San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

sábado, 11 de julio de 2015

San Benito Abad y la cruz


         Uno de los legados más preciados de San Benito Abad es su famosa “Cruz de San Benito”. Analicémosla, para conocer a fondo el significado y el valor de tan precioso legado.
         “Crux Sancta sit mihi lux”: “La Cruz Santa sea mi luz”. La cruz es luz, porque el que pende de la cruz, es Jesucristo, el Hombre-Dios, y Él luz, porque es “Dios de Dios, Luz de Luz”. Jesucristo es luz, pero no luz natural, como la del sol, ni artificial, como la luz eléctrica o la luz de las velas; Él es luz divina, eterna, sobrenatural, inaccesible; Él es luz viva, que concede la vida eterna a quien ilumina, porque su luz brota de su Ser trinitario divino y ésa es la razón por la cual, quien es iluminado por Jesucristo desde la cruz, no solo se ve libre de toda tiniebla –“quien vive en Mí no vivirá en tinieblas”, dice Jesús-, sino que se ve iluminado por Cristo, “Luz del mundo”, y al ser iluminado por Él, recibe de Él toda su vida, que es la Vida del Ser divino trinitario. En el cielo, los ángeles y santos, que habitan en la Jerusalén celestial, son iluminados por la “Lámpara de la Jerusalén celestial”, la luz que brota del seno del Cordero de Dios, Jesucrsto. Ésa es la razón por la cual el cristiano se aferra a la cruz de Cristo y proclama: “Crux Sancta sit mihi lux”: “La Cruz Santa sea mi luz”, para que sea la luz, que brota de la cruz de Jesús, la que ilumine sus días de existencia terrena, para que continúe iluminándolo y vivificándolo por toda la eternidad, en la otra vida, en el Reino de los cielos.
         “Non draco sit mihi dux”: “No sea el Dragón mi guía”. El Dragón es el Demonio; el cristiano tiene un solo Conductor, que lo conduce al cielo por el Camino Real de la Cruz, el Via Crucis, y ése es Jesucristo, el manso Cordero de Dios; el cristiano rechaza, con todas sus fuerzas, que el Dragón infernal sea su guía, su conductor, porque el Dragón conduce a las almas por un camino ancho, sin dificultades, que finaliza en una puerta ancha, una puerta que no es otra puerta que la puerta del Infierno, por lo que, al abrirse esta puerta, las almas se precipitan sin remedio hacia el Abismo de fuego, del cual no se sale. El camino, ancho y espacioso, por el cual el Demonio conduce a las almas, es un camino fácil de recorrer, porque consiste en dar rienda suelta a las pasiones, satisfaciéndolas a todas, sin dar cuentas a nadie, y mucho menos a Dios; el camino por el que guía el falso conductor, que es la Serpiente Antigua, Satanás, es fácil, de recorrer, porque consiste en cumplir el Primer Mandamiento de la ley satánica: “Haz lo que quieras”, y es así como las almas, desprevenidas, olvidándose de los Mandamientos de la Ley de Dios, cumplen su propia voluntad, que es ya voluntad de condenados, en anticipo, porque nadie puede salvarse fuera de la Voluntad de Dios, expresada en sus Mandamientos. El Dragón, como conductor falso, conduce a las almas por un camino ancho, espacioso, fácil de recorrer, espaciado, en el que todo son risotadas, carcajadas, despreocupación de deberes de estado y de observancia de los Mandamientos divinos, para cumplir la propia voluntad, pero al final de este ancho y espacioso camino, se encuentra una puerta, también ancha, la Puerta del Infierno, que al abrirse, lleva a la precipitación de todos los que transitaron por el camino de la Bestia, del Falso Profeta, del Anticristo y del Demonio. Es por esto que el cristiano, aferrándose a la Cruz Santa de nuestro Salvador Jesucristo, rechaza rotundamente que el conductor de su alma sea la Serpiente Antigua, Satanás, y proclama, desde lo más profundo de su corazón, que el Demonio jamás será su conductor, porque el cristiano sabe que el camino ancho y espacioso lleva a la puerta ancha, que conduce a la eterna perdición, y aferrado a la cruz de Jesús, el cristiano exclama: “Non draco sit mihi dux”.
         “Vade retro Satana”: “Retírate Satanás”. Iluminado por la luz del Espíritu Santo, que le da a conocer todas estas cosas, el cristiano, aferrada cada vez más fuertemente a la cruz de Nuestro Salvador, conjura al Demonio a que se retire de su vida y que se vuelva a los infiernos, para que no salga de ahí nunca jamás, para que deje de engañar a las almas de los hombres. El cristiano empuña la cruz del Salvador y así, hace frente a la Serpiente Antigua, la cual retrocede ante la fuerza divina que surge, potentísima, del crucifijo, haciéndolo retroceder. Jesús había dicho en el Evangelio: “Las fuerzas del Infierno no prevalecerán sobre mi Iglesia”, y así se cumplen, de esta manera, las palabras de Jesús. Pero todavía más, no solo no prevalecen sobre su Iglesia, sino que la fuerza de la cruz de Jesús es tan poderosa, porque es la fuerza del mismo Dios, que arrincona al Demonio en el Infierno, hasta su última madriguera, llenándolo de espanto y de pavor, pues hasta ahí, hasta el último rincón del Infierno, llega el poderosísimo influjo de la cruz de Jesucristo.
