San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 22 de julio de 2015

La verdadera devoción a San Expedito


         Cuando un santo nos concede un favor que hemos solicitado, lo hace por permisión divina y con el poder divino. Ahora bien, cuando Dios obra de esta manera, a través de sus santos, esto es, concediéndonos los favores que pedimos, no lo hace para que solamente obtengamos favores de este santo particular –en este caso, San Expedito-. La intención de Dios, al concedernos favores por medio de sus santos, es que conozcamos al santo y lo imitemos en sus virtudes, para que también nosotros alcancemos la santidad. Es decir, lo que Dios busca, al darnos lo que le pedimos, no es simplemente “dar” lo que hemos pedido, sino que quiere sepamos de la vida del santo, para imitarlo y alcanzar la santidad y la vida eterna.
         ¿Qué mensaje de santidad nos transmite San Expedito?
         Para saberlo, debemos contemplar, con los ojos de la fe, la imagen de San Expedito, que lo retrata en el momento más importante de su vida: la conversión del corazón a Jesucristo. En efecto, San Expedito era un soldado romano, pagano, y como tal, tenía su corazón alejado de Dios y apegado a las cosas de la tierra, como todos los paganos. Sin embargo, un día, recibió una gracia extraordinaria de parte de Jesucristo: era la gracia de la conversión y esa gracia provenía de la Santa Cruz de Nuestro Señor Jesús, y esa es la razón por la cual San Expedito aparece con una cruz blanca en su mano derecha. Por esta gracia, Jesucristo le concedía a San Expedito la posibilidad de abandonar su vida anterior, oscura y tenebrosa, vivida a la sombra del paganismo, para comenzar a vivir bajo la luz radiante de la gracia divina, que brota del Corazón traspasado de Jesús en la cruz. Para ser fiel a la gracia concedida, San Expedito debía responder de modo inmediato, sin dilaciones: por ese motivo, la cruz blanca de San Expedito tiene la inscripción en latín “Hodie, que traducido al español significa “hoy”. San Expedito debía aceptar la gracia de la conversión en el acto.
Pero sucedió que en el mismo momento en que le fue concedida esta gracia, a San Expedito se le apareció el demonio en forma de cuervo –y ésa es la razón por la cual se lo retrata con un cuervo bajo su pie derecho-, el cual, sobrevolando en círculos concéntricos, cada vez más cerca del santo, le repetía con su voz gutural: “Cras, cras, cras”, que traducido del latín significa: “Mañana, mañana, mañana”. Es decir, el demonio trataba de seducir a San Expedito, con la tentación de postergar su conversión del paganismo al cristianismo, para “mañana”; hoy podía seguir siendo pagano, podía continuar con su vida alejada de Dios, con sus pecados habituales: ya habría tiempo de convertirse “mañana”. Mientras decía esto, el demonio, que es muy inteligente debido a su naturaleza angélica y la conserva a su inteligencia, a pesar de ser un ángel caído -pero que comparado con la Sabiduría divina no pasa de ser un tonto solemne-, había dejado de volar en círculos alrededor de San Expedito, y se acercó, desprevenido –todavía en forma de cuervo-, hasta San Expedito, quedando al alcance de sus pies.
A San Expedito, entonces, se le presentaban dos opciones: o la conversión inmediata, urgente, a Jesucristo, abandonando su vida de pagano, para comenzar a vivir bajo la luz de la cruz de Jesús, o seguir con su oscura vida de pagano, postergando la conversión para un incierto “mañana” -que no sabemos si llegará, porque podemos morir esta noche- y quedando bajo las garras y las oscuras alas del Ángel caído. San Expedito, al ver estas dos posibilidades, no dudó ni un instante, y de las dos posibilidades, eligió a Jesucristo; entonces, animado por una fuerza sobrenatural que provenía del crucifijo que sostenía en su mano derecha, y con un movimiento rapidísimo de su pie, aplastó al demonio en forma de cuervo, con la fuerza de Jesucristo, al tiempo que decía: “Hodie! ¡Hoy! ¡Hoy, ahora, y no mañana, me convierto a Jesucristo y abandono la vida de pagano, vida de pecados, de mentiras, de violencias, de avaricia, de satisfacción de los placeres terrenos! ¡Hoy, ahora, comienzo a vivir la vida nueva de los hijos de Dios, la vida de la gracia, la vida que brota del Corazón traspasado de Jesús y me comunica su Amor, el Espíritu Santo, que me conduce al Padre!”.
Es esto, entonces, lo que tenemos que pedirle a San Expedito, como devotos suyos: la gracia de la conversión urgente, sin dilaciones, en el ahora inmediato, en el “ya” que estamos viviendo, a Jesucristo, y abandonar para siempre a nuestro hombre viejo. Para eso nos concede Dios los favores a través de sus santos, en este caso, San Expedito.


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