San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 22 de noviembre de 2016

San Ildefonso


Vida de santidad.

Obispo de Toledo, España, nació en el 606 y murió en el 669. Estudió en Sevilla bajo San Isidoro, entró a la vida monástica y fue elegido abad de Agalia, en el río Tajo, cerca de Toledo.  En el 657 fue elegido arzobispo de esa ciudad. Unificó la liturgia en España; escribió muchas obras importantes, particularmente sobre la Virgen María. Como sacerdote y obispo, San Ildefonso era eminentemente mariano, cultivando una gran devoción a la Inmaculada Concepción XII siglos antes de que se proclamara dogmáticamente[1]. Como escritor fue un buen representante en el mundo de las letras y del saber visigótico. Escribió sobre el Bautismo, continuó el tratado de san Isidoro sobre Los varones ilustres, pero, sobre todo, es famoso por el “Tratado de la Perpetua Virginidad de María”[2].

Mensaje de santidad.

Sucedió que una noche de diciembre, él, junto con sus clérigos y algunos otros, fueron a la iglesia, para cantar himnos en honor a la Virgen María. un poco antes de llegar, encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante, que sintieron temor. Ante lo desconocido, los que acompañaban al santo huyeron excepto Idelfonso y sus dos diáconos, quienes se animaron a entrar, llegando a acercarse hasta el altar. En ese momento fue que se encontraron ante ellos con nada menos que la Madre de Dios, como la Inmaculada Concepción, sentada en la silla del obispo y rodeada por una compañía de vírgenes entonando cantos celestiales. Por medio de un delicado gesto con la cabeza, la Virgen le pidió a San Ildefonso que se acercara y una vez que estuvo cerca, Ella, fijando sus ojos sobre él, le dijo: “Tu eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería”. Habiendo dicho esto, la Virgen misma lo invistió, dándole las instrucciones de usarla solamente en los días festivos designados en su honor. Esta aparición y la casulla, tuvieron pruebas tan claras de ser verdaderamente reales, que el concilio de Toledo ordenó un día de fiesta especial para perpetuar su memoria. El evento aparece incluso documentado en el Acta Sanctorum como “El Descendimiento de la Santísima Virgen y su Aparición”. Tanto la aparición de la Virgen, como la casulla, fueron premios del cielo dados a San Ildefonso por su amor a la Virgen y por haber defendido su Inmaculada Concepción.
¿Y qué sucede con aquellos hijos de la Virgen, que no tenemos los méritos de San Ildefonso? No nos deja Nuestra Madre desamparados, puesto que, sin merecerlo de nuestra parte, la Virgen nos concede, no una casulla de tela sobre el cuerpo, sino la gracia de su Hijo Jesucristo, sobre el alma.



[1] http://www.corazones.org/santos/ildefonso.htm
[2] Cfr. ibidem.

