San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 21 de enero de 2014

Santa Inés, virgen y mártir


         Según la Tradición, Santa Inés nació hacia el año 290 y murió mártir el 21 de enero del año 304. Cuando se analiza su vida desde un punto de vista exclusivamente humano, y sobre todo en el momento crucial de su vida, la decisión de no casarse con el hijo del gobernador de Roma, puede interpretarse que esta decisión fue tomada debido a que la religión que profesaba, el cristianismo, le imponía una moral que, llevada al extremo, le hacía preferir la virginidad antes que el matrimonio; la vida celibataria antes que la vida esponsal. Esto sería lo que explicaría que Inés, joven rica y noble, rechazara un matrimonio que, visto también humanamente, era prometedor, puesto que su futuro esposo sería el hijo del gobernador. Es decir, Santa Inés tenía todo lo que una joven podía desear tener a su edad: belleza, juventud, dinero, posición social.
Sin embargo, a pesar de lo atractivo que resultaba este plan de vida para ella, lo rechaza enérgicamente sin ceder ni por un momento, a pesar de las amenazas de muerte proferidas por el padre del hijo del gobernador pagano de Roma. Es este último quien la pone en la disyuntiva de elegir entre el matrimonio promisorio –humanamente hablando- con su hijo, o la muerte, sin dejarle alternativas, al connminarla: “Dos caminos tienes: aceptar a mi hijo o morir en las más crueles torturas”. Santa Inés, contra toda lógica humana –joven, rica, noble, sólo tenía que dar su aceptación para salvar su vida y escalar a lo más alto de la sociedad-, se mantiene firme en su negativa y comienza a recibir a los tormentos. Pero su muerte sobreviene por otra circunstancia. En un momento determinado el hijo del gobernador quiso huir con Inés, pero cayó muerto en el acto. Cediendo a los ruegos del padre de joven, Inés obra el milagro de devolverlo a la vida, pero luego es acusada de hechicería por los sacerdotes de los ídolos, y es así como finalmente muere martirizada.
         Retomando la razón del porqué Santa Inés rechazó un matrimonio que humanamente era promisorio, podemos decir que no está en que dio su vida por la virginidad en sí misma, ni tampoco por la castidad; tampoco dio su vida porque amaba la vida celibataria, ni porque consideraba que la vida matrimonial no era para ella. Santa Inés no dio su vida por ninguna de estas razones; dio su vida por una razón infinitamente más grande, y la razón está en la respuesta que daba a sus verdugos, a los que siempre contestaba que era leal a otro Esposo, Nuestro Señor Jesucristo. Santa Inés rechazó el amor esponal humano por el Amor Esponsal divino; renunció al amor de las creaturas, para dar su vida por el Amor Increado; no tomó por esposo a un hombre, para tomar por Esposo a Dios; no conoció el amor de un esposo hombre, para conocer el Amor de Dios, que es amor esponsal, y es un amor casto, puro, virginal, nupcial, que arrebata al alma y la enciende en un fuego de amor tan grande y puro que una vez conocido, nada de este mundo ni la atrae ni le interesa, al punto que lo único que desea es estar con su Amado Esposo, que es Dios, y este fuego de Amor Divino que es Dios, arrebata al alma de modo indistinto si es varón o mujer. En este sentido, la vida consagrada y el celibato, la castidad y la virginidad que la caracterizan, anticipan y anuncian, ya desde la tierra, al Amor Eterno de Dios que se vivirá en los cielos por la eternidad. En los cielos, se vive el Amor de Dios, se vive de Dios, que es Amor, se vive en Dios, que es Amor Puro, casto, celestial, sobrenatural, inmaculado, no material, no carnal, no pasional, y por eso los religiosos, viviendo la castidad, la vida celibataria, la virginidad, la pureza, anticipan y anuncian este tipo de amor celestial que se vive en el Reino de los cielos.
Para el alma que tiene la dicha de conocer a “Dios que es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 7), dar la vida por Él le parece poco y si tuviera mil vidas para dar, mil vidas quisiera dar, con tal de corresponder a este amor santo y puro.
Pero este Amor Divino no es un amor etéreo, ni platónico, ni reservado a una élite; es un Amor que se dona sin reservas a toda alma, a todo ser humano, en cada Hostia consagrada, en cada Eucaristía, pero que al mismo tiempo es rechazado en la inmensa mayoría de los casos por aquellos mismos a los que se dona. Santa Inés tuvo la gracia de saber reconocer al Amor y de preferir morir antes que posponer al Amor de los amores por un amor humano.

