amor, y para el Amor, el hombre posee en sí mismo, en su alma, una cualidad que no la posee ninguna otra creatura del universo visible, y es la capacidad de amar. El hombre ha sido creado "a imagen y semejanza" de Dios, y es parte esencial de ese ser "imagen y semejanza" de Dios (cfr. Gn 2, 7), el poder crear actos de amor. Es decir, Dios crea al hombre por amor, a su imagen y semejanza, la cual consiste en estar dotado de la capacidad de crear actos de amor. De esta manera el hombre, para devolver el amor que Dios puso en el acto de su creación, lo único que tiene que hacer es devolverle algo -siempre será una infinitésima parte, insignificante, en relación al acto creador de Dios, pero al menos es algo- de ese amor, creando en sí mismo un acto de amor a Dios. Por este motivo, el mandamiento de la Ley de la Caridad de Jesucristo, no es algo impuesto artificialmente al hombre, ni es algo que el hombre no pueda o no sepa hacer, o no quiera hacer: el amor a Dios está como sellado en su esencia y por esto no hay algo más natural para el hombre que amar a Dios. Esto también nos hace ver que nadie puede excusarse de amar a Dios, porque está en su esencia humana, y es así que puede hacer un acto de amor a Dios tanto un mendigo como un multimillonario, un pobre o un rico, un hombre de raza blanca, o negra, o de cualquier raza, porque el amar a Dios no es algo extrínseco a la naturaleza humana, sino algo inherente a ella. De esto se también que al condicionar nuestra entrada a los cielos -y por lo tanto, nuestra salvación eterna-, al cumplimiento del Primer Mandamiento -"Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo"-, Jesús no solo no nos pide nada imposible, sino que nos concede la llave para la felicidad, tanto en esta vida como en la otra, porque como vemos, hemos sido creados por el Amor para el Amor, para amar, tanto a Dios como al prójimo, que es su imagen viviente en la tierra.
          Por supuesto que esta tendencia natural del hombre a amar a Dios -y a su imagen viviente, el prójimo-, puede no solo ser sofocada y disminuida, sino bloqueada e incluso pervertida, al amar algo o alguien que no sea Dios y, por el Amor de Dios, a su imagen viviente, el prójimo.  Pero esta "capacidad", que se pone en acto como consecuencia del pecado original,  no es una excusa para no amar a Dios, porque esta permanece aún en estado de pecado y, lo más grandioso, se potencia al infinito por medio de la gracia divina, y de tal manera, que el hombre se vuelve capaz de amar a Dios con su mismo Amor, con el Amor mismo con el cual Dios se ama a sí mismo desde la eternidad.



[1][1] San Bernardo Abad, Sermones, sobre el Cantar de los cantares, Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense, 2, 1968, 300-302.

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