San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

domingo, 7 de noviembre de 2010

Sor Isabel y la adoración a la Trinidad, en el tiempo y en la eternidad


La inhabitación de la Trinidad en el alma del justo por la gracia es una de las verdades centrales de la religión católica, y tal vez el misterio más asombroso de todos los misterios divinos, pues implica una donación de las Tres Divinas Personas al alma, de un modo tal que el alma las puede considerar de su propiedad, porque Dios, mediante la gracia, viene al alma de un modo substancial y trinitario[1]. Por virtud de la gracia están presentes en la criatura el Hijo y el Espíritu, como distintos del Padre y distintos entre sí mediante una imagen real, de modo que inhabitan realmente en la criatura en su substancia y en su personalidad[2].

Como si esto fuera poco, la Presencia de las Divinas Personas en el alma tiene otra asombrosa característica, y es que el alma recibe la donación de las Personas para su goce y alegría personal. Es decir, la donación de sí mismas, de las Tres Personas de la Trinidad, al alma en gracia, es de una totalidad y de una plenitud tal, que el alma las puede considerar como si fueran de su propiedad personal, y puede alegrarse por esto con una alegría verdaderamente celestial y sobrenatural[3].

La inhabitación de las Tres Divinas Personas en el alma en gracia es un misterio de amor y de misericordia, porque nada hay en la criatura que lleve a Dios Trino a hacer semejante don: sólo la gracia, concedida por el amor misericordioso del Corazón de Cristo, hace posible la existencia de tan asombroso misterio, que abre, para cada alma, perspectivas inimaginables de felicidad y de alegría eterna y celestial.

La Presencia de la Trinidad significa la inmersión del alma en el amor divino, porque el Espíritu Santo, la Persona del Amor, que procede, se ofrece por las Personas producentes (el Padre y el Hijo), y este don y esta procesión se dan al alma para que goce y disfrute, a la Persona Amor de la Trinidad y, en Ella, al Padre y al Hijo, de quienes procede[4].

Sor Isabel de la Trinidad vivió, desde los inicios de su vida espiritual –experimentó por primera vez la Presencia de la Trinidad en su alma a los dieciocho años-, esta Presencia trinitaria como una realidad viva y actuante en ella. Dice así Sor Isabel: “El Espíritu Santo eleva el alma a una altura tan admirable que le hace capaz de aspirar en Dios la misma aspiración de amor que el Padre aspira en el Hijo y el Hijo en el Padre, que es el mismo Espíritu Santo[5]. Pensar que el buen Dios nos ha llamado a vivir en estas claridades santas... Yo quisiera responder pasando sobre la tierra, como la Santísima Virgen... para perderme en la Trinidad que mora allí, para transformarme en ella».

En su noviciado escribe que vive el cielo en la tierra, debido al descubrimiento de la Presencia de Dios en su alma: «He hallado mi cielo en la tierra porque el cielo es Dios, y Dios está en mi alma». El descubrir a Dios la lleva a querer vivir en Él y de Él: “En Tu hoguera de amor quiero habitar, bajo los rayos de Tu faz brillante. Quiero vivir de Ti como en el cielo, en esa incomparable, dulce paz”.

Como consecuencia del descubrimiento de la inabitación trinitaria en ella, Sor Isabel descubre a su vez su vocación eterna: “ser alabanza de gloria de la Trinidad”, y esta vocación la empieza a vivir ya desde la tierra, como anticipo de lo que habrá de vivir en la eterna bienaventuranza.

Su ocupación aquí en la tierra será entonces imitar a los ángeles y santos en el cielo, que adoran a la Santísima Trinidad, porque ella habrá de adorar a las Divinas Personas en ese “cielo en la tierra” que es su alma, colmada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: “¿Cómo imitar en el cielo de mi alma esta ocupación incesante de los bienaventurados en el cielo de su gloria? ¿Cómo continuar esta alabanza y esta adoración ininterrumpidas?... El alma que penetra y mora en estas "profundidades de Dios" (…) esta alma se arraiga más profundamente en Aquel a quien ama con cada uno de sus movimientos, con cada una de sus aspiraciones, con cada uno de sus actos... Todo en ella rinde homenaje a Dios tres veces santo".

Esta alma es, por así decirlo, un Sanctus perpetuo, una incesante alabanza de gloria".

La experiencia de la Trinidad en ella le lleva a no querer otra cosa que el abismarse en el misterio trinitario. Dice así Sor Isabel: “¡Oh, mi Dios, Trinidad a quien adoro! Ayudadme a olvidarme enteramente para establecerme en Vos, inmóvil y tranquila, como si mi alma estuviera ya en la eternidad. Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de Vos, ¡oh mi Inmutable!, sino que cada minuto me haga penetrar más en la profundidad de vuestro misterio. Pacificad mi alma, haced de ella vuestro cielo, vuestra morada amada y el lugar de vuestro reposo. Que no os deje allí jamás sólo, sino que esté allí toda entera, completamente despierta en mi fe, en adoración total, completamente entregada a vuestra acción creadora”.

Si bien la experiencia de la Trinidad es un don místico, es decir, dado por Dios, y por lo mismo, si no está, la Presencia de la Trinidad es imperceptible, esta Presencia es en sí algo cotidiano para el alma en gracia, ya que por la comunión sacramental, el alma se une a la Santísima Trinidad: recibiendo el Cuerpo de Cristo, es incorporada al Hijo por el Espíritu, y en el Hijo es conducida al Padre.



[1] Cfr. Scheeben, M. J., Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 173ss.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 169.

[3] Cfr. Scheeben, ibidem, 170.

[4] Cfr. Scheeben, ibidem, 174.

[5] CE 39, 3.

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