Si Santa Inés hubiera elegido el amor esponsal humano nada malo habría hecho, porque nada malo hay en un amor humano esponsal, pero Santa Inés prefirió el Amor Esponsal divino y por eso eligió morir antes que renunciar al Amor del Divino Esposo. Hoy en día no solo no se elige entre amor esponsal humano y divino, como en el caso de Santa Inés, sino directamente se deja de lado al Amor –“el Amor no es amado”, decía Santa Teresa de Ávila-, porque se lo pospone por amores sacrílegos y blasfemos, y por la elección que hace Santa Inés del Amor puro y casto de Dios es tanto más válido y necesario cuanto más densas y tenebrosas son las tinieblas que acechan envuelven nuestros días. 

jueves, 2 de enero de 2014

Oración al Sagrado Corazón de Jesús




Si la santidad de los miembros de la Iglesia no solo no aumenta, sino que muchas veces se encuentra ausente en una inmensa cantidad de bautizados -incluidos muchos sacerdotes-, es sencillamente porque no se recurre ni se hace uso de los abundantísimos tesoros que la Iglesia pone a nuestra disposición, el más grande de todos, el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús. Si los cristianos acudiéramos al sagrario, en donde late de Amor el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y a Él le pidiéramos las gracias que necesitamos para nuestra santificación y la de nuestros seres queridos, la santidad aumentaría abismalmente y esta vida se convertiría en un anticipo del Paraíso. Pero además de rezar ante el sagrario, el alma tiene a su disposición algo que no tienen los ángeles, y es el poder comulgar y ser alimentado con el mismo Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, y esto es tan real, que por la comunión eucarística, el alma se convierte en un sagrario viviente de Jesús, que deja de estar en el sagrario para estar en el sagrario viviente que es el corazón de quien comulga con fe y con amor.
El bautizado no solo tiene la oportunidad –que la querrían tener cientos de miles de hombres de buena voluntad que no conocen el mensaje de Cristo- de adorar a su Dios, que se hace Presente en Persona en la Eucaristía, sino que tiene el don inmerecido de ser alimentado con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad y su Amor, que late en el Sagrado Corazón y lo envuelve en ardientes llamas de Amor Divino que Jesús desea comunicar sin medida a quien lo recibe en la comunión sacramental.
Por esto, el cristiano debería vivir cada Misa como si fuera la última vez que asiste a Misa; debería hacer cada adoración como si fuera la última vez que hace adoración eucaristía; debería comulgar con el todo el ardor del amor, con toda a fe y la piedad de la que es posible, cada vez, como si fuera la última vez que comulga, porque es el modo de corresponder la entrega que hace Jesús en cada Santa Misa, en cada Adoración Eucarística, en cada Comunión sacramental, de su Sagrado Corazón Eucarístico.
El momento de la comunión eucarística es un momento de insuperable privilegio para orar al Sagrado Corazón, y si bien la oración es individual y personal, una oración al momento de comulgar, en la intimidad del diálogo de amor entre el alma y Jesús, podría ser esta: “Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que por amor has venido hasta mí, te suplico, por los dolores de tu Pasión, que me des la Cruz que está en la base de tu Sagrado Corazón; que me des la corona de espinas que rodean tu Sacratísimo Corazón, que me hagas beber del cáliz de tus amarguras contenido en tu Sacratísimo Corazón, que me hagas sentir las mismas penas que inundan, como mares impetuosos, tu Sacratísimo Corazón; que me des también el Amor que envuelve tu Sacratísimo Corazón en forma de llamas de fuego; haz que esas llamas, junto con las espinas que rodean tu Corazón y junto con la Sangre contenida en tu Corazón, envuelvan, perforen, e inunden, con la Fuerza impetuosa del Amor Divino, “más fuerte que la muerte” (cfr. Cant 8, 6), nuestros pobres corazones, duros, fríos, sin amor, y los corazones de nuestros seres queridos, y los corazones de todos los pecadores, para que encendidos por las llamas del Espíritu Santo, perforada la dureza pétrea de los corazones pecadores con las espinas que rodean tu Corazón, e inundados con la Sangre contenida en tu Corazón, Sangre que a su vez contiene al Amor Divino, nos convirtamos todos, del pecado a tu Amor, y así ablandados los corazones por la contrición perfecta y convertidos de corazones de piedra en corazones de carne, llenos del Espíritu Santo, seamos movidos a hacer penitencia y a descargar nuestros delitos en el sacramento de la penitencia, para así recibir nuevas y nuevas oleadas de gracia y Amor que provienen de Ti. ¡Oh Sagrado Corazón de Jesús, nada soy más pecado, porque solo soy un abismo de miseria y de indignidad, pero en mi nada y en mi condición de pecador y desde el fondo de miseria de mi alma, tengo algo para ofrecerte, y ese algo es la Eucaristía, que es tu mismo Corazón traspasado; acéptalo, y por la Cruz que está en su base, que representa los dolores acerbos de tu Pasión; por la corona de espinas que rodean tu Corazón, espinas que son la materialización de nuestros malos pensamientos y deseos; por el Fuego que envuelve tu Corazón, Fuego que es el Amor de Dios, el Espíritu Santo; por la llaga que abrió la lanza del soldado, permitiendo que por la herida de tu Corazón fluyera tu Sangre y, con tu Sangre, el Amor de Dios, y por la Eucaristía, que contiene todo esto que te ofrezco, te suplico, oh Sagrado Corazón, la conversión de los pobres pecadores!”.

