San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 16 de mayo de 2013

San Pascual Bailón




         San Pascual Bailón nació en el año 1592. Hermano religioso de la Orden de los Frailes Menores Descalzos y Patrono de los Congresos Eucarísticos Internacionales, se caracterizó por su gran caridad hacia los hermanos en religión y hacia los pobres, y por su cumplimiento a la perfección de su condición de hermano religioso. Testimonia así a su favor el P. Jiménez, provincial de los alcantarinos: “No recuerdo haber visto jamás una sola falta en el hermano Pascual, aunque viví con él en varios de nuestros conventos y fuimos compañeros de viaje en dos ocasiones. Ahora bien, el cansancio y la monotonía de los viajes dan fácilmente ocasión de descuidarse un poco en la virtud…”[1].
         Pero la característica más sobresaliente de San Pascual era su devoción al Santísimo Sacramento. Ya antes de entrar como religioso, siendo un joven y pobre pastor, cuando no podía asistir a Misa, se arrodillaba a hacer oración durante horas, con la mirada fija en el santuario de Nuestra Señora de la Sierra, donde se celebraba el santo sacrificio. Cincuenta años más tarde, un anciano pastor, que había conocido a Pascual en esa época, fue testigo de que más de una vez, en esas ocasiones, los ángeles llevaron el Santísimo Sacramento al pastorcito con la hostia suspendida sobre un cáliz para que pudiese verla y adorarla[2] (un hecho similar a la Tercera Aparición del Ángel de Portugal en Fátima).
         Una vez ya en el convento, Pascual se destacó también por su amor a la Santa Misa y a la Eucaristía. Sus hermanos en religión lo llamaban “el Santo del Santísimo Sacramento”, porque acostumbraba pasar largas horas arrodillado ante el tabernáculo, con los brazos en cruz. Cuando tenía un momento libre, se dirigía a la capilla y su mayor alegría era ayudar a una misa tras otra, desde muy temprano.
         Llevado por su amor a la Eucaristía, San Pascual compuso oraciones para después de la comunión. Una vez, el beato Juan de Ribera, arzobispo de Valencia, quedó tan impresionado por la profundidad sobrenatural de estas oraciones, que mandó a pedir una reliquia del santo. Cuando le llevaron la reliquia, el beato le dijo al P. Jiménez, biógrafo de San Pascual: “Padre provincial, las almas sencillas nos están robando el cielo. No nos queda más que quemar todos nuestros libros”. El P. Jiménez le contestó: “Señor, los culpables no son los libros sino nuestra soberbia; eso es lo que deberíamos quemar”.
         San Pascual sufrió también la hostilidad de parte de los protestantes. Había sido enviado a Francia a llevar un mensaje muy importante a un superior de una orden, en pleno apogeo de las guerras de religión. San Pascual cumplió su misión, pero en su viaje de regreso fue apedreado y hostilizado por los hugonotes, recibiendo una herida en el hombro que lo hizo sufrir el resto de su vida.
         San Pascual murió en el convento de Villarreal, un domingo de Pentecostés, a los cincuenta y dos años de edad. Expiró con el nombre de Jesús en los labios, en el momento mismo en el que las campanas anunciaban el momento de la consagración en la misa[3].
         Mensaje de santidad
         San Pascual Bailón era sumamente pobre en su vida como laico, apenas sabía leer y escribir, y en su vida como religioso lego –nunca fue sacerdote- nunca ocupó cargos de importancia en los conventos. Sin embargo, su amor y devoción a la Santa Misa y al Santísimo Sacramento del altar transformaron su vida de un modo inimaginable: su pobreza se convirtió en riqueza, porque Jesús lo hizo heredero del Reino de los cielos, cuya riqueza principal, Jesús en la Eucaristía, supera todo lo que el ángel y el hombre puedan imaginar; su condición de cuasi-analfabeto, que apenas sabía leer y escribir, se convirtió en la más grande sabiduría celestial, sabiduría que rebaja a los más grandiosos tratados humanos a la nada, porque compuso sus conocidas oraciones al Santísimo Sacramento, oraciones caracterizadas no solo por su hermosura literaria, sino por reflejar el amor a Cristo Jesús en el que se enciende el corazón por la comunión eucarística, y la sabiduría celestial que el mismo Cristo Jesús comunica a quien lo recibe con fe y con amor, como San Pascual; si en la tierra nunca ocupó cargos de importancia en la Iglesia Peregrina, el Amor al Santísimo Sacramento lo convirtió, en la Iglesia Triunfante, la Iglesia que adora al Cordero en los cielos, en uno de sus más brillantes y destacados miembros, con tanta luz, gracia, amor y sabiduría, que fue nombrado luego de su muerte Patrono de los Congresos Eucarísticos y de las cofradías del Santísimo Sacramento. Por último, San Pascual amaba el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa, sacrificio en el cual Cristo renueva sacramental e incruentamente su Muerte en Cruz para la salvación de los hombres, y por eso fue que San Pascual murió en el momento de la consagración, en el momento de la conversión del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, porque en ese momento Jesús, en premio a su devoción y amor a la Misa, lo llevó a los cielos, en donde San Pascual vive en la eterna alegría que produce la adoración y contemplación cara a cara de Aquel a quien en esta vida adoraba y contemplaba oculto en la Eucaristía, detrás de las apariencias sacramentales del pan y del vino, de Cristo Jesús.


[1] Cfr. Alan Butler, Vidas de los Santos de Butler, Volumen II, México2 1950, 322.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

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