San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 12 de diciembre de 2014

Santa Lucía y el amor a la pureza como expresión del amor de Jesucristo


 En una época como la nuestra, en la que la inmoralidad, la sensualidad, el libertinaje y la ausencia casi absoluta de valores morales y de respeto a la ley natural se ha instalado en la inmensa mayoría de la sociedad, el ejemplo de santidad de Santa Lucía resplandece como una antorcha en medio de la más negra oscuridad. Desde niña, sin saberlo sus padres, Santa Lucía había consagrado su virginidad a Dios. Durante la persecución del emperador Diocleciano, un pagano, pretendiente suyo, despechado por este voto de virginidad, la denunció ante las autoridades. El juez la amenazó de muerte, para lograr que apostatara de la fe cristiana, entablándose el siguiente diálogo, según se puede leer en las Actas de los mártires. Ante la amenaza de muerte, Santa Lucía le respondió al juez: “Es inútil que insista. Jamás podrá apartarme del amor a mi Señor Jesucristo”. Entonces, el juez le preguntó: “Y si la sometemos a torturas, ¿será capaz de resistir?”. La santa contestó: “Sí, porque los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. El juez entonces la amenazó con llevarla a una casa de prostitución para someterla a la fuerza a la ignominia.  Ella le respondió: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente”.
El juez ordenó entonces su muerte, pero no pudieron llevar a cabo la sentencia pues Dios impidió que los guardias pudiesen mover a la joven del sitio en que se hallaba. Entonces, los guardias trataron de quemarla en la hoguera, pero también fracasaron. Finalmente, la decapitaron[1].
Con respecto a su última respuesta: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente” –y es en lo que reside su mensaje de santidad para nuestro mundo de hoy, contaminado por una oleada de inmoralidad que no conoce precedentes en la historia de la humanidad-, además de que se corresponde con exactitud al principio de moral, que sostiene que no hay pecado si no se consiente al mal[2], esta respuesta de Santa Lucía expone admirablemente la imagen de Dios en el hombre, y es el libre albedrío: si el alma consciente, el cuerpo se contamina con el pecado; si el alma no consciente, el cuerpo no se contamina, y la persona no comete el pecado, permaneciendo la persona en estado de gracia, es decir, inhabitada por el Espíritu Santo.
Sin embargo, más allá del hecho admirable de la virtud de la castidad –que es lo que, en definitiva, le vale a Santa Lucía, ganar el cielo-, lo admirable es el hecho de que la castidad o pureza corporal, se trate de la expresión de la pureza del alma y la pureza del alma sea, a su vez, expresión de la gracia, pero como el estado de gracia es solo un estado que conduce al alma a un estado superior de vida, que es la inhabitación en el alma del Espíritu Santo -y luego de las otras Divinas Personas-, se puede decir que, en última instancia, la pureza corporal, es expresión de la virtus divina en el alma; dicho de otra manera, la pureza del Ser trinitario de la Persona Tercera, que inhabita en el alma en gracia del santo –en este caso, Santa Lucía-, se irradia y se expande con su fuerza inmaculada, toma posesión del ser metafísico del alma y como el alma es el principio vital del cuerpo, desde el alma, impregnada por la pureza del Ser trinitario, la vitalidad natural que el alma comunica al cuerpo, conlleva ahora, la gracia divina, es decir, la pureza del Ser trinitario, que ha invadido, desde la raíz, su ser metafísico.
Ahora bien, esta virtus divina, comunicada al alma y del alma al cuerpo, no es comunicada por un “ente” impersonal, sino, como dice Santa Lucía, por el Espíritu Santo, que vive en quienes creen en Cristo, porque Cristo es Dios Hijo y Él es, junto con el Padre, Dador del Espíritu, tanto en cuanto Dios, como en cuanto Hombre: “…los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. Es decir, quien vive la pureza, no vive la pureza por amor a la pureza en sí misma, sino por amor a Cristo, que es Dios, y por amor al Amor de Dios, al Espíritu Santo. Y quien ama a Cristo y al Espíritu Santo, ama a Dios Padre.
         Del diálogo de Santa Lucía con el juez, entonces, hay dos mensajes claros para nuestros días, días aciagos en el que la inmoralidad, la impureza, la sensualidad y la ausencia de valores morales, están convirtiendo a la sociedad humana en una sociedad casi post-humana, casi bestial: por un lado, se destaca el libre albedrío, porque quien quiere llevar una vida de pureza, la lleva libremente, tal como lo dice Santa Lucía: “El cuerpo queda contaminado solamente si el alma consiente”; por otro lado, se destaca que el llevar la vida de pureza no es por el amor a la virtud en sí, sino por amor a Dios, que es Amor y que es Trinidad de Personas; quien ama la pureza corporal –la virginidad, la castidad- la ama porque esa pureza es expresión de la Presencia del Ser trinitario y, por lo tanto, de las Tres Divinas Personas, en el alma, como lo sostiene Santa Lucía:  “…los que creemos en Cristo y tratamos de llevar una vida pura tenemos al Espíritu Santo que vive en nosotros y nos da fuerza, inteligencia y valor”. Y quien tiene al Espíritu Santo consigo, tiene a Cristo y tiene al Padre.
Ser puros de cuerpo, de mente y de corazón, por amor a Jesucristo, Dios Inmaculado, ése es el mensaje de Santa Lucía, para los niños, los jóvenes y los adultos de nuestros días.





[1] http://www.corazones.org/santos/lucia.htm
[2] http://www.corazones.org/santos/lucia.htm

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