Santa Cecilia, virgen y mártir


Vida de santidad.
Según una antigua tradición la santa, que pertenecía a una de las principales familias de Roma, acostumbraba vestir desde muy pequeña una túnica de tela muy áspera ya que había consagrado a Dios su virginidad. A pesar de esto, sus padres la obligaron a contraer matrimonio con un joven pagano llamado Valeriano, pero en la noche de bodas, Cecilia le dijo a éste que su Ángel de la Guarda la protegía en su deseo de guardar el voto de virginidad; además, le dijo que si él quería ver al ángel de Dios debía hacerse cristiano, lo cual hizo Valeriano, haciéndose instruir por el Papa Urbano para luego ser bautizado[1]. Es decir, el matrimonio de  Santa Cecilia no fue consumado, y esa es la razón por la cual, a pesar de haber contraído matrimonio, es virgen. También es mártir, porque entregó su vida testimoniando a Jesucristo, según consta en las Actas del Martirio[2] de la santa, el cual se produjo de la siguiente manera: debido a que era época de persecuciones cruentas a los cristianos por parte del Imperio Romano, habían muchos cadáveres abandonados en las calles y la razón era que el prefecto de Roma, Turcio Almaquio, había dispuesto la prohibición de sepultar los cadáveres de los cristianos, como modo de escarmiento para quien tuviera el deseo de abrazar la fe de Jesucristo. El esposo de Santa Cecilia, Valeriano, junto a su hermano Tiburcio, también cristiano, se dedicaban, a pesar de la prohibición, a dar sepultura digna a estos cadáveres, por lo que fueron sorprendidos por la guardia imperial, siendo arrestados inmediatamente y llevados ante el alcalde. Éste, que era pagano, les ofreció perdonarles la vida a cambio de que renegaran de Jesucristo y adoraran a Júpiter, uno de los falsos dioses del panteón pagano romano –equivalente, en nuestros días, al Gauchito Gil, la Difunta Correa o San La Muerte, entre tantos otros ídolos demoníacos-. Valeriano y Tiburcio, animados por el Espíritu Santo, se negaron a tal abominación, por lo que fueron asesinados, pasando a formar parte de los mártires que adoran al Cordero en el cielo. El funcionario del prefecto, Máximo, que había sido designado para ejecutar la sentencia, se convirtió y sufrió el martirio con los dos hermanos y sus restos fueron enterrados en una tumba por Cecilia. Debido a que Santa Cecilia era la esposa de Valeriano, el alcalde ordenó su arresto, exigiéndole también la renuncia a la fe en Cristo, a lo cual se negó Cecilia rotundamente, declarando que prefería la muerte antes que renegar de la verdadera religión. Entonces fue llevada junto a un horno caliente para tratar de sofocarle con los asfixiantes vapores que salían de allí, pero en vez de desesperarse por la falta de oxígeno, Santa Cecilia se mostraba alegre, mientras cantaba, con gozo, a Dios, lo cual explica que haya sido nombrada Patrona de los músicos). Después de una profesión de fe gloriosa, el prefecto la hizo decapitar allí mismo. El verdugo dejó caer su espada tres veces sin que se separara la cabeza del tronco, y huyó, dejando a la virgen bañada en su propia sangre. Vivió tres días más, hizo disposiciones en favor de los pobres y ordenó que, tras su muerte, su casa fuera dedicada como templo. En 1599 permitieron al escultor Maderna ver el cuerpo incorrupto de la santa y él fabricó una estatua en mármol de ella, la que se conserva en la iglesia de Santa Cecilia en Roma[3]. Debido a que fue sepultada en la catacumba Calixtina, se supone que el período del martirio de Santa Cecilia se ubica entre finales del siglo segundo y mediados del tercero.
Mensaje de santidad.
Podemos decir que Santa Cecilia nos da su mensaje de santidad con su cuerpo, con su virginidad y con su martirio.
Con su mismo cuerpo, tal como fue encontrado -cubierto con costosos adornos de oro, signo de la protección papal y con su ropa empapada en sangre hasta los pies, signo de su martirio[4]-, testimonia la creencia en el Dios católico, Dios Uno y Trino, es decir, la Santísima Trinidad: con el dedo índice de la mano izquierda señala a Dios Uno y con los tres dedos extendidos de la mano derecha, señala a las Tres Divinas Personas que existen en el Único Dios Verdadero. El escultor que hizo la escultura, Stefano Maderno, dejó una inscripción en la que afirma haber visto el cuerpo de la santa tal como la esculpió, es decir, indicando con sus dedos “1” y “3”, la fe católica en la Santísima Trinidad, Tres Divinas Personas en un solo Dios[5] verdadero. La razón por la cual Santa Cecilia es Patrona de la música no está clara, aunque se pueden suponer dos motivos: por un lado, porque cuando se casó por deseo de su padre –no por deseo propio, porque como vimos, ella consagró su virginidad desde muy pequeña a Dios-, mientras los músicos tocaban para amenizar el matrimonio terrenal –el cual finalmente no se llevó a cabo-, Santa Cecilia cantaba a Jesús en su corazón, es decir, Santa Cecilia cantaba de alegría por su desposorio místico con Jesucristo, y no por el matrimonio terreno.
Con su virginidad, la santa nos muestra cómo es la vida en el Reino de los cielos, en donde “los hombres y las mujeres no se casan, porque son como ángeles” (cfr. ), como dice Jesús; así, la virginidad consagrada, es un testimonio de la vida en la bienaventuranza eterna.
Con su martirio, cuál es el precio de creer en Jesucristo y hasta dónde debemos estar dispuestos a llegar –hasta la entrega de la propia vida- con tal de no renunciar a Jesucristo. Pero no hace falta que un gobierno envíe sus soldados para que nos ejecuten por ser cristianos: el cristiano debe estar dispuesto a dar su vida en testimonio de Cristo en la vida diaria, de todos los días, y la disposición debe ser la misma de la de Santa Cecilia. Es decir, un cristiano debe estar dispuesto a perder la vida, antes que cometer un pecado venial deliberado o un pecado mortal, porque ambas cosas significan la renuncia a la fe en Jesucristo, la pérdida de la gracia y la eventual pérdida de la vida eterna. Es esto lo que implica el ser cristianos, el estar dispuestos a morir antes que perder la gracia voluntariamente, y para esto no hace falta que alguien nos decapite, puesto que las ocasiones para dar testimonio de Jesús, en forma incruenta, se presentan día a día.