miércoles, 1 de enero de 2014

San Basilio Magno y su legado: oración, trabajo y estudio


         San Basilio, que nació en Cesarea de Turquía en el año 329, dejó un precioso legado para la vida monástica, pues fue el primer en redactar unas “Constituciones”, en las que se especificaban las actividades de los monjes. En estas Constituciones, San Basilio establecía tres sólidas columnas sobre las cuales todo monje debía construir su edificio espiritual: oración, trabajo y estudio. Si bien es cierto que estas tres columnas fueron dadas por San Basilio para sus monjes, no es menos cierto que no son, de manera alguna, privativas para ellos, puesto que todo cristiano está llamado a santificar su vida ordinaria por medio de la oración, el trabajo y el estudio. Veamos por qué.
         Todo cristiano, y no solo los monjes, está llamado a la oración, porque la oración es al alma lo que la alimentación al cuerpo, lo que la respiración a la vida del organismo, lo que el flujo de sangre con oxígeno y nutrientes para los órganos corporales. Si nadie puede pasarse la vida sin alimentarse, llama la atención que existan personas –cristianos- que pasan la vida sin rezar; si nadie puede vivir sin respirar, es causa de asombro el comprobar que muchísimos cristianos, la gran mayoría, vive años y años, y muchos toda la vida, sin hacer oración, o si hacen oración, esta es tan escuálida como un suspiro; si nadie puede vivir sin los nutrientes y el oxígeno que la sangre, bombeada por el corazón, proporciona a los órganos, deja pasmados el comprobar la enorme cantidad de cristianos que nunca, o casi nunca, dedican el más mínimo tiempo a la oración. Muchísimos cristianos viven en la acedia o pereza espiritual y sin hacer oración, y no por falta de tiempo, porque prefieren ver televisión o internet antes que rezar, sin darse cuenta que sus almas languidecen y mueren.
         La condición de la oración como elemento esencial para la vida del alma radica en que por la oración, el alma se une a Dios y obtiene de Él todo lo que Dios es y tiene para darle, puesto que Dios es Amor, Alegría infinita, Paz, Fortaleza, Luz, el alma que reza, obtiene de Él su Amor, su Alegría infinita, su Paz, su Fortaleza, su Luz. Pero lo contrario también es cierto: quien no reza, se aleja de Dios y por lo tanto se sumerge en el odio, en la tristeza, en la discordia, en la debilidad ante el pecado, y en las tinieblas más densas.
La otra columna de la vida espiritual, según San Basilio, es el trabajo, porque y si bien el trabajo quedó como una maldición luego del pecado original, no fue por el trabajo en sí mismo, sino por la pérdida de la gracia que abarcó a todos los aspectos y estados del hombre y su vida, comprendido el trabajo. En sí mismo, el trabajo no solo no es malo ni una maldición, sino que es una bendición, porque con el trabajo, el hombre imita a su Dios, que “trabajó” en la Creación, e imita al Hombre-Dios que, siendo Dios, trabajó como carpintero hasta los comienzos de la Predicación de la