San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 22 de junio de 2017

El Sagrado Corazón se nos dona en cada Eucaristía


         En una de las apariciones, y para demostrarle a Santa Margarita cuánto la amaba, Jesús le pidió a Santa Margarita su corazón y, tomándolo con sus manos, lo introdujo en su pecho, para sacarlo luego convertido, a este corazón de carne, en un corazón de fuego. ¿Qué era lo que había sucedido? Lo que había sucedido era que el corazón de Santa Margarita, al contacto con el Fuego del Divino Amor que ardía en el Sagrado Corazón de Jesús, se había convertido en una imagen viviente de ese Corazón, al encenderse con el fuego del Espíritu Santo.
Cuando se medita acerca de las apariciones del Sagrado Corazón a Santa Margarita María Alacquoque, no puede dejar de considerarse el extraordinario don y la inmensidad de gracias que significaron, para Margarita y para la Iglesia toda, estas apariciones y, de modo particular, el hecho de que Jesús tome el corazón de la santa, lo introduzca en su pecho y se lo devuelva convertido en un corazón encendido en el Fuego del Divino Amor. Podemos decir que es el cumplimiento cabal de las palabras de Jesús: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cómo quisiera verlo ya encendido!” (Lc 12 49). El Fuego que arde en el Corazón de Jesús, sin consumirlo –como la zarza ardiente-, es el fuego que Jesús ha venido a traer a la tierra, y Él desea verlo ardiendo en nuestros corazones. Al obrar de esta manera con Santa Margarita, Jesús le demuestra que el amor por ella, en persona, no tiene límites, porque no solo se le aparece visiblemente, la elige para que sea la difusora de la nueva devoción, sino que convierte su corazón de carne, en un corazón que arde en el Fuego del Amor de Dios.

Sin embargo, para con nosotros, y aunque nos parezca difícil admitirlo, porque no poseemos el grado de santidad de Santa Margarita, Jesús nos demuestra un amor infinitamente más grande que el demostrado a Santa Margarita en la aparición. ¿Por qué? Porque en cada Santa Misa, no nos pide nuestro corazón de carne, para devolverlo convertido en una llama viva, luego de ser introducido en su Corazón que arde en el Fuego del Amor de Dios; mucho más que eso, nos da todo su Corazón, que arde sin consumirse en las llamas del Espíritu Santo, en cada Eucaristía, para que recibiéndolo nosotros en nuestra humilde morada terrena, nuestros corazones, al contacto con las llamas de este Amor Divino, se conviertan, de oscuros, negros y fríos como el carbón, en brasas ardientes y luminosas, que irradien al mundo el calor del Divino Amor. En cada Santa Misa, Jesús nos dona su Sagrado Corazón Eucarístico, envuelto en las llamas del Divino Amor, para que a su contacto, nuestros corazones se prendan fuego y se conviertan en el mismo fuego, así como le sucede al hierro que, cuando toma contacto con el fuego, al volverse incandescente, se convierte en el mismo fuego. En la Eucaristía arde, sin consumirla, el Fuego del Corazón de Dios, que Jesús trae en cada Santa Misa y quiere ya verlo ardiendo. Si después de comulgar, nuestros corazones permanecen fríos y oscuros, como el hierro o el carbón, y continuamos con rencores, venganzas, mentiras y malicias de todo tipo, el don del Sagrado Corazón fue en vano. No desaprovechemos la Comunión Eucarística, el don del Sagrado Corazón Eucarístico que Jesús nos hace en cada Eucaristía.

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