[1] https://www.aciprensa.com/santos/santo.php?id=351
[2] Las “Actas del Martirio de Santa Cecilia” tienen su origen hacia la mitad del siglo quinto, y han sido transmitidas en numerosos manuscritos, así como traducidas al griego. Fueron asimismo utilizadas en los prefacios de las misas del mencionado “Sacramentarium Leonianum”.
[3] Cfr. ibidem.
[4] http://evangeliodeldia.org/main.php?language=SP&module=saintfeast&localdate=20161122&id=12304&fd=0
[5] http://infocatolica.com/blog/sarmientos.php/0911230453-ipor-que-es-sta-cecilia-patro

viernes, 18 de noviembre de 2016

Santa Gertrudis y el amor del Sagrado Corazón


Santa Gertrudis, la Grande.

         Nacida el 6 de enero de 1256 en Eisleben (Turingia), tuvo el privilegio de experimentar, místicamente, el amor inefable del Sagrado Corazón de Jesús, mucho antes de que Nuestro Señor se apareciera a Santa Margarita María. Se cuenta incluso que, en dos visiones diferentes, tuvo las más hermosas experiencias que un alma puede tener en esta vida: reclinó la cabeza sobre el pecho del Señor y oyó los dulces latidos de su Corazón[1], lo cual hace recordar al episodio de San Juan Evangelista en la Última Cena, quien precisamente tuvo el mismo privilegio.
Precisamente, era con San Juan Evangelista con quien la Santa mantenía frecuentes diálogos místicos; en uno de ellos, Santa Gertrudis le preguntó a San Juan Evangelista la razón por la cual, habiendo él reposado su cabeza en el pecho de Jesús durante la Última Cena, no había escrito nada para nuestro conocimiento y provecho, acerca de las profundidades y movimientos del Sagrado Corazón de Jesús. San Juan le respondió: “Mi ministerio en ese tiempo en que la Iglesia se formaba consistía en hablar únicamente sobre la Palabra del Verbo Encarnado… Pero en los últimos tiempos, les está reservado [a los hombres de los Últimos Tiempos, N. del R.] la gracia de oír la voz elocuente del Corazón de Jesús. A esta voz, el mundo, debilitado en el amor a Dios, se renovará, se levantará de su letargo y una vez más, será inflamado en la llama del amor divino”.
Y nada más desea Jesús, en este mundo, que lo amemos con todas las fueras de las que seamos capaces. Una vez le dijo Jesús a Santa Gertrudis: “Nada me da tanta delicia como el corazón del hombre, del cual muchas veces soy privado. Yo tengo todas las cosas en abundancia, sin embargo, ¡cuánto se me priva del amor del corazón del hombre!”[2].
Nosotros tenemos el privilegio inmerecido e insospechado de, más que reclinar nuestras cabezas en el pecho del Salvador, tal como lo hicieron San Juan Evangelista y Santa Gertrudis, de poseer a ese mismo Corazón, tal como está ahora en el cielo, vivo y glorioso, lleno del Amor de Dios, cada vez que comulgamos la Eucaristía. Es decir, más que reposar nosotros en el pecho del Salvador, es el Salvador mismo, Presente en la Eucaristía, Quien quiere reposar en nuestros corazones, para escuchar los latidos de amor de nuestros corazones. ¿Y vamos a privar al Sagrado Corazón de su más grande contento?





