San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 16 de enero de 2015

San Antonio, Abad


         San Antonio es considerado “padre del monaquismo”: decidió iniciar su vida de total entrega a Jesucristo cuando, en una celebración eucarística, escuchó la voz de Jesús que le decía: “Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres”[1]. Tomada esta decisión, al morir sus padres, San Antonio entregó su hermana al cuidado de las vírgenes consagradas, distribuyó sus bienes entre los pobres y se retiró al desierto, donde comenzó a llevar una vida de penitencia. Hizo vida eremítica en el desierto y organizó comunidades de oración y trabajo, pero prefirió retirarse de nuevo al desierto, en donde logró conciliar la vida solitaria con la dirección de un monasterio. Viajó a Alejandría para apoyar la fe católica ante la herejía arriana[2].
         En un mundo como el nuestro, caracterizado por el materialismo, el ateísmo, el hedonismo, el relativismo y por la negación de lo trascendente y sobrenatural, propio de la mentalidad pseudo-cientificista del iluminismo racionalista, aunque el mismo tiempo se afirma la religiosidad panteísta, neo-pagana e irracional de la Nueva Era, la vida de San Antonio y, sobre todo, su condición de monje y eremita, no se comprenden. Más aun, se toman como algo sin sentido, como algo sin razón: en efecto, al ver a San Antonio abad, que se retira al desierto no solo a orar, sino a llevar una vida de oración, de ascesis, de dura penitencia, de mortificación, de sacrificio, renuncia a todo bienestar, a todo bien material, a toda comodidad, en definitiva, llevando una vida de renuncia a este mundo, entonces el mundo y los mundanos se preguntan: si hay tanto para “disfrutar” en el mundo de hoy, con su avance tecnológico y si los Nuevos Movimientos Religiosos de la Nueva Era, que están al alcance de todos, ofrecen una espiritualidad “a la carta”, en donde cada uno puede escoger lo que quiera, para creer en lo que quiera y como quiera, para hacer lo que quiera, ¿qué sentido tiene una elección como la de San Antonio abad? Además, el mundo no puede entender la vida monástica, a la que tacha de antisocial, porque el monje se aparta de la sociedad de los hombres, viviendo una vida aislada. Entonces, para el mundo ateo y relativista, pagano y hedonista, hombres como San Antonio abad son escándalo y necedad, y son los más infelices del mundo, porque no son capaces de “disfrutar” lo que el mundo ofrece, además de ser un reflejo de su incapacidad de entablar relaciones humanas.
Sin embargo, a los ojos de Dios, que es lo que importa, San Antonio abad es el hombre más feliz del mundo, porque su elección, la elección de una vida monástica, eremítica, que significa de oración y de oración contemplativa, es la respuesta al llamado de Dios Uno y Trino a una mayor intimidad con Él, que es Trinidad de Personas. La vida monástica, como toda vida consagrada, pero de modo aún más intenso, anticipa, en esta vida terrena, lo que será la vida en el Reino de los cielos, porque en la vida monástica el alma se aparta del mundo y de los hombres, para intensificar la oración contemplativa, que es el diálogo de amor con las Tres Divinas Personas. En otras palabras, cuanto menos contacto con el mundo y con los hombres, el monje tiene más vida de oración y como la oración es diálogo de amor con las Personas de la Trinidad, cuanto más oración hace el monje, más diálogos de enamorados entabla con cada una de las Tres Divinas Personas. Es decir, si el monje se retira del mundo, no lo hace porque sea incapaz de establecer relaciones humanas, ni porque sea antisocial; todo lo contrario, movido por la gracia, su capacidad de vivir en comunión de vida y amor con las personas se ve elevada a una dimensión celestial, sobrenatural, de manera que se vuelve capaz de entablar una verdadera vida de comunión, en la fe y en el amor, con las Tres Divinas Personas. Y ante las Tres Divinas Personas, el monje intercede por las personas humanas, que son sus hermanos, pidiendo por su conversión y por su eterna salvación, que son los dones más grandes que toda persona pueda recibir en esta vida. Así, el monje, con su vida austera, sacrificada, penitente, se convierte en un don para sus hermanos, los hombres, porque se convierte en un permanente intercesor ante la Trinidad, pidiendo por su conversión y su salvación; y ante los hombres, se convierte en un don de la Trinidad, porque el monje no es el producto de una auto-realización al estilo gnóstico, sino un alma elegida por las Tres Divinas Personas, entre cientos de miles, para establecer con ella una relación de vida y amor de privilegio, reservada a muy pocos, para que sean, precisamente, faros de la luz y del amor trinitarios en medio de un mundo sumergido en las “tinieblas de muerte” (cfr. Lc 1, 68-79) y acechado por las sombras vivientes, los ángeles caídos.
La vida de San Antonio abad -la vida monacal, vida de oración, de penitencia, sacrificio, de ayuno, de caridad-, es, entonces, en nuestro siglo XXI -un siglo dominado por la tecnología, el racionalismo y el cientificismo, por un lado, y por otro, por la espiritualidad mágica e irracional de la Nueva Era-, un faro de luz que ilumina, con la luz de Jesucristo, que es la luz eterna de la Trinidad, la luz de la Jerusalén celestial, las tinieblas más densas que jamás hayan conocido la humanidad, a la vez que señala y anticipa ya desde esta vida, otra vida, una vida gloriosa, la vida en la eterna bienaventuranza: la vida feliz en la contemplación de la Santísima Trinidad, en el Reino de los cielos.




[1] http://www.corazones.org/santos/antonio_abad.htm
[2] Cfr. ibidem.

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