San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 14 de septiembre de 2017

San Juan Crisóstomo, obispo y doctor de la Iglesia



         Vida de santidad[1].

Nació en el año 349 en Antioquía; después de recibir una excelente formación, decidió dedicarse a la vida ascética. Más tarde fue ordenado sacerdote y ejerció con gran provecho el ministerio de la predicación. Fue consagrado obispo de Constantinopla en el año 397, cargo en el que se comportó como un pastor ejemplar, esforzándose por llevar a cabo una estricta reforma de las costumbres del clero y de los fieles. La oposición, tanto de la corte imperial, como de los enemigos internos de la Iglesia, lo llevó por dos veces al destierro, situación que debilitó su salud al punto de morir en Comana, en el Ponto, el día 14 de septiembre del año 407. Contribuyó en gran manera, por su palabra y escritos, al enriquecimiento de la doctrina cristiana, mereciendo el apelativo de Crisóstomo, es decir, “Boca de oro”.

Mensaje de santidad.

Aunque no seamos llevados al exilio como San Juan Crisóstomo y aunque no seamos obispos, sí podemos considerar a esta vida terrena como un exilio, puesto que nuestra Patria definitiva es la Jerusalén celestial, por lo que sus palabras podemos considerarlas como dirigidas a nosotros mismos, a cada uno en forma personal y esa es la razón por la cual meditaremos el mensaje de santidad dejado en una homilía, pronunciada antes de uno de sus exilios[2]. Allí, San Juan Crisóstomo alienta a sus fieles a perseverar en la fe, en la confianza y en el amor a Cristo Jesús y lo hace comparando a esta vida presente con una mar embravecido, que con sus grandes olas amenaza hundir nuestra barca; sin embargo, los cristianos no corremos peligro de hundirnos, pues estamos firmemente de pie sobre la Roca, que es Cristo: “Muchas son las olas que nos ponen en peligro, y una gran tempestad nos amenaza: sin embargo, no tememos ser sumergidos porque permanecemos de pie sobre la roca”.
El mar embravecido –que con frecuencia es tomado como figura del mundo ateo y anti-cristiano, comandado por Satanás-, intenta hundir a la barca de Pedro, que es la Iglesia, pero nunca lo podrá lograr, porque esta barca está asentada en el Hombre-Dios, Cristo Jesús: “Aun cuando el mar se desate, no romperá esta roca; aunque se levanten las olas, nada podrán contra la barca de Jesús”.
Nada debe temer quien se afirma en Cristo, la Roca Indestructible, y aunque perdiera todo lo que tiene, incluida la vida, eso constituye una ganancia, porque se pierde la vida terrena por la muerte, pero se gana la vida eterna, gracias a la muerte de Cristo en la Cruz, y quien vive en Cristo, nada desea de este mundo, sino solo los bienes eternos, comenzando por el mismo Cristo Jesús: “Decidme, ¿qué podemos temer? ¿La muerte? Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia. ¿El destierro? Del Señor es la tierra y cuanto la llena. ¿La confiscación de los bienes? Nada trajimos al mundo; de modo que nada podemos llevarnos de él. Yo me río de todo lo que es temible en este mundo y de sus bienes. No temo la muerte ni envidio las riquezas”.
Hablando ya más particularmente de él, San Juan Crisóstomo afirma que él no desea ya vivir en esta vida, sino es solo para invitar a la confianza en Cristo Jesús: “No tengo deseos de vivir, si no es para vuestro bien espiritual. Por eso, os hablo de lo que sucede ahora exhortando vuestra caridad a la confianza”.
La confianza del cristiano se fundamenta en la Palabra de Dios, en las Sagradas Escrituras, que son sagradas por haber sido inspiradas por el Espíritu Santo, de modo que el cristiano no se fía en una palabra humana, sino en la Palabra eternamente pronunciada por el Padre, el Verbo de Dios, Cristo Jesús, que nos habla por las Escrituras: “¿No has oído aquella palabra del Señor: Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos? Y allí donde un pueblo numeroso esté reunido por los lazos de la caridad ¿no estará presente el Señor? Él me ha garantizado su protección, no es en mis fuerzas que me apoyo. Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste es mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo, porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Qué es lo que ella me dice? Yo estaré siempre con vosotros hasta el fin del mundo”.
Estando Cristo con el alma, nada puede temer el alma, aun cuando las fuerzas que la asalten sean inmensamente poderosas y fuertes, porque es más fuerte que estas oscuras fuerzas Cristo, el Cordero de Dios: “Cristo está conmigo, ¿qué puedo temer? Que vengan a asaltarme las olas del mar y la ira de los poderosos; todo eso no pesa más que una tela de araña”.
San Juan Crisóstomo parte al exilio, no sin antes profesar el amor que tiene al rebaño que Dios le ha encargado apacentar: “Si no me hubiese retenido el amor que os tengo, no hubiese esperado a mañana para marcharme”.
Y ya sea en el exilio o no, en todo busca cumplir la voluntad de Dios, que siempre y en todo caso es buena y santa, lo cual es motivo de alabanza y de gratitud: “En toda ocasión yo digo: “Señor, hágase tu voluntad: no lo que quiere éste o aquél, sino lo que tú quieres que haga”. Éste es mi alcázar, ésta es mi roca inamovible, éste es mi báculo seguro. Si esto es lo que quiere Dios, que así se haga. Si quiere que me quede aquí, le doy gracias. En cualquier lugar donde me mande, le doy gracias también”.
Él, que es obispo, parte al exilio debido a las maquinaciones de los enemigos internos de la Iglesia, pero aun en el exilio, continúa siendo la cabeza –es el obispo- del cuerpo de Cristo que es la Iglesia de la cual está a cargo, y si bien se separan por la distancia, lo que los une es la caridad, esto es, el amor sobrenatural de Dios, amor que los seguirá uniendo aun si él fuera llamado a la Presencia de Dios: “Además, donde yo esté estaréis también vosotros, donde estéis vosotros estaré también yo: formamos todos un solo cuerpo, y el cuerpo no puede separarse de la cabeza, ni la cabeza del cuerpo. Aunque estemos separados en cuanto al lugar, permanecemos unidos por la caridad, y ni la misma muerte será capaz de desunirnos. Porque, aunque muera mi cuerpo, mi espíritu vivirá y no echará en olvido a su pueblo”.
El amor que San Juan Crisóstomo tiene a su grey, constituye para él su fuerza y su luz, porque él recibe a su vez, de sus fieles, el mismo amor de caridad que, en cuanto proveniente de Dios, es luz de gracia que anticipa la luz de la gloria en el Reino de Dios: “Vosotros sois mis conciudadanos, mis padres, mis hermanos, mis hijos, mis miembros, mi cuerpo y mi luz, una luz más agradable que esta luz material. Porque, para mí, ninguna luz es mejor que la de vuestra caridad. La luz material me es útil en la vida presente, pero vuestra caridad es la que va preparando mi corona para el futuro”.



[1] Cfr. http://www.liturgiadelashoras.com.ar/
[2] De las homilías de San Juan Crisóstomo, Homilía antes de partir en exilio, 1-3: PG 52, 427-430.

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