Buena Noticia y que sigue trabajando por la salvación de las almas. Quien no trabaja, no solo comete el pecado mortal de la pereza, sino que además contraría la imagen divina impresa en su alma, imagen que resplandece en el trabajo, porque Dios mismo trabaja. Es tan importante el trabajo, que San Pablo exhorta a “no comer” si alguien “no trabaja”: “El que no trabaja, que no coma” (2 Tes 3, 10-12). De esto se sigue cuán funesto es el no trabajar y el inducir a otros a no trabajar por medio de la corrupción política. Por el contrario, el que trabaja y ofrece su trabajo, sin importar el brillo social que este posea, se santifica y obtiene méritos para ganar el Reino de los cielos.
La última columna de la vida espiritual, según San Basilio, es el estudio, porque por medio de este no solo se disipan las tinieblas del error y de la ignorancia, sino que se consigue el acceso a la verdad en el campo que se estudia que, como toda verdad, participa de la Verdad Absoluta, Jesucristo. En otras palabras, el estudio –no necesariamente se refiere al estudio sistemático universitario y científico, sino también a la profundización en la fe que un alma sencilla puede y debe hacer según sus posibilidades- no solo libera de las tinieblas del error, sino que ilumina al alma con luz de la Verdad, que es Jesucristo, y así se dispone el alma, en el tiempo, para el encuentro con Cristo, cara a cara, en la eternidad.
Por último, a la oración, al trabajo y al estudio, podemos agregarle la sana diversión, porque la diversión –sana y ganada con sacrificio, luego de orar, trabajar y estudiar- procura alegría y la alegría, la alegría buena y sana, es participación de Dios Uno y Trino, que es “Alegría infinita”, como dice Santa Teresa de los Andes.

Oración, trabajo, estudio, son las columnas de la vida espiritual según San Basilio, a lo cual le agregamos, según las indicaciones de los santos, la sana alegría. Éste es el camino para llegar al cielo.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Los Santos Mártires Inocentes




         Visto con la razón natural, el hecho histórico de la muerte de los Santos Inocentes, relatado en la Sagrada Escritura (cfr. Mt 2, 16-18), parecería un caso más entre tantos otros motivados por los celos de un gobernante: al enterarse de que ha nacido un niño que es rey, el rey gobernante manda asesinar a los niños menores de dos años, para eliminar cualquier amenaza a su posición de poder.
Sin embargo, el hecho dista mucho de ser un mero caso de pasiones humanas desordenadas. Aunque parezca inverosímil a primera vista, en la muerte de los Santos Mártires Inocentes, es decir, en la muerte de niños de menos de dos años, indefensos y desvalidos, se inicia en la tierra la lucha entre el Cielo y el Infierno, como continuación de la lucha comenzada en los cielos entre los ángeles de luz, fieles al Amor Divino, y los ángeles apóstatas, convertidos en seres de las tinieblas al negarse voluntariamente ser iluminados por la Luz eterna de Dios Uno y Trino.


