San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 2 de diciembre de 2013

San Francisco Javier y el porqué de la imperiosa necesidad de la misión evangelizadora de la Iglesia


San Francisco Javier fue un misionero ejemplar, que dio su vida por evangelizar, por llevar el mensaje de la salvación de Jesucristo a todos los hombres. Literalmente, dio su vida por el Evangelio, perdió su vida por Jesucristo, y por eso la ganó para el cielo, porque recibió el cielo como recompensa: “El que de su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará (para la vida eterna)” (Mt 8, 35) y por esto es modelo y ejemplo evangelizador para la Iglesia de todos los tiempos.
¿Qué era lo que veía San Francisco Javier, que no veían el resto de las personas, y que era lo que lo llevaba a evangelizar?
Veía cómo esta vida terrena es nada más que “una mala noche en una mala posada”, como decía Santa Teresa de Ávila; veía que esta vida es fugaz, efímera, más fugaz y efímera que lo que nos podemos imaginar; veía que el tiempo terreno de los hombres y de la humanidad toda se acortaba aceleradamente y que luego comenzaba la vida eterna; veía que al final de esta vida terrena, signada por el tiempo y el espacio, comenzaba la vida eterna y que esa vida eterna consistía en la salvación en el cielo o en la condenación en el infierno; veía que más allá de las situaciones particulares, de los lugares concretos, de los eventos que se sucedían cotidianamente, había una gran cantidad de almas que debían salvarse. Era esto lo que movía a San Francisco Javier a evangelizar, a anunciar a los hombres que Cristo es el Salvador, solo El y nadie más que El; veía que si Cristo no tomaba posesión de las almas, las poseía el Espíritu del mal, el Príncipe de las tinieblas, Lucifer, y por eso no dudaba en negarse a sí mismo para evangelizar. En el fondo, San Francisco Javier había recibido la gracia de participar de la sed de Jesús en la Cruz, sed expresada en la quinta palabra de Jesús en la Cruz, sed que era no tanto de líquidos para beber, sino de almas para salvar. San Francisco Javier experimentaba la sed de Jesús en la Cruz, sed por la salvación de las almas, sed originada en el Fuego de Amor Divino que late en el Sagrado Corazón de Jesús, sed por la cual Jesús dio su vida en la Cruz, la misma sed que participó a su discípulo Francisco Javier y que lo llevó a dar su vida en el intento por calmar la sed del Hombre-Dios Jesucristo.
Esta sed de almas, este ardor misionero y evangelizador, se ve reflejado en una anécdota en tierra de misión: al ver la apatía de los cristianos ante la necesidad de evangelizar, San Francisco dijo: "Si en esas islas hubiera minas de oro, los cristianos se precipitarían allá. Pero no hay sino almas para salvar". 
Era esto lo que San Francisco Javier veía –veía lo que Jesús veía desde la Cruz-: almas para salvar. Mientras los cristianos vemos oportunidades de ganancias y beneficios, de modo que si las hay, acudimos presurosos allí, pero si no las hay, somos más que reticentes para acudir, San Francisco Javier veía almas para salvar. Esta es la razón por la cual la misión es la esencia de la Iglesia y explica la urgencia de la misión.

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