San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 22 de julio de 2015

Santa María Magdalena: del llanto de la muerte a la alegría de la Resurrección


“Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20,1-2.11-18). María Magdalena, de quien Jesús había expulsado “siete demonios”, va temprano al sepulcro, movida por el amor que le tenía a Jesús, como lo dice San Gregorio Magno[1]. No se resignaba a su muerte y su amor ardiente, es el que la conduce hasta el sepulcro, para estar más cerca de su Señor, aunque sea de su cuerpo muerto y frío. Al llegar, nota con sorpresa que la piedra del sepulcro había sido removida y, al asomarse al interior del sepulcro, observa que el Cuerpo de Jesús ya no está, y esto le produce una profunda tristeza; tanta, que comienza a llorar. Es en ese momento en el que dos ángeles le preguntan por la causa de su llanto: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Y María Magdalena responde, sumergida en la tristeza: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto”. En ese momento, Jesús se le aparece y le hace la misma pregunta que le habían hecho los ángeles: “Mujer, ¿por qué lloras?”. María Magdalena, confundiendo a Jesús con el cuidador del jardín, le dice, pensando que es él quien ha trasladado el Cuerpo de Jesús a otro lugar: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo iré a buscarlo”. Como dice San Gregorio Magno, era el “intenso amor ardiente” que María Magdalena experimentaba por su Salvador, lo que la llevaba a buscar al que no encontraba, pero ahora que lo encuentra, no lo reconoce. Reconocerá a Jesús, es decir, su mente y su corazón se abrirán a la luz de Jesús resucitado, cuando Él la llame por su nombre, tocando con su palabra la raíz más profunda del acto de ser de María Magdalena: “¡María!”. En ese mismo instante, iluminada desde lo más profundo de su ser, sus sentidos espirituales son plenificados por la gracia santificante y así se vuelve capaz de reconocer con su mente y de amar con su corazón a Jesús resucitado y, reconociéndolo, le dice: “¡Rabboní!”, que significa “maestro”. Al reconocerlo ya como al Hombre-Dios resucitado, y al contemplarlo en la gloria de su Resurrección, María Magdalena se arroja a sus pies para adorarlo. Luego Jesús le encomienda a María Magdalena la misión más importante de su vida, que será la misión de la misma Iglesia, que vaya a anunciar a los demás que Él ha resucitado: “Ve a decir a mis hermanos: subo a mi Padre y Padre de ustedes; a mi Dios y Dios de ustedes”.
“Mujer, ¿por qué lloras?”. Es de destacar que tanto los dos ángeles, como el mismo Jesús, dirigen a María la misma pregunta: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Y la causa del llanto de María Magdalena es que busca a Jesús, pero a un Jesús muerto: María va al sepulcro a buscar a un Jesús que no existe, porque el Jesús muerto del Viernes Santo, ya no está más en el sepulcro, el Domingo de Resurrección, porque ha resucitado. La causa del llanto de María Magdalena es que ha olvidado las palabras de Jesús, de que Él resucitaría “al tercer día” y por esta razón, busca a un Jesús que no existe. Eso sucede cuando racionalizamos la fe y oscurecemos así la luz de la gracia: sólo la luz de la gracia, que ilumina nuestra fe, nos hace capaces de contemplar a Jesús resucitado. De manera análoga, muchos en la Iglesia, tienen la fe de María Magdalena antes del encuentro con Jesús resucitado: buscan a un Jesús que no existe, creen en Jesús, pero en un Jesús muerto el Viernes Santo, pero que no ha resucitado y que mucho menos, prolonga y actualiza su misterio pascual, en la Eucaristía, porque no creen que Jesús resucitado esté, en Persona, con su Cuerpo y Alma humanos glorificados, en el Santo Sacramento del altar. Y porque no creen ni en Jesús resucitado ni en su Presencia gloriosa en la Eucaristía, frente a las tribulaciones, se derrumban como María Magdalena, sin saber dónde está Jesús.
Es por eso que debemos pedir la gracia de la fe: “Señor, auméntanos la fe” (Lc 17, 5), la fe en Cristo muerto y resucitado, que prolonga su misterio pascual en la Eucaristía. Como María Magdalena luego del encuentro con Jesús, también nosotros debemos ir a anunciar a nuestros hermanos que Jesús ha resucitado y que por eso el sepulcro está vacío, pero nuestro anuncio no se detiene en el hecho de que Jesús sólo ha resucitado y ha dejado el sepulcro vacío, porque su Cuerpo muerto ya no está más allí, tendido sobre la loza fría sepulcral: debemos anunciar que Jesús ha dejado el sepulcro vacío, para ir a ocupar los altares y los sagrarios, con su Cuerpo glorificado, en la Eucaristía. A diferencia de María Magdalena, que “no sabía dónde estaba el Cuerpo del Señor”, nosotros sí sabemos dónde está el Cuerpo de Jesús glorificado: en la Eucaristía, en los altares, en los sagrarios, y es allí adonde debemos ir a adorarlo.



[1] De las Homilías de san Gregorio Magno, papa, sobre los Evangelios; Homilía 25, 1-2. 4-5: PL 76, 1189-1193.

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