Todavía más, en esta lucha, en la que las fuerzas del cielo, representadas en los Niños Mártires, aparecen como derrotadas, puesto que los niños son masacrados sin piedad, se inicia, también paradójicamente, el triunfo definitivo de las fuerzas al servicio de Dios –los ángeles de luz y los hombres de buena voluntad- sobre las fuerzas del Infierno. En otras palabras, a pesar de que la masacre de los Niños Mártires pareciera mostrar un triunfo apabullante de las fuerzas del mal, se trata en realidad de lo opuesto, ya que la muerte de los Niños Mártires señala el triunfo más rotundo del Bien y del Amor de Dios, que por medio suyo persigue y derrota a los ángeles caídos.
Sin embargo, alguien podría preguntarse, movido también por la razón natural: ¿cómo es posible que unos niños tan pequeños, de menos de dos años, venzan a los siniestros poderes del Averno? ¿De qué manera puede un niño, que apenas ha abandonado la lactancia y recién empieza a caminar, derrotar a un ángel, cuya naturaleza es notoriamente superior a la humana? ¿Cómo es posible que un niño, que ni siquiera sabe hablar, ponga en fuga a seres tan perversos como fuertes, como lo son los ángeles caídos con relación a la naturaleza humana?
La respuesta, que nos la da la fe en Cristo, nos dice que estos niños no vencen con sus propias fuerzas, ni es su sangre la que hace huir a los demonios, ni es su muerte la que los ahuyenta: los Niños Mártires vencen porque han sido bañados, de modo anticipado, en la Sangre del Cordero; los Niños Mártires vencen porque han sido lavados en la Sangre del Cordero y han quedado resplandecientes con la gracia divina; el Niño de Belén, que es Dios redentor y habrá de morir luego en la Cruz por ellos, anticipa el fruto del sacrificio de la Cruz y los asocia a su Pasión, de modo que los Niños asesinados por Herodes son, en cierta manera, el Cordero degollado del Apocalipsis (5, 6), que por medio de sus cuerpecitos atravesados por las espadas y lanzas de los soldados y por medio de la sangre que se derrama por las heridas abiertas, anticipa su Triunfo Victorioso en la Cruz, Triunfo glorioso obtenido por el don de su Cuerpo ofrecido en sacrificio en el Calvario y por el don de su Sangre, derramada desde sus heridas abiertas y desde el Costado traspasado por la lanza.
Los Niños Inocentes triunfan porque es el Cordero degollado quien, desde la Cruz, los asocia a su sacrificio y les hace partícipe de su Fuerza omnipotente, de su Gloria divina, de su Sabiduría celestial, de su Amor eterno, de su Triunfo Victorioso de la Cruz.


Esta es la razón primera y última del triunfo de los Mártires Inocentes, masacrados no solo por el celo enfermizo de un rey sin escrúpulos, sino por las fuerzas del infierno que, desencadenadas contra la humanidad, muestran de esta manera su poderío sobre el hombre cuando no lo protege Dios.
Pero la lucha contra las Puertas del Infierno continúa, y continuará hasta el fin de los tiempos, cuando el Supremo Juez vendrá a juzgar a la humanidad; mientras tanto, continúa la masacre de los Santos Mártires Inocentes, que mueren de a centenares de miles a lo largo y ancho del mundo, no ya bajo el hierro y el acero de soldados que obedecen a un rey de la Antigüedad, sino bajo el hierro y acero de modernos y afilados instrumentos quirúrgicos que se hunden sin piedad en los cuerpecitos de los niños por nacer, provocándoles la muerte por aborto y prolongando así la masacre del rey Herodes. Los niños abortados son los Santos Mártires Inocentes de nuestros días, que mueren a manos de los modernos Herodes, pero que también anticipan, con su muerte sangrienta, el triunfo definitivo y total del Cordero sacrificado en la Cruz sobre las fuerzas del mal.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

