San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 21 de diciembre de 2010

Morir antes que pecar




En la breve vida terrena de Santo Domingo Savio, se destacan algunos episodios que llevaron a la santidad a este niño.
Uno de esos hechos ocurrió en el día de su Primera Comunión. Santo Domingo escribió lo siguiente: “Propósitos que yo, Domingo Savio, hice el año de 1849, a los siete años de edad, el día de mi Primera Comunión”:
1. “Me confesaré muy a menudo y recibiré la Sagrada Comunión siempre que el confesor me lo permita”.
2. “Quiero santificar los días de fiesta”.
3. “Mis amigos serán Jesús y María”.
4. “Antes morir que pecar”.
De todos estos propósitos, el último, morir antes que pecar, muestra el gran aprecio de la gracia que tenía Santo Domingo Savio.
Santo Domingo prefería morir a la vida terrena, antes que morir a la vida celestial, porque por morir a la vida terrena nadie se iba al infierno, en cambio, por morir a la vida del cielo, es decir, por el pecado, las almas sí se condenan. Santo Domingo sabía que la gracia es el regalo más grande y hermoso que puede un alma recibir, y que su valor era incalculable, y por eso estaba dispuesto a perderlo todo, aún su vida terrena, antes que perder la gracia. Por la gracia, somos convertidos en hijos adoptivos de Dios, y Dios se convierte en nuestro Padre celestial; por la gracia, somos convertidos en hijos de la Virgen María, y la Virgen María se convierte en nuestra Madre del cielo; por la gracia, somos convertidos en hermanos de Jesús, y Jesús viene a habitar en nuestro corazón, así como habita en los cielos. Por la gracia, todo el cielo es para nosotros, todo entero, y todavía más, mucho más que el cielo, son para nosotros las Tres Personas de la Santísima Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Por el contrario, por el pecado, el alma se envuelve en oscuridad, porque se aleja de Dios, que es luz, y como está alejado de Dios, porque lo ha ofendido, entonces no puede comulgar, y eso es lo más triste de todo. Santo Domingo Savio sabía todo este enorme valor de la gracia, y por eso, antes de pecar, es decir, antes de perder la gracia, y antes que dejar de comulgar, prefería morir.
Otro episodio que revela su gran aprecio por la gracia divina, sucedió cuando Santo Domingo tenía doce años. Acababa de escuchar un sermón de Don Bosco, en donde les había pedido a sus alumnos que fueran santos, pero Santo Domingo se pone triste porque como no lo dejan hacer penitencia por su corta edad –por ejemplo, no lo dejan usar piedritas en los zapatos-, cree que no va a poder llegar a la santidad. Dentro suyo, quiere ser santo, y por eso siente la voz de Don Bosco que le dice: “Domingo, tienes que ser santo, Dios lo quiere”. Pero también siente una oscura voz que le dice: “No vas a poder ser santo. No vas a poder”. Santo Domingo se aparta de sus amigos, y se va a un rincón del oratorio a llorar. Allí lo encuentra Don Bosco quien, enterado de su dilema, le hace ver que para ser santos, no hacen falta ni obras extraordinarias, ni grandes penitencias, sino estar siempre alegres, haciendo lo que se debe hacer, en el momento en que se debe: si es tiempo de rezar, hay que rezar; si es tiempo de estudiar, hay que estudiar; y si es tiempo de jugar, correr, reír, saltar y cantar, es decir, jugar.
Santo Domingo comprendió lo que Don Bosco le decía: la santidad consiste en hacer lo que un niño de su edad debía hacer: estudiar, rezar, jugar.
A partir de entonces, Santo Domingo repetía una frase que había aprendido de Don Bosco: “Para nosotros aquí ser santos quiere decir estar siempre muy alegres”. Y también escribía en un cuaderno una frase de Don Bosco: “Servid al Señor con alegría”.
Otra cosa que le había dicho Don Bosco era: “No necesitas hacer grandes penitencia. Con soportar pacientemente y por amor a Dios, el calor, el frío, las enfermedades, las molestias, y a los compañeros y superiores, ya tienes bastante”.
Es decir, para ser santos, no hace falta hacer grandes obras, ni siquiera grandes milagros. Para ser santos, basta hacer como hizo Jesús: Jesús amó a todos por igual, a aquellos que lo querían, y a los que no lo querían, a los buenos y a los malos, a los ricos y a los pobres, sin hacer distinción de nada, y sufrió mucho en la cruz, para salvarnos a todos.
Un último episodio nos muestra el gran amor que Santo Domingo tenía a Jesús Eucaristía. Para él, ser monaguillo, era el premio más grande que podía recibir, y por eso Don Bosco lo enviaba vestido de monaguillo, para participar de la procesión del “Corpus Christi”. Cuando comulgaba, nunca lo hacía distraído, sino con una gran concentración, y con mucha piedad y devoción, y después de comulgar, daba gracias a Jesús, permaneciendo arrodillado durante largos ratos delante del sagrario.
Una vez sucedió un hecho extraordinario. Sus amigos pensaban que se había extraviado, porque no lo podían encontrar desde hacía varias horas.
Le avisan a Don Bosco, y a éste se le ocurre ir a buscarlo en la iglesia. Lo encuentra arrodillado detrás del altar, un poco escondido, y lo toca suavemente. Santo Domingo le pregunta si la Misa ya ha terminado, y Don Bosco le dice que ya son las tres de la tarde: Santo Domingo había permanecido en éxtasis, durante más de cinco horas.
Probablemente nosotros nunca tendremos esos éxtasis de Santo Domingo, pero sí podemos amar lo que él amaba, la vida de la gracia y la Eucaristía, y también podemos hacer nuestro su propósito que lo llevó al cielo: “Morir antes que pecar”.

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