San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 21 de julio de 2014

María Magdalena y la alegría de la Resurrección


         María Magdalena es el ejemplo de cómo el encuentro personal con Jesús cambia radicalmente la vida de una persona, pero no en el mero sentido existencial; María Magdalena es un ejemplo de cómo su encuentro personal con Jesús da un giro decisivo a su vida, tanto en el tiempo, como en la eternidad. En el tiempo, porque el encontrarse con Jesús, le significa a ella no solo el salvar doblemente la vida –puesto que Jesús la salva de ser lapidada y además le perdona los pecados, es decir, le salva la vida temporal, terrena, y le devuelve la vida del alma, al sacarla del estado de pecado mortal, expulsándole los demonios- y el ser liberada de sus enemigos, naturales y preternaturales –los fariseos, que querían lapidarla, y los demonios, que habían poseído su cuerpo-, sino que le significa también el inicio de una nueva vida, una vida absolutamente distinta, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, la vida concedida solo por Jesucristo, la vida que comienza precisamente a partir del encuentro personal con Él, y es una vida que comienza en el tiempo y que continúa por toda la eternidad, si el alma es fiel a la gracia.
Los últimos atisbos de la vida terrena y pasada de María Magdalena, anteriores al encuentro con Jesucristo, caracterizados por la tristeza y el llanto que producen la perspectiva de la muerte sin la resurrección, se dan momentos antes de su encuentro con Jesús resucitado (cfr. Jn 20, 11ss): allí, María Magdalena llora porque si bien su vida ha experimentado el encuentro con Jesús, todavía no conoce la alegría de la Resurrección; todavía le falta experimentar el triunfo de Jesús sobre la muerte y la alegría que brota de Jesús resucitado, y es por eso que llora desconsoladamente, ante la posibilidad de no volver a ver más -según su pensamiento-, a Jesús. Pero este pensamiento oscuro, causa de su tristeza y de su llanto, desaparecerán para siempre cuando Jesús resucitado se le manifieste con todo su esplendor, no solo a sus ojos corporales, sino ante todo a su alma, haciéndole ver la majestuosidad de su humanidad glorificada por la divinidad y transfigurada por la gloria divina, comunicándole la alegría de la Resurrección, una alegría que no pertenece a este mundo, y que hace que el alma no quepa en sí de gozo y de admiración. Ahora bien, lo más importante es que esta alegría que experimenta María Magdalena, al contemplar a Cristo resucitado en el jardín, es solo el inicio de una alegría que no habría de finalizar nunca jamás, puesto que no se trata de una alegría pasajera, ocasional, sino que se trata de la alegría de la resurrección, y por lo tanto, es la alegría que se vive en los cielos, en la eternidad, porque es la alegría que se deriva del Ser trinitario de Jesucristo, Ser que es eterno y por lo mismo, no finaliza jamás.
El encuentro personal de María Magdalena con Jesucristo, cambia entonces radicalmente la vida de María Magdalena, no solo porque en su vida terrena la libra de sus enemigos –los fariseos y los demonios-, y no solo porque le concede la vida de la gracia, sino porque, por la gracia, la conduce a la vida eterna, y el episodio de la alegría de la resurrección, es solo el preludio de la alegría eterna, sin fin, que María Magdalena habría de experimentar por toda la eternidad.

Por lo tanto, María Magdalena es ejemplo para todo cristiano, porque todo cristiano debe experimentar el encuentro personal con Jesús, el encuentro que cambiará su vida, tanto en el tiempo, como en la eternidad. Ahora bien, María Magdalena lo encontró en el jardín; el cristiano lo encuentra, al mismo y único Jesucristo, igualmente resucitado y glorioso, en la Eucaristía, desde donde también comunica la alegría de la Resurrección.

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