Santa Lucía, virgen y mártir


         Puesto que murió mártir, Santa Lucía es representada con una hoja de palma, que simboliza el martirio. Pero también es representada con una bandeja en la que están sus ojos y el motivo es que, según antiguas tradiciones, le habrían sacado los ojos por proclamar su fe en Jesucristo.
Todo en Lucía remite a la luz, porque su nombre -“Lucía”- significa “la luminosa”, mientras que los ojos, con los cuales se la representa en una bandeja, son la “ventana del alma”, por donde “entra la luz”.
En los tiempos presentes, tiempos “de tinieblas y sombras de muerte” (cfr. Lc 1, 68-71), Santa Lucía, en cuanto santa y mártir, se nos muestra entonces como quien nos anuncia la luz, una gran luz, la luz que eterna que derrota a las tinieblas vivientes -los ángeles caídos-, y a las tinieblas del error y del pecado, y esa Luz Viva e indefectible, eterna e inaccesible que nos anuncia Lucía, es Jesucristo, “Luz del mundo” (Jn 8, 12).
Si todo santo es puesto por la Iglesia como modelo y ejemplo de santidad, Santa Lucía, con su vida y muerte ejemplar, es para nosotros como una luz en la noche oscura, luz que nos anticipa y preanuncia el Sol de justicia, la “Lámpara que ilumina la Jerusalén celestial”, Jesús, el Cordero de Dios.

Lo que nos deja Santa Lucía como ejemplo a imitar es su luminosidad, pero no la luminosidad que se desprende de su nombre, sino la luz de la gracia, luz creatural participada de la Gracia Increada, Jesús, el Hombre-Dios. Quien se deja iluminar, como Santa Lucía, por la “Luz de Luz” que es Jesús, no solo no vive en tinieblas, sino que ya, en este mundo, vive iluminado por la luz de Dios, luz que es Vida y Amor, luz que derrota para siempre a las tinieblas del error y de la ignorancia. Que Santa Lucía, “la luminosa”, interceda por nosotros para que vivamos, en el tiempo que nos queda de vida terrena, en la luz de Cristo, como anticipo de la luminosa vida de gloria que por la Misericordia Divina esperamos vivir en la eternidad.

jueves, 5 de diciembre de 2013

El dolor del Sagrado Corazón de Jesús


         En la Segunda Revelación, Jesús se le aparece a Santa Margarita María de Alacquoque con su Corazón rodeado de espinas: “El divino Corazón se me presentó en un trono de llamas, más brillante que el sol, y  transparente como el cristal, con la llaga adorable, rodeado de una corona de espinas, significando las punzadas producidas por nuestros pecados…”[1].
         Debido a que estamos acostumbrados a ver imágenes estáticas del Sagrado Corazón, podemos llegar a creer que las espinas no le provocan dolor a Jesús, reduciéndolas así a un elemento casi decorativo en la devoción. Pero las espinas, que representan nuestros pecados, como lo dice el mismo Jesús, le provocan dolores intensos y continuos. En otras palabras, el hecho de que Jesús se aparezca a Santa Margarita María con su Corazón rodeado de espinas, no se debe a un intento de construir una devoción basada en solo los afectos: describe el estado real de intenso sufrimiento del Sagrado Corazón de Jesús en el Huerto de Getsemaní y en la Pasión, en donde la enormidad de los pecados de toda la humanidad, abatiéndose sobre Él, le produjo dolores intensísimos y de una magnitud desconocida para el hombre. Son estos dolores atroces los que están representados por la corona de espinas que rodean al Sagrado Corazón, dolores sufridos en la Pasión pero también ahora, en su estado actual de resucitado y glorioso, porque si bien Jesús ya no sufre físicamente, sí sufre moralmente, así como sufre un padre que ve que su hijo se encamina irremediablemente hacia el abismo. Las espinas del Sagrado Corazón representan por lo tanto no solo el dolor físico, moral y espiritual sufrido por Jesús en la Pasión, sino también el dolor moral experimentado ahora, en su estado de resucitado, dolor que se extenderá hasta el fin de los tiempos.
Las espinas sirven para que nos demos al menos una ligera idea de la intensidad, atrocidad y agudeza de los dolores de Jesús, y eso lo podemos hacer considerando qué es lo que sucede en un corazón vivo que se encuentre rodeado de espinas, puesto que Jesús está vivo y con su Corazón latiendo con el ritmo cardíaco propio de cada corazón. Como todo corazón vivo, entonces, el Corazón de Jesús late pero al estar rodeado de espinas, sufre en cada latido; sufre en la fase de expansión del Corazón –diástole-, en el momento en el que el corazón se relaja, porque allí es perforado y atravesado por las espinas punzantes, las cuales llegan hasta el interior de las cavidades cardíacas; sufre también luego, en la fase de contracción –sístole-, porque estas espinas se retiran, provocando el desgarro de las paredes cardíacas, aumentando el dolor producido en la fase anterior.
De esta manera, podemos darnos al menos una pálida idea de los sufrimientos padecidos por Jesús en el Huerto de Getsemaní y en la Pasión, sufrimientos que continúan y continuarán hasta el fin de los tiempos y que son causados, como lo dice Jesús, por la ingratitud, la indiferencia, la frialdad de los cristianos para con su Sacrificio redentor y para con su Presencia eucarística. Esta es la razón por la cual, si queremos en algo consolar y aliviar los dolores del Sagrado Corazón de Jesús, debemos ofrecer Horas Santas en reparación.



