San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 18 de octubre de 2016

San Ignacio de Antioquía


         En sus escritos, San Ignacio nos ilumina acerca de tres grandes dogmas y verdades de nuestra fe católica, que a causa de la mentalidad relativista y agnóstica, se encuentran en grave crisis en los días en que vivimos: Cristo, la Eucaristía y el día Domingo.
Acerca de Jesucristo, San Ignacio afirma su condición de Hombre-Dios, es decir, Jesús es la Persona divina del Hijo de Dios en quien se unen sin confundirse las naturalezas humana y divina. Al igual que el Evangelista San Juan, y al igual que la doctrina bimilenaria de la Iglesia, San Ignacio nos describe un Jesucristo que no es mero hombre, sino Dios hecho hombre, sin dejar de ser Dios: “Hijo de María e hijo de Dios, primero pasible, después impasible, Jesucristo Nuestro Señor”[1]. De esta manera, su doctrina es una defensa contra dos graves errores de la época: por un lado algunos de los judaizantes negaban la encarnación y creían en un Jesús solo humano, lo cual es un error, porque la Persona de Jesús es la Segunda Persona de la Trinidad, el Hijo; por otro lado, los docetistas, quienes negaban la humanidad de Cristo, frente a lo cual San Ignacio afirma la humanidad real y perfecta de Jesús que es la que le permite ofrecer un holocausto perfecto a Dios Trino, porque es la humanidad que se ofrece en holocausto en el altar de la cruz y es la humanidad que es glorificada el Domingo de Resurrección; a su vez, es la humanidad que, habiendo pasado ya por el misterio pascual de Muerte y Resurrección, se ofrece en la renovación del Santo Sacrificio de la cruz, la Santa Misa, y que se dona gloriosa en el Pan de Vida eterna, la Eucaristía.
Con respecto a la Eucaristía -San Ignacio de Antioquía es el primero en usar la palabra “Eucaristía” para referirse al Santísimo Sacramento[2]-, el santo utiliza términos como “la carne de Cristo”, “Don de Dios”, “la medicina de inmortalidad”. Con estos términos, nos hace ver cómo la Eucaristía no es un trocito de pan bendecido, sino “algo” que se relaciona estrechamente con Jesucristo, como lo deja entrever uno de sus términos: “carne de Cristo”. No puede ser de otra manera, desde el momento en que la doctrina eucarística, de capital importancia para la fe católica, está estrechamente relacionada con la Cristología, de manera tal que podemos decir que una cristología errada conduce, invariablemente, a una doctrina eucarística errada, lejana a la fe de la Iglesia. También llama a Jesús “Pan de Dios” que ha de ser comido en el altar, dentro de “una única Iglesia”: de la única manera en que Jesús pueda ser “Pan de Dios” es que se entregue, todo Él, sin reservas, oculto en el Pan Eucarístico. Otro concepto importante en el que se relacionan la Cristología y la Eucaristía es que, para San Ignacio, en la Eucaristía están contenidos, literalmente, “todos los deleites”, de manera que ya no desea ningún alimento corruptible, sino la Eucaristía, y la razón es que la Eucaristía contiene al Ser trinitario divino, Fuente de la Alegría Increada: “No hallo placer en la comida de corrupción ni en los deleites de la presente vida. El pan de Dios quiero, que es la carne de Jesucristo, de la semilla de David; su sangre quiero por bebida, que es amor incorruptible”. El Pan del altar es la Carne de Jesucristo, y el Vino del cáliz eucarístico, la Sangre del Cordero, contiene al Amor de Dios –el “amor incorruptible” de Dios-, y esto es todo lo que San Ignacio desea como alimento. La fe en la Eucaristía, que es la fe en Jesucristo, concede al alma la inmortalidad, la vida eterna: “Reuníos en una sola fe y en Jesucristo. Rompiendo un solo pan, que es medicina de inmortalidad, remedio para no morir, sino para vivir por siempre en Jesucristo”.
A su vez, San Ignacio denuncia a quienes rechazan la fe católica sobre la Eucaristía, es decir, los herejes: “No confiesan que la Eucaristía es la carne de Jesucristo nuestro Salvador, carne que sufrió por nuestros pecados y que en su amorosa bondad el Padre resucitó”. Los herejes, puesto que no creen que Jesús sea Hombre-Dios –o no creen en Jesús como verdadero hombre, o no creen en Jesús como verdadero Dios, y por lo tanto no creen en Jesús como Hombre-Dios- no creen en Jesucristo crucificado, muerto y resucitado, que se entrega en la Santa Misa, por el misterio de la liturgia eucarística, renovando su Sacrificio en Cruz de modo sacramental e incruento y donándose en el Pan Eucarístico con su Cuerpo glorioso y resucitado.
Por último, acerca del día del Señor, el Domingo, afirma que los cristianos no se quedan en el pasado, observando el sábado, sino que celebran el Domingo, “el día del Señor”, llamado así porque todo Domingo participa del Domingo de Resurrección, día-símbolo de la eternidad, en el que el Hombre-Dios venció a la muerte y nos concedió la vida eterna: “Los que vivían según el orden de cosas antiguo han pasado a la nueva esperanza, no observando ya el sábado, sino el día del Señor, en el que nuestra vida es bendecida por El y por su muerte”[3].
Un santo –San Ignacio de Antioquía- que vivió en el siglo I d.C. nos habla, superando el espacio y el tiempo, desde la eternidad de Dios, para vivamos la verdadera fe en tres columnas esenciales de la Iglesia Católica, atacadas por el secularismo y la apostasía: la Persona divina de Jesucristo, el Hombre-Dios; la Eucaristía, Cuerpo y Sangre de Jesús; el Domingo, Día-símbolo de la eternidad, día de la Resurrección del Hombre-Dios y, por lo tanto, el día más importante de todos.



[1] San Ignacio de Antioquía, Efes., c. xvii
[2] San Ignacio de Antioquía, Esmir., c. viii
[3] San Ignacio de Antioquía, Magn. 9, 1.

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