San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 23 de julio de 2015

Santa Brígida de Suecia



Santa Brígida de Suecia, Patrona de Europa, recibió abundantes locuciones y apariciones de Nuestro Señor Jesucristo, las cuales fueron puestas por escrito por la santa, y compiladas en un libro que se llama: “El Libro de las revelaciones celestiales”.
En el Capítulo 1 de dicho libro, Nuestro Señor se refiere a Santa Brígida como “su elegida y muy querida esposa”, le dice quién Es, le relata su Encarnación, condena la violación profana y el abuso de confianza que hacemos de nuestra fe y bautismo, e invita a su “querida esposa” a que lo ame.
Jesús comienza sus alocuciones a Santa Brígida relatando su origen divino y su Encarnación por obra del Amor de Dios en el seno de María Virgen, comparando su admirable y prodigiosa Encarnación con la de un rayo de sol que atraviesa un cristal -al igual que los Padres de la Iglesia- y relatando además que asume nuestra naturaleza, pero no por eso deja de ser Dios: “Yo soy el Creador del Cielo y de la tierra, uno en divinidad con el Padre y el Espíritu Santo. Yo soy el que habló a los profetas y patriarcas, y a quien ellos esperaban. Para cumplir sus deseos y de acuerdo con mi promesa, tomé carne sin pecado ni concupiscencia, entrando en el cuerpo de la Virgen, como el brillo del sol a través de un clarísimo cristal. Igual que el sol no daña al cristal entrando en él, tampoco se perdió la virginidad de mi Madre cuando tomé la humana naturaleza. Tomé carne pero sin abandonar mi divinidad”[1].
Luego relata de qué manera Él, siendo Dios, se encarnó en la Virgen, y siguió siendo Dios en el seno de María –en la etapa gestacional, desde cigoto, pasando por embrión, hasta el Niño de nueve meses y compara a esta unión de la divinidad con su humanidad, a la unión del fuego con el resplandor: “No fui menos Dios, todo lo gobernaba y abastecía con el Padre y el Espíritu Santo, pese a que, con mi naturaleza humana, estuve en el vientre de la Virgen. Igual que el resplandor nunca se separa el fuego, tampoco mi divinidad se separó de mi humanidad, ni siquiera en la muerte”. Jesús le dice a Santa Brígida que inmediatamente después de la Encarnación, deseó sufrir la Pasión; es decir, adquirió un Cuerpo para que sea sacrificado en la cruz, por nuestra salvación: “Lo siguiente que deseé para mi cuerpo puro y sin mancha fue ser herido desde la planta de mis pies hasta la coronilla de mi cabeza, por los pecados de todos los hombres, y ser colgado en la Cruz”. Y ese mismo Cuerpo, que fue crucificado en el Monte Calvario, se ofrece ahora, por la Santa Misa, en la Eucaristía, para poder Él ser adorado y amado cada día más: “Ahora mi cuerpo se ofrece cada día en el altar, para que las personas puedan amarme más y recordar mis favores con más frecuencia”[2]. Pero luego se queja amargamente no solo por el abandono e indiferencia hacia su Presencia sacramental, que recibe de parte de los cristianos, sino porque estos, despreciándolo en su condición de Rey, que quiere reinar en los corazones de los hombres, han elegido al demonio por su amo y señor: “Ahora, sin embargo, estoy totalmente olvidado, ignorado y despreciado, como un rey desterrado de su reino en cuyo lugar ha sido elegido un perverso ladrón al que se colma de honores. Yo quise que mi reino estuviera dentro del ser humano, y por derecho yo debería ser Rey y Señor de él, dado que Yo lo creé y lo redimí. Ahora, sin embargo, él ha roto y profanado la fe que me prometió en el bautismo. Ha violado y rechazado las leyes que establecí para él. Ama su propia voluntad y despectivamente se niega a escucharme. Encima, exalta al más malvado de los ladrones, el demonio, por encima de mí y en él deposita su fe”[3].
Jesús le dice que no rechazará a quien, arrepentido, se vuelva a su Misericordia, pero quienes persistan en su alejamiento voluntario, les aplicará su Justicia Divina, porque es como Él mismo le dijo a Santa Faustina: “Quien no quiera pasar por mi Misericordia, pasará por mi Justicia” y quienes lo desprecien, se lamentarán de haberlo hecho. Dice así Jesús: “Pese a que ahora soy tan menospreciado, aún soy tan misericordioso que perdonaré los pecados de cualquiera que pida mi misericordia y se humille a sí mismo, y lo liberaré del perverso ladrón. Pero aplicaré mi justicia sobre aquellos que perseveren en menospreciarme, y los que la oigan temblarán, mientras que los que la experimenten dirán: ‘¡Ay de nosotros, que fuimos nacidos o concebidos! ¡Ay, que hemos provocado la ira del Señor de la majestad!’”[4].
Por último, Jesús le habla a Santa Brígida, animándola a que lo ame “más que a cualquier cosa en el mundo”, puesto que Él ha sufrido la Pasión por su amor, y que si esto hace, se gozará y alegrará “por toda la eternidad”: “Pero tú, hija mía, a quien he elegido para mí y con quien hablo en el Espíritu, ¡ámame con todo tu corazón, no como amas a tu hijo o a tu hija o a tus padres sino más que cualquier cosa en el mundo! Yo te creé y no evité que ninguno de mis miembros sufriera por ti. Aún amo tanto a tu alma que, si fuera posible, me dejaría ser de nuevo clavado en la cruz antes que perderte. Imita mi humildad: Yo, que soy el Rey de la gloria y de los ángeles, fui vestido de pobres harapos y estuve desnudo en el pilar mientras mis oídos oían todo tipo de insultos y burlas. Antepón mi voluntad a la tuya porque mi Madre, tu Señora, desde el principio hasta el final, nunca quiso nada más que lo que yo quise. Si haces esto, entonces tu corazón estará con el mío y lo inflamaré con mi amor, de la misma forma que lo árido y seco se inflama fácilmente ante el fuego (...) Si crees en mis palabras y las cumples, ni el gozo ni la alegría te faltarán jamás en toda la eternidad”[5].
Ahora bien, puesto que las palabras dichas a Santa Brígida se aplican a toda alma, debemos tomarlas como dichas también a nosotros; por lo tanto, hagamos el propósito de no solo no dejar a Jesús Eucaristía en el abandono y la indiferencia, sino de adorarlo y amarlo cada vez más en su Presencia Eucarística, para que Él sea el único Rey de nuestros corazones, en el tiempo y en la eternidad.




[1] Cfr. Santa Brígida de Suecia, El Libro de las Revelaciones celestiales, Capítulo 1.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

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