[1] http://www.corazones.org/santos/margarita_maria_alacoque.htm

lunes, 2 de diciembre de 2013

San Francisco Javier y el porqué de la imperiosa necesidad de la misión evangelizadora de la Iglesia


San Francisco Javier fue un misionero ejemplar, que dio su vida por evangelizar, por llevar el mensaje de la salvación de Jesucristo a todos los hombres. Literalmente, dio su vida por el Evangelio, perdió su vida por Jesucristo, y por eso la ganó para el cielo, porque recibió el cielo como recompensa: “El que de su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará (para la vida eterna)” (Mt 8, 35) y por esto es modelo y ejemplo evangelizador para la Iglesia de todos los tiempos.
¿Qué era lo que veía San Francisco Javier, que no veían el resto de las personas, y que era lo que lo llevaba a evangelizar?
Veía cómo esta vida terrena es nada más que “una mala noche en una mala posada”, como decía Santa Teresa de Ávila; veía que esta vida es fugaz, efímera, más fugaz y efímera que lo que nos podemos imaginar; veía que el tiempo terreno de los hombres y de la humanidad toda se acortaba aceleradamente y que luego comenzaba la vida eterna; veía que al final de esta vida terrena, signada por el tiempo y el espacio, comenzaba la vida eterna y que esa vida eterna consistía en la salvación en el cielo o en la condenación en el infierno; veía que más allá de las situaciones particulares, de los lugares concretos, de los eventos que se sucedían cotidianamente, había una gran cantidad de almas que debían salvarse. Era esto lo que movía a San Francisco Javier a evangelizar, a anunciar a los hombres que Cristo es el Salvador, solo El y nadie más que El; veía que si Cristo no tomaba posesión de las almas, las poseía el Espíritu del mal, el Príncipe de las tinieblas, Lucifer, y por eso no dudaba en negarse a sí mismo para evangelizar. En el fondo, San Francisco Javier había recibido la gracia de participar de la sed de Jesús en la Cruz, sed expresada en la quinta palabra de Jesús en la Cruz, sed que era no tanto de líquidos para beber, sino de almas para salvar. San Francisco Javier experimentaba la sed de Jesús en la Cruz, sed por la salvación de las almas, sed originada en el Fuego de Amor Divino que late en el Sagrado Corazón de Jesús, sed por la cual Jesús dio su vida en la Cruz, la misma sed que participó a su discípulo Francisco Javier y que lo llevó a dar su vida en el intento por calmar la sed del Hombre-Dios Jesucristo.
Esta sed de almas, este ardor misionero y evangelizador, se ve reflejado en una anécdota en tierra de misión: al ver la apatía de los cristianos ante la necesidad de evangelizar, San Francisco dijo: "Si en esas islas hubiera minas de oro, los cristianos se precipitarían allá. Pero no hay sino almas para salvar". 
Era esto lo que San Francisco Javier veía –veía lo que Jesús veía desde la Cruz-: almas para salvar. Mientras los cristianos vemos oportunidades de ganancias y beneficios, de modo que si las hay, acudimos presurosos allí, pero si no las hay, somos más que reticentes para acudir, San Francisco Javier veía almas para salvar. Esta es la razón por la cual la misión es la esencia de la Iglesia y explica la urgencia de la misión.