[1] http://www.corazones.org/santos/gertrudis_grande.htm
[2] Cfr. ibidem.

San Alberto Magno y la Causa de la Sabiduría


San Alberto Magno, nacido en un castillo de Lauingen, a orillas del Danubio en 1206, se caracterizó por poseer una mente prodigiosa que abarcaba, con suma maestría, los conocimientos más avanzados de su época. Fue tal su fama de docto, que sus propios contemporáneos fueron quienes le dieron el título de “Magno” y debido a la profundidad y amplitud de sus conocimientos, le llamaban también “el Doctor Universal” pues, como dijimos, sus conocimientos en todos los campos eran extraordinarios. El monje Rogelio Bacon le consideraba como "una autoridad" y calificaba sus obras de “fuentes originales”.
En los tiempos de San Alberto, la filosofía abarcaba las principales ramas del saber humano accesibles a la razón natural: la lógica, la metafísica, las matemáticas, la ética y las ciencias naturales.  San Alberto escribió nada menos que treinta y ocho volúmenes sobre todas estas materias, y esto sin contar sus sermones, tratados bíblicos y teológicos. Se puede decir que con San Alberto y Roger Bacon las ciencias naturales - cuya finalidad, según el santo, consiste en “investigar las causas que operan en la naturaleza”, una definición válida hasta el día de hoy-, avanzaron notablemente. San Alberto era además una autoridad en física, geografía, astronomía, mineralogía, alquimia (es decir, química) y biología. Debido a que aplicaba el método científico en sus observaciones, contribuyó a disipar mitos como el que sostenía Plinio, según el cual el águila “envolvía sus huevos en una piel de zorra y los ponía a incubar al sol”. Por su precisión, las observaciones geográficas del santo fueron muy alabadas y consideradas, ya que hizo mapas de las principales cadenas montañosas de Europa, explicó la influencia de la latitud sobre el clima y, en su excelente descripción física de la tierra demostró que ésta es redonda[1].
Sin embargo, el mérito científico más preciado de San Alberto no consiste en estos conocimientos superiores para su época, consiste en la interpretación y uso de la filosofía aristotélica como base sobre la cual construir el edificio teológico católico. Además, aplicó el método y los principios aristotélicos al estudio de la teología, siendo así iniciador de uno de los sistemas de estudios más brillantes de la Iglesia –el “sistema predilecto” de la Iglesia-, el sistema escolástico, sistema que luego su discípulo Santo Tomás habría de perfeccionar. San Alberto se encargó de reunir y seleccionar los materiales y tuvo el mérito de ser el maestro de Santo Tomás, quien además de construir el imponente edificio intelectual que perdura hasta nuestros días, es uno de los más grandes doctores de la Iglesia. Sin embargo, a pesar de toda esta enorme capacidad intelectual, nunca se ensoberbeció, manteniéndose siempre humilde, para lo cual rezaba siempre esta oración: “Señor Jesús pedimos tu ayuda para no dejarnos seducir de las vanas palabras tentadoras sobre la nobleza de la familia, sobre el prestigio de la Orden, sobre lo que la ciencia tiene de atractivo”[2].
Pero, ¿de dónde le venían todos estos conocimientos y esta sorprendente sabiduría? Porque es también conocido, en su biografía, que San Alberto, siendo niño y joven, no solo no se caracterizaba por una gran inteligencia, sino que le costaba muchísimo aprender, al punto que en un momento determinado decidió huir del colegio en donde estudiaba, abochornado por los malos resultados. Pero entonces, cuando estaba a punto de concretar su huida, sucedió algo sorprendente: mientras intentaba huir por una escalera colgada de una pared, al llegar a la parte superior del muro se encontró con Nuestra Señora la Virgen María quien le dijo: “Alberto, ¿por qué en vez de huir del colegio, no me rezas a mí que soy ‘Causa de la Sabiduría’?  Si me tienes fe y confianza, yo te daré una memoria prodigiosa. Y para que sepas que sí fui yo quien te la concedí, cuando ya te vayas a morir, olvidarás todo lo que sabías”[3].Fue la Virgen, entonces, Causa de la Sabiduría, la razón de tan prodigiosa mente y capacidad de estudio de San Alberto. La Virgen es “Causa de la Sabiduría” porque Ella es la Madre de Dios Hijo, que es la Sabiduría de Dios, Jesucristo. Luego, sucedió tal como la Virgen le había dicho: en 1278, cuando dictaba una clase, le falló súbitamente la memoria y perdió la agudeza de entendimiento.  Murió apaciblemente a los 74 años, sin que hubiese padecido antes enfermedad alguna, cuando se hallaba sentado conversando con sus hermanos en Colonia.  Era el 15 de noviembre de 1280.  Se había mandado a construir su propia tumba, ante la cual todos los días iba a rezar el Oficio de Difuntos[4]. Si los estudiantes acudieran a la Virgen, “Causa de la Sabiduría”, ¡cuántos sabios tendría la Iglesia!




