San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 21 de diciembre de 2010

Morir de amor por Jesús Eucaristía


Si alguien muriera de amor, iría directamente al cielo. ¿Se puede morir de amor? ¿Puede alguien estar tan pero tan contento, que se muere de felicidad?

Es posible morir de amor, porque eso fue lo que le pasó a una santa niña, la beata Imelda, que tenía once años cuando le pasó lo que vamos a contar.

Imelda murió a los once años, cuando hizo la Primera Comunión, pero desde muy pequeñita comenzó a mostrar su gran amor a Jesús y a la Virgen. Por ejemplo, antes de comenzar a decir “papá” y “mamá”, pronunciaba los nombres de Jesús y María, y cuando lloraba, como lloran todos los niños, dejaba de llorar cuando alguien decía “Jesús” o “María”.

A veces la encontraban con los brazos levantados en alto, en oración, y con los ojos llenos de lágrimas. Otras veces, cuando en el palacio en donde vivía se organizaba una fiesta familiar, en vez de ir a jugar con niños de su edad, se retiraba a la capilla del palacio para rezar delante del Sagrario, y ahí pasaba horas y horas arrodillada delante de Jesús Sacramentado. Ella misma se encargaba de adornar el Sagrario con flores.

Ya un poco más grande, cuando ya sabía hablar, le rezaba mucho a la Virgen, a la que llamaba la “Madre de Dios”, y a pesar de que no podía comulgar, porque en ese entonces no se daba la comunión a los niños pequeños, tenía mucha devoción y mucho amor a Jesús Sacramentado.

Cuando cumplió nueve años, Dios la llamó para entrar en el convento, y a pesar de que era muy pequeña, la dejaron entrar en el convento de las dominicas.

En el convento, Imelda veía cómo las hermanas comulgaban en la misa, y cuando las veía comulgar, sentía un gran deseo de unirse a Jesús Sacramentado, pero no podía hacerlo porque en esa época los niños no tomaban la Primera Comunión.

Imelda veía comulgar a las hermanas, y no entendían cómo las hermanas seguían vivas después de comulgar; no entendía cómo podía haber gente que no muriera de amor después de recibir a Jesús en la Eucaristía.

Todo lo que deseaba Imelda en su vida era comulgar, poder unir su corazón de niña al Corazón de Jesús.

Un día, el 12 de mayo de 1333, después que terminó la Misa y se fueron las hermanas, Imelda se quedó delante del Sagrario, arrodillada, llorando porque no había podido recibir a Jesús Eucaristía.

Entonces, sucedió un milagro: salió una luz muy blanca y muy brillante del Sagrario, a la par que comenzó a sentirse en todo el convento un exquisito perfume que salía del Sagrario. Las monjas se extrañaron por lo que pasaba, y como el perfume era más intenso en la capilla, fueron a ver qué era lo que pasaba. Con gran sorpresa, encontraron a Imelda arrodillada delante del sagrario, y encima de su cabeza, una hostia que flotaba en el aire. La Hostia daba la impresión de querer acercarse a Imelda, que se encontraba de rodillas y con las manos juntas en oración.

El Padre que había celebrado la misa, se dio cuenta de qué era lo que Jesús quería decirle: que quería entrar en el corazón de Imelda, entonces se revistió, tomó la Hostia que estaba en el aire, y luego le dio la comunión a Imelda. Entonces Imelda cerró los ojos, juntó las manos, inclinó la cabeza, y se quedó así, arrodillada, durante un tiempo. Más tarde, las hermanas vieron cómo su color rosado se convertía en blanquecino, y cuando se acercaron, se dieron cuenta de que Imelda había muerto de amor.

Ella se extrañaba de cómo se podía recibir la Comunión y no morir de amor, y por eso, cuando recibió su Primera Comunión, murió de amor, de alegría y de felicidad.

Desde que los Papas declararon que estaba en el cielo, es patrona de los niños de Primera Comunión.

Imelda murió a los once años, y no murió de ninguna enfermedad, porque ella era muy pero muy sana, sino que murió de alegría, de felicidad y de amor a Jesús Eucaristía. Amaba tanto a Jesús Eucaristía, que ya no quería más estar en este mundo, sino que quería estar con Jesús en el cielo, para siempre, y por eso Jesús se la llevó con Él, para cumplir el deseo de su corazón.

¿Qué fue lo que pasó con Imelda? ¿Por qué murió? Con Imelda pasó algo distinto que pasa cuando alguien muere: cuando uno muere, el corazón deja de latir, y la sangre deja de circular. Pero en el caso de Imelda, cuando recibió la Comunión, su corazón no sólo no dejó de latir, sino que comenzó a latir junto al Corazón de Jesús Eucaristía, y la sangre que corría por su corazón era la sangre de Jesús, y el amor que había en el Corazón de Jesús, era el amor que llenaba el corazón de Imelda. Y como el amor de Jesús produce tanta alegría y tanta felicidad, Imelda se llenó tanto de Jesús, que ya no quería quedarse más en la tierra, y entonces Jesús se la llevó con Él.

El corazón de Imelda ahora late para siempre, en el cielo, con la fuerza del Amor de Jesús.

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