San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 26 de agosto de 2013

Santa Mónica y su mensaje de santidad para las madres del siglo XXI


          Para conocer acerca de la vida de santidad de Santa Mónica, es necesario recurrir a lo que de ella dice su propio hijo, San Agustín, quien así escribe en sus Confesiones: "Ella me engendró sea con su carne para que viniera a la luz del tiempo, sea con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad". Según San Agustín, su madre fue doblemente madre, ya que fue madre biológica, engendrándolo para la vida terrena, pero también fue madre espiritual, porque por sus oraciones y sacrificios le obtuvo el don de la fe, engendrándolo para la vida eterna.
          Este doble oficio materno lo desempeñó Santa Mónica toda su vida, pero particularmente al cumplir San Agustín los diecinueve años, momento en el que comienza a transitar un inicia un camino de doble perdición: llevaba una vida disoluta y había abrazado la herejía maniquea -error filosófico que, entre otras cosas, niega la responsabilidad del hombre por los males cometidos, desde el momento en que consideran erróneamente que no hay libre albedrío-, y fue así que, movida por su amor materno, pero sobre todo movida por el Amor de Dios, Santa Mónica, que desde muy pequeña vivía una vida de oración y penitencia, la intensificó todavía más, agregándole sacrificios y ayunos y derramando abundantes lágrimas ante el peligro de condenación eterna de su hijo.
          Durante casi nueve años, Santa Mónica no dejó de orar y llorar por su hijo, de ayunar y velar, de rogar a los miembros del clero para que lo persuadieran acerca de la verdadera doctrina de salvación. Ante las lágrimas e insistencia de Santa Mónica, un obispo, que había sido también maniqueo, pronunció las famosas palabras: "Estad tranquila, es imposible que se pierda el hijo de tantas lágrimas".
          La conversión de San Agustín, fruto de las oraciones, sacrificios y lágrimas de Santa Mónica, se produjo en la Pascua del año 387, recibiendo el santo el bautismo de parte de San Ambrosio.
          Años después, poco antes de morir, y con su hijo ya sacerdote, Santa Mónica revela las alegrías y las esperanzas de su corazón, que ya no están en este mundo. Le dijo así a San Agustín: "Hijo, ya nada de este mundo me deleita. Ya no sé cuál es mi misión en la tierra ni por qué me deja Dios vivir, pues todas mis esperanzas han sido colmadas. Mi único deseo era vivir hasta verte católico e hijo de Dios. Dios me ha concedido más de lo que yo le había pedido, ahora que has renunciado a la felicidad terrena y te has consagrado a su servicio". Hacia el final de su vida, Santa Mónica ve, con satisfacción, que su hijo no solo se había convertido, sino que se había consagrado a Dios con todo su corazón y con toda su vida -con lo cual da por cumplida su segunda maternidad, la espiritual-, al tiempo que se muestra ansiosa por dejar esta vida terrena e ingresar en la vida eterna.
          El mensaje de santidad de Santa Mónica es sobre todo importante en nuestros días, en el que muchas madres, habiendo perdido la fe y el sentido de la eternidad, solo se interesan por el progreso material y la felicidad terrena de sus hijos, sin importarles la vida del más allá. Con su doble amor maternal, Santa Mónica es ejemplo para las madres cristianas, puesto que no se preocupa porque su hijo adquiera un título profesional; tampoco le interesa que sea exitoso según el mundo, o que posea abundantes bienes materiales; no le importa tampoco que consiga una buena esposa que le de numerosos hijos: lo único que le importa a Santa Mónica es que su hijo se convierta, es decir, que conozca y ame a Jesucristo, el Salvador, para que así, conociéndolo y amándolo, lo siga por el Camino Real de la Cruz y salve su alma. El mensaje que da Santa Mónica a las madres cristianas del siglo XXI podría entonces resumirse así: "No te preocupes por las cosas del mundo: ¡salva el alma de tus hijos!".


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