[1] http://www.corazones.org/santos/alberto_magno.htm
[2] Cfr. ibidem.
[3]Cfr. A. Butler; Vida de los Santos; Sálesman, P. Eliécer, Vidas de los Santos, 4; Sgarbossa, Mario; Luigi Giovannini, Un Santo Para Cada Día;  http://www.corazones.org/santos/alberto_magno.htm
[4] Cfr. ibidem.

viernes, 11 de noviembre de 2016

San Martín de Tours y la misteriosa presencia de Jesús en el prójimo


En la vida de San Martín de Tours hubo un episodio que cambió su vida para siempre y fue el encuentro con un mendigo, en un día de invierno. Sucedió lo siguiente: “Siendo joven y estando de militar en Amiens (Francia). Un día de invierno muy frío se encontró por el camino con un pobre hombre que estaba tiritando de frío y a medio vestir. Martín, como no llevaba nada más para regalarle, sacó la espada y dividió en dos partes su manto, y le dio la mitad al pobre. Esa noche vio en sueños que Jesucristo se le presentaba vestido con el medio manto que él había regalado al pobre y oyó que le decía: “Martín, hoy me cubriste con tu manto””[1]. Dice Sulpicio Severo, discípulo y biógrafo del santo, que luego de que Martín tuviera esta visión, se hizo bautizar (era catecúmeno, o sea estaba preparándose para el bautismo). Después de ser bautizado, se presentó a su general que estaba repartiendo regalos a los militares y le dijo: “Hasta ahora te he servido como soldado. Déjame de ahora en adelante servir a Jesucristo propagando su santa religión”. El general quiso darle varios premios pero él le dijo: “Estos regalos repártelos entre los que van a seguir luchando en tu ejército. Yo me voy a luchar en el ejército de Jesucristo, y mis premios serán espirituales”[2].
Como vemos, el encuentro con el mendigo cambió radicalmente la vida de San Martín de Tours, puesto que, una vez convertido, inició con toda seriedad su vida cristiana. Pero la enseñanza central de su vida de santidad es el encuentro con este misterioso hombre, aterido de frío, en un día de crudo invierno. ¿Era un hombre, es decir, un ser humano, en quien estaba Jesucristo? ¿O era Jesucristo quien, ocultándose a los ojos de San Martín en su gloria, se hacía pasar por un indigente? Las palabras de Jesús a San Martín de Porres no permiten aclarar la cuestión, y nos hacen inclinar ya sea a una u otra posibilidad. Sin embargo, más allá de eso, lo que nos enseña este episodio de la vida de San Martín, ya sea que fuera un hombre en quien estaba Jesús, o que fuera Jesús en Persona que se hacía pasar por un indigente, es: por un lado, que Jesús está Presente, de un modo misterioso pero real, en todo prójimo necesitado; por otro lado, el encuentro personal con Cristo conduce a la conversión y al Reino de los cielos.
También nos enseña que la recompensa que Jesús da a quien presta auxilio a un prójimo necesitado, supera infinitamente lo que podemos pensar, imaginar o desear, porque la recompensa que recibió San Martín de Tours, por realizar una obra de misericordiosa corporal –vestir al desnudo-, fue infinitamente más grande que la mitad de la capa que Él había dado al mendigo, y es la gracia de la conversión primero y la perseverancia final en la fe y en las buenas obras después, perseverancia que le obtuvo el ingreso en el Reino de los cielos.
Al recordar a San Martín de Tours en su día, meditemos en este episodio de su vida, y le pidamos que interceda por nosotros ante Jesús para que, como cristianos y a imitación suya, veamos en el prójimo –en todo prójimo, pero sobre todo, en el más necesitado- la misteriosa Presencia de Nuestro Señor Jesucristo, a fin de que, perseverando en la fe y en las buenas obras hasta el fin de la vida, seamos capaces de llegar un día al Reino de los cielos, para adorar, junto a San Martín de Porres y a todos los santos, al Cordero de Dios, Jesús de Nazareth.




