San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 27 de enero de 2011

Santo Tomás y Cristo


Santo Tomás fue uno de los más grandes intelectos de la Iglesia Católica de todos los tiempos. Sus conocimientos en filosofía y en teología superan a casi todos los grandes maestros, cristianos y paganos, de la Antigüedad y de la Edad Media, y la elaboración de sus hallazgos conceptuales es tan sólida, que se mantienen hasta el día de hoy, proporcionando elementos y herramientas a los filósofos y teólogos de la Iglesia con los cuales no sólo puede la Iglesia enfrentar al pensamiento ateo contemporáneo, sino que le permite elaborar vías intelectuales y reflexivas que proporcionan al hombre de hoy caminos válidos en su búsqueda de Dios.

En el campo de la filosofía, el descubrimiento más grande de Santo Tomás, es el de la noción de “Acto de ser” o “esse ut actus”. Por esta noción, el “ser” no es una simple palabra, es decir, no tiene una mera existencia en la mente, sino que se pone en acto perfecto en la realidad, separando así la noción o concepto de “ser” de lo que es el ser en la realidad. El ser, como acto de ser, es a la vez la fuente de todas las perfecciones del ente –de la persona, en el caso de Dios Trinidad, o en los ángeles, o en el hombre-.

Por esta noción, el hombre puede salir del encierro de su propia mente, que tiende siempre a crear una realidad virtual, es decir, una realidad que sólo existe en su mente, y puede dirigirse a una realidad “real”, a una realidad que “está” y que “es” en acto fuera de sí. Si no hubiera tal noción, la realidad para el hombre sería sólo la creada por su propia mente, y no habría modo de salir de ella, dando lugar a la inmanencia, es decir, a la imposibilidad del hombre de salir de su propio yo y de su propia mente.

Por el contrario, por la noción del “Acto de ser”, Santo Tomás permite escapar de la realidad virtual de la imaginación, y situar al ente, que posee el ser, fuera de sí, lo cual abre paso a la trascendencia, ya que el ente “es” en la realidad por el acto de ser, que lo hace ser en la realidad, con una existencia y con un acto de ser independientes de la existencia y del acto de ser del propio yo.

Esto, que parecerían elucubraciones filosóficas abstractas reservadas a discusiones de entendidos, tiene una aplicación directa en el campo de la fe, y es tan importante su impacto, que su posesión y compenetración permiten construir una solidísima y firmísimo base intelectual racional, sobre la cual luego se construirán los cimientos y el edificio todo de la vida de la fe. El “Ser” de Dios, en Acto Puro y perfectísimo desde la eternidad, aparece así en el horizonte de la especulación del intelecto humano, sin posibilidad alguna de ser confundido con elucubraciones virtuales y puramente nominales, puesto que se presenta, al intelecto, como algo que “está” y que “es” fuera del hombre, con el agregado que, en su Perfección, el Ser divino se presenta como Increado, como Vivo, como fuente de toda perfección, y como Creador de todo ser creatural.

Santo Tomás aplica esta noción filosófica a la Revelación y a la Persona de Jesucristo, y como resultado, Jesucristo, que según la Revelación es Dios Hijo encarnado, aparece en el horizonte de la fe como un ser real, que existió en el tiempo, y cuya historia no fue una fábula, ni fue imaginación de discípulos exaltados, y como el portador en Acto Presente del misterio del Ser divino.

Aún más, esta noción, trasladada a la liturgia, abre las puertas a la admiración del alma, cuando se da cuenta que, en el altar, delante de sus ojos, se encuentra Presente ese mismo Ser divino y eterno, y que esa Presencia no depende ni de su fe ni de su imaginación, sino que “Es”, ahí, en el altar. A partir de esto, sólo hace falta la decisión libre del alma de trascender más allá de sus límites témporo-espaciales, lanzándose, con todas las fuerzas que su amor le permite, al encuentro con Cristo Dios Presente en la Eucaristía.

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