San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 4 de enero de 2011

Hemos encontrado al Mesías


“Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1, 45-51). Dentro del contexto del diálogo en general, en esta frase de Felipe a Natanael, en la que le anuncia que en Jesús ha encontrado al Mesías, parecería ser sólo una frase más, que da pie a que se siga desarrollando el diálogo, y sin embargo, esta frase –“Hemos encontrado al Mesías”-, encierra en sí misma toda la sabiduría, toda la alegría y toda la felicidad de la que es capaz el ser humano, y aún más, porque se trata del encuentro personal con Dios encarnado, con la Palabra de Dios humanada.

“Hemos encontrado al Mesías”. Acostumbrados a nuestro modo humano de pensar y de ver las cosas y el mundo, creemos que la sabiduría se encuentra en las ciencias humanas, y que la alegría y la felicidad se limitan a aquello que puede ser alcanzado con el dinero, con la buena salud y con el sentirse bien. De hecho, en los augurios de los festejos de fin de año, lo que más se desea y se pide es: “salud, dinero y amor”. Sin embargo, no es en el dinero, en la salud, o en el amor humano, en donde se encuentra la verdadera felicidad. La verdadera felicidad se encuentra en la frase de Felipe: “Hemos encontrado al Mesías”. Quien encuentra al Mesías, encuentra la fuente de la verdadera felicidad, la felicidad que no se agota, que no se termina, la felicidad que empieza en el cielo y continúa en el cielo para siempre.

“Hemos encontrado al Mesías”. Cuando Felipe le anuncia esto a Natanael, es porque ve en Jesús aquello que los demás no ven: ve en Jesús al Mesías, es decir, a Aquel de quien hablaban los profetas, y Aquel a quien el Pueblo Elegido esperaba ansioso, porque estaba escrito que la venida del Mesías significaría una extraordinaria y maravillosa intervención de Dios en medio de los hombres, por la cual se inauguraría una nueva era para la humanidad, la era mesiánica, caracterizada por la Presencia de Dios en medio de los hombres. Felipe no ve en Jesús a un hombre más, común y corriente; no ve en Jesús a un hombre santo, ni siquiera al más santo entre los santos; Felipe no ve en Jesús al “hijo del carpintero”, tal y como lo veían sus contemporáneos. Felipe ve a Jesús y encuentra en Él la divinidad, oculta bajo una naturaleza humana.

“Hemos encontrado al Mesías”. ¿Por qué Felipe encontró al Mesías, mientras que otros no? ¿Fue una intuición genial de Felipe? ¿O alguna señal dada a Felipe por Jesús, señal no dada a los demás, y por eso no era reconocido por los demás? En el momento de este diálogo, Jesús no se había transfigurado, como en el Monte Tabor o en la Resurrección; es decir, su divinidad y su gloria no eran visibles.

Todavía más, Jesús se presentaba, ante todos, como un hombre más, cuya apariencia y aspecto no difería de la apariencia y del aspecto de ningún otro hombre de raza semita. No había nada en su aspecto exterior que delatara su ser interior divino; exteriormente, era un hombre de raza hebrea, como todos los hombres de raza hebrea.

¿Por qué Felipe puede decir “Hemos encontrado al Mesías”, sabiendo que lo que decía era verdad, y que Jesús era en verdad Dios encarnado?

Porque Felipe ha recibido, de parte del mismo Jesús, una capacidad nueva, sobrehumana, sobrenatural; el don de la gracia, que hace al hombre participar en la vida de Dios. Y porque participa de la vida de Dios, participa de su modo de conocer[1]. Por la gracia, el hombre se vuelve capaz de conocer y de amar a Dios como Dios se conoce y se ama a sí mismo. Y es así que conoce a Jesús como sólo Dios Padre lo conoce desde la eternidad: como su Hijo eterno, que ahora se ha encarnado y camina entre los hombres.

“Hemos encontrado al Mesías”. Llevados por nuestra tendencia a la racionalización de nuestra fe, también a nosotros se nos escapa la Presencia del Mesías en medio nuestro. ¿Quién podría decir, al contemplar la Eucaristía: “Hemos encontrado al Mesías”? ¿Acaso no parece la Eucaristía nada más que un pedazo de pan tratado en modo especial, pero al fin de cuentas sólo un pedazo de pan?

A los contemporáneos de Jesús, se les escapaba la divinidad de Cristo, escondida bajo su humanidad. Que no se nos escape a nosotros la misma divinidad de Cristo, escondida bajo la apariencia de pan.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia, Ediciones Desclée de Brower, Buenos Aires 1954, ...

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