San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 27 de agosto de 2015

Santa Mónica, modelo de madre y esposa


         La mejor semblanza de Santa Mónica, mediante la cual podemos conocer su vida de santidad, es la que realizó San Agustín, su hijo: “Ella me engendró sea con su carne para que viniera a la luz del tiempo, sea con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad”[1]. En esta semblanza San Agustín da las pistas para entender el porqué Santa Mónica es modelo de madre, y por eso nos detendremos en este aspecto de la santa, en su ser modelo de madre. 
      En esta semblanza, San Agustín describe la doble maternidad de Santa Mónica, por la cual lo engendró a la vida terrena, mortal, la que finaliza con la muerte y la maternidad espiritual, mediante la cual Santa Mónica lo engendró para la vida eterna. La primera maternidad de Santa Mónica la describe así San Agustín: “Ella me engendró (…) con su carne para que viniera a la luz del tiempo”, y esto es propio de toda madre –es lo que convierte a una mujer en “madre”-, el concebir y engendrar a sus hijos, en sus cuerpos, para darlos “a luz”, es decir, para que salgan del seno materno y vean, con sus propios ojos, “la luz del tiempo”, la vida terrena. Esto que hizo Santa Mónica es lo que hace toda madre. Pero luego San Agustín describe la otra maternidad de la santa, esta vez, espiritual, y la describe así: “(Ella) me engendró (…) con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad”. Esta segunda maternidad de Santa Mónica, es eminentemente espiritual y no se da en toda madre; se trata de un “engendrar en el corazón” para que el hijo “nazca a la luz de la eternidad”. ¿De qué se trata propiamente? Se trata de un amor materno que trasciende los límites de la maternidad meramente biológica, porque es un amor materno fecundado por la fe en Cristo Jesús; se trata de un amor por el que el hijo es concebido dos veces, la primera, en el cuerpo, y la segunda, en el corazón; por esta segunda concepción, la madre ama más a su hijo que por la primera concepción, la corporal, porque es más fuerte que la primera, al estar este amor maternal espiritual, como decíamos, fecundado por la fe. Por esta segunda concepción, la madre ya no desea para su hijo sólo lo mejor –eso es amar, desear el máximo bien para el otro- en el plano terreno; por esta concepción espiritual, la madre ya no desea sólo para su hijo el éxito mundano, en el tiempo: puesto que se trata de un amor más profundo, desea a su hijo la eterna felicidad, felicidad que trasciende absolutamente el tiempo y el espacio y que es infinitamente más plena que cualquier felicidad temporal y terrena. Santa Mónica, según las palabras de San Agustín, lo engendró doblemente, la primera, de modo corporal, como hace toda madre; la segunda, de modo espiritual, como debería hacer toda madre con sus hijos. Ésta es la razón por la cual Santa Mónica es modelo de madre: porque engendra, por el Amor de Dios, a su hijo, en su corazón y desea para su hijo, no el éxito mundano, que es pasajero y superficial, sino la vida eterna. En esto consiste el verdadero amor, porque si amar es “desear el bien para el otro”, engendrar a un hijo para la vida eterna, es la máxima prueba de amor hacia ese hijo.
         Que a ejemplo de Santa Mónica, toda madre sea capaz de dar a luz a sus hijos, no sólo corporalmente, sino con el corazón, para que sus hijos nazcan a la luz de la eternidad, en donde se encuentra el Amor de los amores, Cristo Jesús.



[1] Confesiones, lib. IX.

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