San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 1 de septiembre de 2017

El inmenso don del Sagrado Corazón de Jesús


         Si bien Jesús se le apareció a Santa Margarita María de Alacquoque[1], el contenido de sus revelaciones es universal, es decir, está destinado a todo el mundo, a todos los hombres, por lo que debemos considerarlo como destinado a nosotros, a cada uno en particular. De ahí la necesidad de conocer el contenido de los mensajes de Jesús a Santa Margarita, porque los debemos considerar como destinados a cada uno de nosotros en modo personal.
         Consideraremos por lo tanto la primera de las apariciones, considerada como la principal y reflexionaremos sobre ella.
         La Primera Aparición fue el 27 de Diciembre de 1673, día de San Juan el Apóstol, Margarita María, estaba como de costumbre arrodillada ante el Señor, en el Santísimo Sacramento expuesto en la capilla. Era el momento de la primera gran revelación del Señor. Ella lo cuenta así: “Un día, estando delante del Santísimo Sacramento, me encontré toda penetrada por esta Divina Presencia, pero tan fuertemente que me olvidé de mí misma y del lugar donde estaba, y me abandoné a este Espíritu, entregando mi corazón a la fuerza de Su Amor”. Santa Margarita está delante del sagrario, delante de la Eucaristía, y es en ese momento en que comienza a experimentar la fuerza irresistible del Amor Divino. Esto significa que Dios es un Ser totalmente distinto al nuestro; es decir, que nosotros no somos Dios, sino que Dios es Alguien distinto a nuestro ser, pero que quiere comunicarse con nosotros, con el solo objetivo de darnos su Amor. También significa que no debemos buscar “experimentar” estas sensaciones, porque se trata de gracias particulares, concedidas por Dios a Quien Él lo desee; nuestro deber de amor es adorar su Presencia Eucarística, aun cuando solo experimentemos sequedad y aridez espiritual. De lo contrario, si adoramos solo por desear experimentar sensiblemente el Amor de Dios, entonces lo que estamos buscando es a sus consuelos, y no a Dios en sí mismo, lo cual es contrario a lo que nos dicen los santos: “Hay que buscar al Dios de los consuelos y no a los consuelos de Dios”.
         Continúa Santa Margarita: “Me hizo reposar por muy largo tiempo sobre Su Pecho Divino, en el cual me descubrió las maravillas inexplicables de Su Corazón Sagrado... Y me dijo: “Mi Divino Corazón está tan apasionado de Amor por los hombres y por ti en particular que, no pudiendo ya contener en Sí Mismo las Llamas de Su Ardiente Caridad, le es preciso comunicarlas por tu medio y manifestarse a todos para enriquecerlos con los preciosos Tesoros que te estoy descubriendo, los cuales contienen las Gracias santificantes y saludables necesarias para separarles del abismo de perdición”. Significa esto que, contrariamente a lo que puede suponerse, la devoción al Corazón de Jesús no es un “accesorio” prescindible en la vida espiritual: en el Corazón de Jesús están contenidas las gracias necesarias para salvarnos, no de un estado financiero o sentimental, sino de la eterna condenación en el Infierno.
Luego le dice Jesús: “Te he elegido como un abismo de indignidad y de ignorancia, a fin de que sea todo Obra Mía”. Esto es para que tomemos conciencia de nuestra miseria delante de Dios. Si Santa Margarita es considerada por Jesús “abismo de  indignidad e ignorancia”, ¿qué podemos esperar de nosotros? Esta consideración debe servirnos para crecer en la humildad.
Continúa Santa Margarita: “Me pidió después el corazón y yo Le supliqué que lo tomase. Lo tomó y lo introdujo en Su Corazón adorable, en el cual me lo mostró como un pequeño átomo que se consumía en aquel Horno encendido. Lo sacó de allí, cual si fuera una llama ardiente en forma de corazón y lo volvió a colocar en el sitio de donde lo había tomado, diciéndome: “He ahí, mi muy amada, una preciosa prenda de Mi Amor, el cual encierra en tu pecho una pequeña centella de Sus Vivas Llamas para que te sirva de corazón y te consuma hasta el postrer momento, y cuyo ardor no se extinguirá ni enfriará. De tal forma te marcaré con la Sangre de Mi Cruz, que te reportará más humillaciones que consuelos. Y como señal de que la gran Gracia que acabo de concederte no es pura imaginación, aunque he cerrado la llaga de tu costado, te quedará en él para siempre su dolor. Y si hasta el presente sólo has tomado el nombre de esclava Mía, ahora te doy el de discípula muy amada de Mi Sagrado Corazón”. A nosotros, no nos pide nuestro corazón: nos da Su Corazón en cada Eucaristía, para inflamar, con el Fuego del Divino Amor, a nuestros corazones. Si permanecemos fríos en el Divino Amor y si no amamos al prójimo hasta la muerte de cruz, es porque desaprovechamos la comunión eucarística, y no permitimos que nuestros corazones sean encendidos en el Fuego del Amor de Dios.
Por último, Jesús le dice: “Busco una víctima para Mi Corazón, que quiera sacrificarse como hostia de inmolación en el cumplimiento de Mis Designios”. La vida del cristiano no es vida de comodidad y placer, sino de sacrificio unido al Santo Sacrificio de Jesús en la Cruz. Y el lugar para unirnos a su sacrificio es la Santa Misa, renovación incruenta y sacramental del Sacrificio de la Cruz. No asistamos a Misa como meros espectadores: pidamos la gracia de unirnos, con todo lo que somos y tenemos, a Jesús crucificado; pidamos la gracia de ser víctimas unidas a la Víctima Inocente, Cristo Jesús, por la salvación del mundo.



[1] Santa Margarita María Alacoque: Nació el 22 de julio de 1647, en la pequeña aldea Francesa de Hautecour, pequeña ciudad cercana a Paray le Monial, en la región de Borgoña. Era la quinta hija de 7 hermanos. Luego de fallecer su padre fue internada en el pensionado de las Religiosas Clarisas. Desde entonces empezó a vivir una vida de sufrimiento que supo encauzar hacia el Amor de Dios: “Sufriendo entiendo mejor a Aquél que ha sufrido por nosotros”, decía. Tuvo una enfermedad que la inmovilizó y de la que se curó milagrosamente por intercesión de la Virgen María: “La Santísima Virgen tuvo siempre grandísimo cuidado de mí; yo recurría a Ella en todas mis necesidades y me salvaba de grandísimos peligros...”. El 20 de junio de 1671 entró al convento del Monasterio de la Visitación de Paray le Monial. Las extraordinarias visiones con que fue favorecida le causaron al principio incomprensiones y juicios negativos hasta cuando, por disposición Divina, fue puesta bajo la dirección espiritual del jesuita San Claudio de la Colombière. En el último periodo de su vida, elegida maestra de novicias, tuvo el consuelo de ver difundida la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, y los mismos opositores de un tiempo se convirtieron en fervorosos propagandistas. Murió a los 43 años de edad, el 17 de octubre de 1690.

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