[1] https://www.ewtn.com/spanish/Saints/San%20Mart%C3%ADn%20de%20Tours.htm
[2] Cfr. ibidem.

jueves, 10 de noviembre de 2016

San León Magno


En uno de sus sermones, San León Magno se refiere a la Virgen y afirma que Ella, antes de concebir a Dios Hijo corporalmente, lo concibió “en el espíritu”: “Dios elige a una virgen de la descendencia real de David; y esta virgen, destinada a llevar en su seno el fruto de una sagrada fecundación, antes de concebir corporalmente a su prole, divina y humana a la vez, la concibió en su espíritu”[1]. Si meditamos en esta afirmación, podremos traer ejemplo, de la Virgen, de cómo comulgar. ¿De qué manera? Veamos.
Ante todo, meditemos en lo que San León Magno quiere decir cuando afirma que la Virgen “concibió en su espíritu” al Hijo de Dios. Puesto que el alma humana –el espíritu- tiene dos potencias, la inteligencia y la voluntad, esto quiere decir que la Virgen concibió en la inteligencia y en la voluntad, antes de concebir en su cuerpo. En la inteligencia, porque ante el Anuncio del Ángel, de que habría de concebir al Verbo de Dios por obra del Espíritu Santo –“lo concebido será llamado Hijo del Altísimo (…) el Espíritu Santo te cubrirá con su sombra”-, la Virgen, con su inteligencia iluminada por el Espíritu Santo –está inhabitada por el Espíritu Santo desde su Inmaculada Concepción-, no dudó en ningún momento acerca de lo que le revelaba el Ángel de parte de Dios, aceptando con mansedumbre la Verdad Divina de que habría de ser la Madre de Dios Hijo. Es esto lo que significa que concibió “en su espíritu”, esto es, en su inteligencia. La otra potencia del espíritu humano es la voluntad, es decir, la capacidad de querer y amar, y aquí también la Virgen concibió antes que en el cuerpo, porque con su voluntad amó la Palabra de Dios que habría de encarnarse en Ella, y la amó con un amor puro, con el Amor mismo de Dios, el Espíritu Santo, y nada amó que no fuera al Hijo de Dios que en Ella se habría de encarnar, y si amó algo fuera de Él, lo amó en Él, por Él y para Él. Fue después de concebir en el espíritu, es decir, en la inteligencia y en la voluntad, que concibió al Verbo de Dios en el cuerpo, y así la Virgen se convierte en nuestro modelo y ejemplo de cómo comulgar, esto es, de cómo recibir al Verbo de Dios encarnado, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, en la comunión eucarística.
La Virgen es nuestro ejemplo porque así como Ella lo concibió en su inteligencia, aceptando la Verdad de la Encarnación del Hijo de Dios, así también nosotros, al comulgar, debemos hacerlo con nuestra inteligencia adherida plenamente a lo que la Iglesia enseña acerca de la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía, sin contaminar esta Verdad con herejías, errores, pareceres propios, etc., acerca de la Eucaristía.
La Virgen es nuestro ejemplo porque así como Ella lo concibió en su voluntad, amando a la Palabra de Dios que se encarnaba en Ella, así nosotros debemos amar a esta Palabra de Dios encarnada, Jesús, que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, con un amor puro, amando a la Eucaristía solamente y nada más que la Eucaristía y si amamos algo que no sea la Eucaristía, debemos amarlo por, en y con la Eucaristía.
Por último, así como la Virgen, luego de concebir a su Hijo en su inteligencia y en su voluntad, lo concibió en su cuerpo virginal, así debemos nosotros, luego de aceptar la Verdad de la Eucaristía con la inteligencia y amarla con el corazón, debemos recibirla en el cuerpo, esto es, en la boca, en estado de gracia y castidad. Así es cómo la Virgen es nuestro modelo perfecto para comulgar, es decir, para recibir a su Hijo Jesús en la Eucaristía.



