San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 24 de enero de 2011

La conversión de San Pablo


Jesús resucitado, por medio de una luz resplandeciente, se manifiesta a San Pablo. Por su Espíritu, le comunica a San Pablo, que hasta entonces era enemigo suyo, el conocimiento sobrenatural acerca de quién es Él, Dios encarnado, lo convierte en apóstol suyo, y lo envía a predicar el evangelio, a anunciar que Él ha resucitado y ha venido a llevar a toda la humanidad al seno de Dios Trinidad.

El encuentro de San Pablo con Jesucristo, su conversión de enemigo en apóstol y su misión de anunciar el evangelio, es un símbolo de lo que sucede en cada alma que recibe la gracia de Dios en el bautismo: de enemiga que era de Dios, a causa del pecado original, se hace hija adoptiva de Dios al recibir la gracia de la filiación divina y se convierte también en apóstol, es decir, en enviado, que tiene la misión de anunciar el evangelio, la buena noticia de la resurrección de Jesucristo.

San Pablo recibe el conocimiento de la divinidad de Jesucristo; Jesús se le manifiesta para hacerle saber que Él, Jesús, a quien Pablo perseguía con todas sus fuerzas, es el Hijo de Dios, Dios en Persona, y este conocimiento lo recibe por medio de una manifestación de Jesucristo, bajo forma de luz, que lo deja ciego, para luego recobrar la vista. A partir de esta manifestación sobrenatural, San Pablo adquiere un nuevo conocimiento de Jesucristo: antes, pensaba que era un agitador, un fundador de un movimiento pagano y sectario, un individuo peligroso, a quien había que combatir, en sus seguidores, por el medio que fuera posible, incluida la violencia. Ahora, luego del encuentro personal con Jesucristo, San Pablo sabe que Jesús es el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo y la Palabra del Padre, que se ha encarnado para morir en cruz, salvar a la humanidad, y llevarla al seno del Padre. San Pablo adquiere un nuevo conocimiento de Jesucristo, un conocimiento que no proviene ni de su razón, ni de su ciencia humana, sino que proviene de lo alto, directamente desde el cielo, del Espíritu de Dios.

Es en este nuevo conocimiento de Jesucristo en lo que consiste "la conversión de San Pablo", y es lo que lo lleva a San Pablo a cambiar radicalmente de vida: de enemigo de Cristo, a su más ferviente defensor, y de perseguidor de cristianos, a ser él mismo el primero entre los cristianos; de aprobar la muerte de los cristianos, para borrar el Nombre Santo de Jesucristo de la faz de la tierra, a donar su vida como mártir, para sellar el Nombre Santo de Jesucristo en los corazones de los hombres.

Es en este radical cambio de vida, en lo que consiste la conversión de San Pablo, conversión en la que debemos ver el anticipo y el modelo de nuestra propia conversión, la cual ya ha sido iniciada por el mismo Dios, al concedernos un milagro mucho más grande que ver una luz y que recuperar la vista de los ojos: nosotros hemos recibido algo infinitamente más grande que ver una luz y recuperar la vista: hemos recibido la luz de la fe, en germen, en el bautismo, por medio de la cual podemos ver a Cristo como luz del mundo, Presente y vivo en la Eucaristía.

A nosotros Jesús no se nos ha manifestado Jesús bajo la forma de una luz resplandeciente y enceguecedora; sin embargo, la gracia que hemos recibido en el bautismo, es una gracia similar e incomparablemente mayor que la que recibió San Pablo, porque la luz que lo hizo caer del caballo no le dio la filiación divina y no lo convirtió en hijo de Dios, en cambio a nosotros, la luz recibida en el bautismo, nos ha convertido en hijos adoptivos de Dios, y hemos recibido, en germen, la luz de la fe.

Es por esto que la conversión de San Pablo es modelo y anticipo de nuestra propia conversión: por la luz de la fe y de la gracia podemos ver, con los ojos del alma, a Cristo resucitado y glorioso, y así como San Pablo, con su conversión, recibió una misión, que era anunciar a Cristo muerto y resucitado, así también nosotros, en el bautismo, recibimos también una misión: anunciar el milagro eucarístico, signo sacramental de la Presencia de Cristo, muerto y resucitado, entre nosotros.

San Pablo cambió radicalmente su vida desde que fue llamado del judaísmo al cristianismo; los cristianos, los que hemos recibido el bautismo y la luz de la fe, estamos también llamados a la conversión, al testimonio de Cristo, muerto y resucitado; estamos llamados a ser "luz del mundo" (cfr. Mt 5, 14), a iluminar el mundo con la luz del amor y de la misericordia de Cristo, recibida en el bautismo, y es por eso que es un anti-testimonio el que un cristiano se comporte como un pagano, idolatrando al mundo y a sus placeres, en vez de adorar al Dios Uno y Trino revelado en Jesús de Nazareth.

Cotidianamente se repite ante nuestros ojos un milagro infinitamente más grande que la luz que cegó a San Pablo; un milagro infinitamente más grande que el más grande de todos los milagros realizados por los santos o por el mismo Cristo, un milagro más asombroso que dar vida a un muerto, que multiplicar panes, que convertir agua en vino, que recibir la curación de la ceguera corporal: es el milagro del altar, de la transubstanciación, por el cual el pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y el vino en su Sangre, y por el cual el altar se convierte en el cielo en donde habita Dios en Persona.

Y es para anunciar este milagro del altar para el que debemos convertirnos y salir a anunciar a nuestros prójimos, ya que constituye la más alegre y la más hermosa noticia que el mundo haya podido escuchar desde sus comienzos, y que no escuchará otra más alegre y hermosa que esta: Cristo, Luz del mundo, está Resucitado en la Eucaristía, Presente en medio nuestro.

Convirtámonos a la luz de Cristo, a Cristo, luz del mundo (cfr. Jn 8, 12), para ser un reflejo de esa luz, y la comuniquemos a nuestros hermanos por medio de la misericordia, de la caridad y de la compasión.

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