San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 14 de octubre de 2010

Santa Teresa y la oración


Santa Teresa, en sus “Moradas”, dice que Dios es como un brasero ardiente de Amor, y que cuando Él quiere, hace que una chispa de ese fuego salte y queme al alma, para encenderla con su amor. Bien podríamos decir entonces, que el corazón humano es como un carbón, negro y seco, que al contacto con ese carbón incandescente que es el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, se enciende en el fuego del Amor divino.

La comunión eucarística sería entonces para nosotros, la oportunidad para que nuestro corazón, negro y seco como un carbón, se encienda en el Amor divino, al entrar en contacto con la Llama de Amor viva que es el Corazón Eucarístico de Jesús.

Esto es así, y es lo que sucede en la realidad, y si no ardemos en el fuego del amor, es porque somos nosotros mismos quienes ponemos los obstáculos y los frenos a la gracia.

Si nos decidiéramos a quitar los obstáculos, entonces Dios se nos donaría sin reservas, y nos colmaría de gracias, de dones, de beneficios. Los obstáculos no sólo impiden que la Eucaristía obre en nuestras almas, sino que pueden convertir, a la comunión eucarística, en lo contrario de lo que es, nuestra salvación: pueden ser causa de nuestra condenación eterna: “quien coma el pan o beba la copa del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, cada cual, y coma así el pan y beba de la copa. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo” (1 Cor 11, 27-29).

¿Cuáles son esas trabas que impiden no sólo que la Eucaristía haga su efecto, sino que se convierta, en vez de Pan de Vida, en pesadísima piedra de molino que, atada al cuello, precipite al alma en el infierno? Pueden ser muchas y variadas, y dependen de cada caso particular, pero hay una causa que es la más importante de todas, y es la falta de caridad para con el prójimo. Quien comulga, puede creer que hace un acto de oración perfecta, pero si se olvida de su prójimo, lo que hace es “comer y beber su propia condenación”.

Dice así Santa Teresa: “Cuando yo veo almas muy diligentes a entender la oración que tienen y muy encapotadas cuando están en ella, que parece no se osan bullir ni menear el pensamiento porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido, háceme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión, y piensan que allí está todo el negocio.

Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella; y si tiene algún dolor, te duela a ti; y si fuere menester, lo ayunes, porque ella lo coma, no tanto por ella, como porque sabes que tu Señor quiere aquello”.

Además del amor al prójimo, importa muchísimo la humildad: “Esta es la verdadera unión con su voluntad, y que si vieres loar mucho a una persona, te alegres mucho más que si te loasen a ti. Esto, a la verdad, fácil es, que si hay humildad, antes tendrá pena de verse loar”[1].

En otras partes, dice así: “El amor de Dios no ha de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras”; “Quien no amare al prójimo no os ama, Señor mío”.

Seamos caritativos para con nuestros prójimo, ya sea el más cercano, como aquél que es nuestro enemigo, y así, sólo así, algún día, en algún momento, Dios enviará, desde ese horno ardiente de Amor eterno que es su Sagrado Corazón Eucarístico, no sólo una chispa, sino una Llama Viva de Amor divino, que encenderá nuestros corazones, negros como el carbón, en un amor infinito y eterno.


[1] Cfr. Santa Teresa de Ávila, Las Moradas del castillo interior, 5, 3, 11.

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