San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 25 de octubre de 2010

Los ángeles se alegran por los hombres en gracia


Ninguno conoce mejor el valor de la gracia, después de Dios, que los ángeles y los santos; los ángeles, porque poseen ya el pleno goce de la gracia; los santos, porque por la gracia, subieron tan alto en la vida eterna, y merecieron tanta gloria.

Los ángeles manifiestan su amor y estima para con la gracia desde el momento en que bajan del cielo a la tierra para ayudarnos a adquirirla y a conservarla, y nos damos cuenta del aprecio que le tienen por la alegría que experimentan cuando adquirimos la gracia, y es esto lo que dice Jesús: “Hay más alegría en el cielo por un pecador que hace penitencia que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia” (Lc 15, 7). Los ángeles se alegran por un justo, pero se alegran más por un pecador que recobra el bien perdido de la gracia.

Debe de ser grande y hermoso este bien, porque los ángeles se alegran por él, a pesar de estar inundados en el océano de amor y de alegría infinita que es Dios.

Cuando un hombre adquiere el bien de la gracia, los ángeles muestran una alegría que no muestran cuando el hombre adquiere otros bienes: hay no pocos hombres que adquieren inmensas riquezas, que escalan los puestos más distinguidos, que se ocupan los puestos más elevados, que gobiernan a las naciones más poderosas, que conquistan la gloria por medio de las victorias más brillantes, o por la ciencia o por el arte. Pero todo esto deja mudos a los habitantes del cielo, podemos decir que a los ángeles no se les mueve ni una pluma de sus alas. Lejos de felicitar a los que lo obtienen, o a sus amigos y parientes, como se hace cuando alguien ha alcanzado un gran éxito, los ángeles parecen no darse cuenta de esas glorias mundanas.

Sin embargo, si un mendigo, o un hombre sumido en el infortunio, adquiere la gracia, en el cielo se organiza, al instante, una gran fiesta, y los mismos ángeles corren a felicitar a tan feliz alma.

Al rico mercader, que está acostumbrado a manejar grandes sumas de dineros, y mercancías y objetos costosos y valiosísimos, no le interesan las pequeñas adquisiciones, y ni siquiera se digna mirarlas, y lo que a otros haría felices, para él no pasa de pérdida y cosa sin importancia. Sucede como con los niños y los adultos: para los niños, basta un espejito de color, o una ‘chuchería’ sin valor comercial, ni artístico, ni estético, para que ya estén alegres, y eso mismo, para los adultos, no pasa merece más que una sonrisa compasiva. Es así con los ángeles: lo que para los hombres es alegría –riquezas, poder, fama, honra, dinero, joyas, títulos, diplomas-, para los ángeles es igual a la nada, porque nada de eso se compara con la gracia.

Es por esto que debemos imitar a los ángeles, que son, sin dudarlo, más inteligentes y más ricos, y saben apreciar mejor lo bueno, que los hombres; dejemos que los niños de este mundo, los mundanos, pobres e insensatos, se regocijen y alegren en la adquisición de bienes terrenos y de inutilidades deslumbrantes, y no creamos haber realizado una ganancia importante y verdadera si es que no hemos conseguido o aumentado la gracia.

Sólo la alegría que proporciona la gracia tiene la fuerza, la pureza y la perfección necesarias para alejar toda tristeza de nuestro corazón. Por eso decimos con el profeta: “Exultaré de gozo en el Señor, y mi alma se regocijará en mi Dios; porque Él me ha revestido con la vestidura de la salvación y me ha cubierto con el manto de la justicia, como a esposo adornado con el brillo de su corona, y como a esposa ataviada con sus joyas (cfr. Is 56, 10), esto es, con la gracia de las virtudes y los dones

Los ángeles se alegran, y nosotros, siguiendo las indicaciones de nuestro Salvador, también debemos alegrarnos, puesto que nuestros nombres están “scritos en el cielo” (cfr. Lc 10, 20).

La alegría que experimentan los ángeles, cuando por la gracia somos introducidos en la amistad de Dios, se basa en tres motivos: el primero es Dios, el segundo los ángeles, el tercero los hombres.

Se alegran a causa de Dios, porque conocen su vivo deseo de que, saliendo de nuestra ceguera, nos reconciliemos con Él, de que volvamos a Él, para que Él nos introduzca en su seno. El propio Hijo de Dios se compara con un pastor que nos busca en el desierto como a ovejas perdidas, que sonriente nos lleva sobres sus espaldas al aprisco y que una vez allí reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: “Regocijaos conmigo, porque encontré a mi oveja descarriada” (Lc 15, 6). Es natural que los ángeles se apresuren a seguir el ejemplo de su Rey y queden inflamados en amor y exultantes de alegría por nosotros, de ahí que participen de su contento y lo feliciten.

Se regocijan también los ángeles por cuanto les compete a ellos, porque la gracia hace de nosotros sus hermanos y conciudadanos, y nos llama a ocupar en el cielo los lugares que quedaron vacíos por los ángeles apóstatas. Lejos de sentirse celosos de nosotros, o querernos mal por habernos hecho iguales –y superiores- a ellos por la gracia, siendo nosotros muy inferiores por naturaleza, su más ardiente deseo es el de compartir con nosotros su honor y felicidad. Ven con gusto que sea vengado y humillado el orgullo de sus hermanos caídos, lo que se produce cuando nosotros ocupamos, por la condescendencia divina, y a pesar de la bajeza de nuestra naturaleza, los puestos que ellos abandonaron. Por la gracia, adquirimos la gloria de los serafines, mientras que por su pérdida nos hacemos semejantes a los demonios y formamos parte de su caída.

Finalmente, se regocijan los ángeles a causa de nosotros, porque recibimos con la gracia la mayor fortuna que nos puede caer en suerte: somos regenerados como hijos y herederos del Gran Rey Jesucristo.

Cuando nace un príncipe heredero, reina una gran alegría en el palacio del rey, y por eso se organizan grandes fiestas. Aún así, los príncipes herederos no se dan cuenta de nada. Pero no es ésta nuestra condición: sabemos que en la corte celestial se celebran fiestas mucho más solemnes cuando en el sacramento de la penitencia somos nuevamente adoptados como hijos de Dios, o cuando, por las buenas obras, aumenta en nosotros la gracia.

No podemos permanecer indiferentes y fríos, estando rodeados de tanta alegría, siendo felicitados nosotros, que somos el objeto de la fiesta.

Dice San Bernardo: “Al convertirnos por la penitencia, hemos regocijado a los ángeles; procuremos que su alegría sea perfecta”[1].

Y aunque la Santísima Trinidad no aumenta ni un grado su alegría infinita, podemos decir, en cierta manera, que se alegra, porque es por la Santísima Trinidad que el cielo nos felicita cuando adquirimos, conservamos, o aumentamos la gracia, porque su deseo es que nos salvemos.

Entonces, teniendo en cuenta esto, apresurémonos no sólo a evitar el pecado, para no perder la gracia, sino a acrecentar día a día la gracia, por medio de las obras buenas, para así conservarla pura e intacta hasta el día de la muerte, cuando entraremos, en compañía de ángeles y santos, en el gozo eterno de la visión de Dios Uno y Trino para siempre.


[1] Serm. 2 in Vigil. Nativ. Dom., n. 6.

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