[1] Sermón 1 en la Natividad del Señor, 2. 3: PL 54, 191-192.

viernes, 4 de noviembre de 2016

El deseo del Sagrado Corazón: que amemos al Amor


¿En qué consiste la devoción al Sagrado Corazón de Jesús? ¿En cumplir externamente ciertos ritos? Muchos pueden pensar que ser devotos del Sagrado Corazón consiste en pertenecer a una cofradía y en cumplir con la Comunión y Confesión de los nueve primeros viernes de mes. Y podemos decir que sí, que es verdad que eso forma parte de la devoción del Sagrado Corazón, pero es solo una parte, y ni siquiera la más importante. Ser devotos del Sagrado Corazón quiere decir, ante todo, que se debe amar al Sagrado Corazón, pero no en el sentido en el que nosotros, seres humanos limitados por naturaleza y debilitados en el bien por la concupiscencia: significa amar con el Amor mismo de Dios, con el Amor del mismo Sagrado Corazón. El alma devota del Sagrado Corazón debe estar convencida de que lo que Jesús nos pide, a través de esta devoción, no es otra cosa que nuestro amor.
Y sin embargo, muchas almas, con un deseo sincero de llegar a Dios, olvidando la esencia de la devoción, se extravían por senderos sinuosos, mientras que el camino recto, fácil y seguro lo tienen adelante, y no es otra cosa que el amor. 
Es esto lo que el Sagrado Corazón de Jesús le dice a Sor Consolata Bertone -que pertenecía a una de las más severas órdenes claustrales, ya que Jesús no le pide sino amor; el amor obraría todo lo demás-.
En su diario, abundan las expresiones: ámame sólo, ámame mucho, ámame siempre, no te pido sino amor, etc. Decía Jesús a Sor Consolata (15 de octubre de 1935): “Tengo sed de ser amado de corazones inocentes, corazones de niños, corazones que me amen totalmente”.
El 13 de octubre de 1935: “Consolata, ámame tú por todas y cada una de las criaturas, por todos y cada uno de los corazones que existen. ¡Tengo tanta sed de amor!”.
Sin embargo, esta sed de amor que todo corazón humano debiera sentir por el Creador, la siente el Creador por el amor de la criatura (9 de noviembre de 1935): “¡Ámame, Consolata, tengo sed de tu amor, como el que se muere de sed, tiene sed y desea una fuente de agua fresca!”.
El 3 de noviembre de 1935:  “Consolata, escribe, porque te lo impongo por obediencia, que por un acto de amor tuyo crearía el Paraíso”.
El 9 de noviembre de 1935: “¡Consolata, mientras tú me ames continuamente, Yo en tu corazón gozo de un Paraíso!”.
Decía Jesús a Santa Margarita Alacoque: “Hija mía me son tan gratos los deseos de tu corazón, que si no hubiese instituido mi divino Sacramento de amor, lo instituiría por amor tuyo, para tener el placer de morar en tu alma y tomar mi descanso de amor en tu corazón” (Vida y Obras, II, 105).
A Sor Consolata le dice así, el 29 de octubre de 1935: “Eres mi pequeño paraíso; una comunión tuya me recompensa todo lo que he sufrido por buscarte, tenerte, poseerte”. –“Pero Jesús ¡si no sé decirte nada!” –“No importa, pero tu corazón es mío, exclusivamente mío y Yo ¿qué quiero de mis criaturas sino el corazón? A todo lo demás no miro y cuando un corazón es mío, exclusivamente mío, ¡oh entonces este corazón viene a ser para mí un paraíso! ¡Y tu corazón es mío, es ya eternamente mío!”.
