Puesto que murió mártir, Santa Lucía es representada con una
hoja de palma, que simboliza el martirio. Pero también es representada con una
bandeja en la que están sus ojos y el motivo es que, según antiguas tradiciones,
le habrían sacado los ojos por proclamar su fe en Jesucristo.
Todo
en Lucía remite a la luz, porque su nombre -“Lucía”- significa “la luminosa”,
mientras que los ojos, con los cuales se la representa en una bandeja, son la “ventana
del alma”, por donde “entra la luz”.
En
los tiempos presentes, tiempos “de tinieblas y sombras de muerte” (cfr. Lc 1, 68-71), Santa Lucía, en cuanto
santa y mártir, se nos muestra entonces como quien nos anuncia la luz, una gran
luz, la luz que eterna que derrota a las tinieblas vivientes -los ángeles
caídos-, y a las tinieblas del error y del pecado, y esa Luz Viva e
indefectible, eterna e inaccesible que nos anuncia Lucía, es Jesucristo, “Luz
del mundo” (Jn 8, 12).
Si
todo santo es puesto por la Iglesia como modelo y ejemplo de santidad, Santa
Lucía, con su vida y muerte ejemplar, es para nosotros como una luz en la noche
oscura, luz que nos anticipa y preanuncia el Sol de justicia, la “Lámpara que ilumina
la Jerusalén celestial”, Jesús, el Cordero de Dios.
Lo
que nos deja Santa Lucía como ejemplo a imitar es su luminosidad, pero no la luminosidad
que se desprende de su nombre, sino la luz de la gracia, luz creatural
participada de la Gracia Increada, Jesús, el Hombre-Dios. Quien se deja
iluminar, como Santa Lucía, por la “Luz de Luz” que es Jesús, no solo no vive
en tinieblas, sino que ya, en este mundo, vive iluminado por la luz de Dios,
luz que es Vida y Amor, luz que derrota para siempre a las tinieblas del error
y de la ignorancia. Que Santa Lucía, “la luminosa”, interceda por nosotros para
que vivamos, en el tiempo que nos queda de vida terrena, en la luz de Cristo,
como anticipo de la luminosa vida de gloria que por la Misericordia Divina
esperamos vivir en la eternidad.
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