San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 16 de diciembre de 2010

San Virila de Leire y la eternidad


¿Cuál es el sentido de establecer la genealogía de Jesucristo? (cfr. Mt 1, 1-17). Una respuesta nos diría que, tratándose Jesucristo de un líder religioso y moral con cierta predicación, es necesario, como con todo personaje importante en la historia, establecer sus orígenes.

Otra respuesta nos diría que se trata de una certificación histórica, llevada a cabo para comprobar la veracidad de la existencia de un ser histórico, es decir, que nació, vivió y murió en un tiempo determinado de la historia humana.

Una y otra respuesta son válidas, al intentar responder el porqué de la genealogía de Cristo, pero nos quedaríamos en un plano puramente racionalista si no intentáramos ir más allá.

La respuesta última se vislumbra en la constitución misma de Cristo: Cristo es Hombre, pero al mismo tiempo es Dios: Él es el Hombre-Dios, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, y como tal, como Dios, es eterno; aún más, es la eternidad en sí misma.

Esto quiere decir que con la Encarnación de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, la eternidad de Dios ha entrado en el tiempo, o más bien, el tiempo ha sido asumido en la eternidad divina, y es así como el tiempo humano, a partir de la Encarnación, toma un nuevo sentido, adquiere una nueva dirección, la eternidad divina: el tiempo se encamina hacia la consumación del tiempo, en la eternidad. Cuando los vértices espacio-tiempo converjan en la eternidad, entonces desaparecerá el tiempo, y la eternidad será manifiesta a la humanidad.

La descripción de la genealogía de Jesucristo, en Adviento, antes de Navidad, no es simplemente para establecer la veracidad histórica de su figura: es para recordarnos que, en Cristo, el tiempo humano –y por lo mismo, mi tiempo personal- adquiere una dimensión de eternidad: lo obrado en el tiempo repercute en la eternidad, sea para bien o para mal, porque también existe la eternidad negativa, es decir, la eternidad vivida en la ausencia del Dios verdadero.

¿Cómo darnos una idea de la eternidad, esta eternidad en la que ya estamos inmersos, de la cual participamos ya, desde esta vida, desde el momento en que por el Bautismo hemos sido injertados en la vida eterna del Hombre-Dios, que es la vida de la Trinidad?

Un ejemplo real de un santo real puede ayudarnos a darnos una ligera idea. San Virila, abad de Leire –su figura histórica está perfectamente documentada en el Libro gótico de San Juan de la Peña-, vivía muy preocupado por la eternidad, y meditaba con mucha frecuencia sobre la misma. Un día, en primavera, se internó en el bosque, distraídamente, llevado precisamente por la meditación sobre la eternidad. De pronto, apareció un ruiseñor, que comenzó a cantar, con trinos y gorjeos muy melodiosos, y San Virila, fascinado por el canto del pájaro, se durmió en Dios. Cuando se despertó, se dio cuenta de que se había extraviado, porque no encontraba el camino de regreso, hasta que, caminando, pudo reconocerlo, con el monasterio al fondo. Comenzó a caminar en dirección al monasterio, pero a medida que se acercaba, notaba que el monasterio era ahora más grande. Llegó a la portería, golpeó la puerta, pero cuando salieron los monjes, nadie lo reconoció. Entró en el monasterio, comenzó a buscar en los archivos, y ahí encontró el nombre de un abad de nombre Virila, “que se había perdido en el bosque”, hacía trescientos años. El milagro causó gran admiración y estupor, y en acción de gracias se cantó un Te Deum. Al final del canto, se oyó la voz de Dios: “Virila, tú has estado trescientos años oyendo el canto de un ruiseñor y te parecido un instante. Los goces de la eternidad son mucho más perfectos”. En ese momento, entró un ruiseñor por la puerta de la iglesia con un anillo abacial en el pico, y lo colocó en el dedo del abad, que fue abad hasta el día en que Dios lo llamó a su gloria eterna.

La historia de San Virila consta en el monasterio benedictino flamenco de Afflighem; en Francia es traducida par el obispo de París y lo reproduce en 1212, Jacobo de la Vorágine; lo narra también la Cantiga CIII de Alfonso X el Sabio; y existe la misma relación en el monasterio cisterciense gallego de la Armenteira, cuyo abad es San Ero.

No seamos tan ligeros al comulgar, pensando en quién sabe qué cosa, porque al comulgar algo que parece pan, incorporamos el Ser eterno de Dios Uno y Trino.

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