San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 30 de julio de 2015

Santa Marta


En el extremo izquierdo, un hombre corre la lápida que cerraba la tumba de Lázaro, que llevaba ya tres días muerto; detrás de la puerta, asoma Lázaro, ya de pie y resucitado por orden de Jesús; el centro de la escena está dominado por la figura resplandesciente de Jesús; y detrás de Jesús, las dos hermanas de Lázaro: Marta, casi arrodillada, o en cuclillas, asombrada o atemorizada por lo que está viendo, y María, de pie y a espaldas de Jesús. Jesús tiende la mano a Lázaro, inmediatamente después de decirle: “¡Lázaro, Yo te lo ordeno, levántate y anda!”. La omnipotente y amorosa Voz del Verbo transporta en un instante al alma de Lázaro, ya separada del cuerpo y por lo tanto en el Hades, y la une nuevamente a su cuerpo, infundiéndole vida, y esa Voz omnipotente y amorosa se traduce en la mano tendida de un Dios a su creatura, que de esa manera lo rescata de la muerte, pero no solamente de la muerte corporal, como a Lázaro, sino de la muerte eterna, porque con su muerte en cruz y resurrección, Jesucristo nos libra de la segunda muerte, de la “condenación eterna” (Plegaria Eucarística I, Misal Romano).


         Toda la vida de Marta, como santa, está caracterizada por girar en torno a Jesús: era, junto con sus hermanos María y Lázaro, uno de los grandes amigos de Jesús, en su paso por su vida terrena; debido a este amor de amistad, en el Evangelio aparece como “distraída” con respecto a Jesús, puesto que en una de las visitas a su casa por parte de Jesús, Marta se encuentra ocupada en los quehaceres domésticos, a diferencia de su hermana María, que se postra a los pies de Jesús, para adorarlo, aunque en el fondo, la ocupación de Marta demostraba su gran amor a Jesús, pues quería que su casa estuviera limpia y en orden para cuando Él llegara, y además, se ocupaba por agasajarlo con un rico plato de comida; en el episodio evangélico en el que Jesús resucita a su hermano Lázaro, que llevaba días ya muerto, Marta se caracteriza no sólo por gran templanza frente al dolor, sino por su gran confianza en Jesús como Dios, pues es de ella esta confesión, luego de que Jesús revelara la resurrección final: “Yo creo que Tú eres el Hijo de Dios” (Jn 11, 27). En premio a esta gran fe de Marta en Jesús en cuanto Dios, Jesús resucita a Lázaro, trayendo su alma desde el Hades, el infierno de los justos del Antiguo Testamento, de nuevo a esta tierra, para que se una con su cuerpo, además de restaurar su cuerpo a nuevo, puesto que ya estaba carcomido por la descomposición orgánica propia de los cadáveres.
         A ejemplo de Santa Marta, busquemos también de ser amigos de Jesús, como ella, sin perder de vista que Marta, junto a sus hermanos, eran grandes amigos de Jesús, con lo que esa amistad significa: compartir todo con Jesús –los temores, la alegría, los buenos y los malos momentos; a ejemplo de Santa Marta, que cuando Jesús fue a visitarla a ella y a sus hermanos, se puso a arreglar su casa, a limpiarla, a perfumarla, y a poner todo en orden, además de prepararle una rica comida, también nosotros nos preocupemos por tener nuestra casa –nuestra alma y nuestro corazón-, limpio, arreglado, en orden, y perfumada, para cuando llegue a nuestra casa Jesús Eucaristía, y esto se logra por la gracia santificante; por último, a ejemplo de Santa Marta, que confió en Cristo Dios y por su fe fue premiada con lo que más quería su corazón, que era la resurrección de su hermano Lázaro, también nosotros, confiando en Cristo Dios, le supliquemos y le imploremos por nuestros hermanos, por nuestros prójimos, sobre todo los que yacen “en sombras de muerte”, porque viven en pecado mortal -por lo que, a pesar de aparentar salud, sus almas en pecado están en estado de descomposición y apestan, así como lo hace un cadáver de varios días- y le supliquemos a Jesús, más que la vida corporal, la salvación eterna para estas almas de nuestros prójimos. Por último, junto a Santa Marta, profesemos a Jesús nuestro amor de amistad y nuestra fe en su condición divina, diciéndole a Jesús en la Eucaristía: “Yo creo que Tú eres el Hijo de Dios”.
        


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