         “Nunquam suadeam mihi vana”: “No me aconsejes cosas vanas”. El cristiano que ama la cruz de Jesús, tiene el oído adiestrado para escucha la sibilina y serpentina voz del Demonio, que le aconseja cosas vanas: ira, gula, pereza, soberbia, mentira, lujuria, rebelión contra los Mandatos divinos, cumplimiento de la propia voluntad antes que la voluntad de Dios, desprecio de la cruz, soberbia en lugar de humildad, ira en vez de mansedumbre, corazón de lobo en vez de corazón de cordero, para que el cristiano no tenga un corazón a imitación del Cordero de Dios, Jesucristo. El cristiano, en vez de dejarse aconsejar por los venenosos consejos del Demonio, escucha la voz del Pastor de las ovejas, Jesucristo y, reconociéndola, obedece en el Amor todo lo que Jesús le dice: ama a tus enemigos, bendice a los que te persiguen, da de tu pan al hambriento, imita mi Corazón, manso y humilde, obra la misericordia para con los más necesitados, y así alcanzarás el Reino de los cielos.
         “Sunt mala quae libas”: “Es malo lo que sirves”. El Demonio sirve manjares terrenos y placeres carnales, y así se cumple lo que dice la Escritura: “El que siembra en el cuerpo, cosecha corrupción”. El Demonio, mona de Dios, sirve un banquete a sus seguidores, o a quienes quiere seducir, y ese banquete está compuesto por toda clase de manjares terrenos, pero que solo sirven para estimular la gula y para estimular las pasiones más bajas del hombre; el Demonio lo hace con el objetivo de hacer caer al hombre, por medio del pecado de la gula y por medio del pecado carnal, y así convertirlo en fácil presa suya para que, al momento de la muerte, pueda llevárselo consigo al Abismo del que no se retorna. Por el contrario, Jesucristo sirve un manjar celestial, un manjar no preparado en ningún lugar de la tierra, sino en el cielo; un manjar super-substancial, un manjar delicioso, un manjar de ángeles, preparado exclusivamente para las almas de más exquisito paladar: Carne de Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo; Pan Vivo bajado del cielo, cocido en el horno ardiente de caridad, que es el seno de la Virgen Madre, la Iglesia Católica, la Eucaristía; y Vino de la Alianza Eterna, la Sangre del Cordero de Dios, que brota de su Corazón traspasado en la cruz; todo, aderezado con hierbas amargas, las hierbas amargas de la tribulación, que no pueden faltar nunca a quienes son verdaderos hijos de Dios; el banquete se come de rodillas y se reciben los manjares en la boca, y se agradecen al cielo en profundo recogimiento y agradecimiento a Dios Padre por tan exquisito manjar. Si lo que sirve el Demonio, mona de Dios, en los banquetes terrenos y lujuriosos del mundo es malo y, más que malo, pésimo, lo que sirve Dios Padre en su banquete escatológico, la Santa Misa, la Carne asada del Cordero de Dios, el Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, es un manjar tan delicioso, que no bastan eternidades de eternidades, para degustar su exquisito y sublime sabor celestial, desconocido por completo en la tierra.
         “Ipsae venena bibas”: “Bebe tú tus mismos venenos”. Todos los venenos espirituales que el Demonio prepara para las almas, para hacerlas caer en el pecado mortal, en la desesperación y finalmente en el infierno, se vuelven contra él y los termina bebiendo él, porque los cristianos, aferrados a la cruz de Jesús, saben que beber de esos venenos, es condenarse no solo a una muerte física, sino, lo peor de todos, a una muerte eterna. Y Jesucristo ha venido, como dice el Misal Romano, a librarnos de la “eterna condenación”: “Líbranos de la condenación eterna”, pedimos en la Santa Misa, en la Plegaria Eucarística I del Misal Romano. Es por esto que, lejos de beber los pestilentes y asquerosos brebajes venenosos del Demonio, los cristianos, que amamos a Jesús, bebemos su Preciosísima Sangre, la Sangre que brota de sus heridas, de su Cabeza coronada de espinas, de sus manos y pies traspasadas por gruesos clavos de hierro y de su Costado perforado por la lanza del soldado romano, porque esta Sangre es recogida por los ángeles en cálices de oro y es vertida luego en los cálices de cada una de las Santas Misas –renovación incruenta del Santo Sacrificio del altar-, para que su preciosísimo contenido sea libado y derramado en los corazones que aman al Cordero de Dios.

         Por todas estas maravillas, los cristianos amamos la Santa Cruz de San Benito Abad.

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