El 16 de diciembre de 1935: “Consolata, sí, pide perdón por la pobre humanidad culpable, pide tú por el triunfo de mi misericordia, pero sobre todo pide, oh pide para ella el incendio del divino amor, que cual nuevo Pentecostés redima a la humanidad de tantas suciedades. ¡Oh, sólo el amor divino puede hacer de apóstatas, apóstoles; de lirios enfangados, lirios inmaculados; de pecadores viciosos, trofeos de misericordia! Pídeme amor, el triunfo de mi amor para ti y para cada una de las almas de la tierra que ahora existen, y que existirán hasta el fin de los siglos. Prepara con la oración incesante el triunfo de mi Corazón, de mi amor sobre la tierra”.
El 27 de noviembre de 1935: “Consolata, cuenta a las almas pequeñas, a todos mi condescendencia inefable, di al mundo cuán bueno y maternal soy y, como no pido, en cambio, de mis criaturas, más que el amor. Tú lo puedes contar, Consolata, cuenta mi extrema misericordia y extrema condescendencia maternal”.
El Amor de Dios es el fuego que Jesús vino a traer a la tierra y es el que quiere ya ver ardiendo en todo corazón. El 15 de diciembre de 1935 dice: “¡Oh, si pudiera descender a todos los corazones y derramar en ellos a torrentes las ternuras de mi amor!... ¡Consolata, ámame por todos y, con la oración y la inmolación, prepara al mundo para el advenimiento de mi amor!”.
Jesús quiere salvar al mundo, pero el mundo tiene que volver a Jesús, por el camino del amor. El catolicismo no consiste en otra cosa más que esta: amar al Amor, amar a Jesús, Presente en Persona en la Eucaristía. Esta es toda la ley, todo el cristianismo; es el Primer Mandamiento, y en ese Mandamiento, que manda amar a Dios, al prójimo y a uno mismo, está la salvación: “Haz esto y vivirás” (Lc 10, 28).

Jesús, Dios Hijo encarnado, nos llama a amarlo a Él, que es el Amor, pero nosotros, los católicos, hacemos oídos sordos a su Llamado de amor, y es así como nos construimos una religión a nuestra medida, que nada tiene que ver con la verdadera religión católica, basada en el Amor del Sagrado Corazón de Jesús. La indiferencia, el escepticismo, el relativismo, el ateísmo, el gnosticismo, son causa y a la vez consecuencia de este abandono del Amor de Dios por parte de los católicos. Para vivir la verdadera religión católica, es necesario tener una verdadera devoción al Sagrado Corazón de Jesús, de cuyas profundidades de Amor y Misericordia divinas nace la Iglesia. Para vivir la verdadera religión católica, es necesario “amar al Amor” y para amar al Amor, se lo debe adorar allí donde está, en la Eucaristía, y se lo debe amar allí donde está, en la Eucaristía. Amar al Amor quiere decir amar la Eucaristía, porque la Eucaristía es el Dios Amor, Cristo Jesús. Sólo cuando seamos capaces de amar al Amor, Jesús Eucaristía, sólo entonces, podremos decir que somos verdaderos devotos del Sagrado Corazón de Jesús.