San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 7 de junio de 2013

Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, fuente inagotable del Amor divino


         Si Jesús es Dios Hijo y en cuanto Dios Hijo, es la Sabiduría Divina, ¿no sería más adecuado que se manifestara como la “Inteligencia Suprema del Universo”, o algún título parecido? ¿Por qué elige el Corazón para su manifestación? ¿Acaso no es un atributo inferior en el hombre, toda vez que se identifica al corazón con la sensibilidad?
La respuesta nos la dan dos de los más grandes doctores de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino y San Agustín, para quienes el corazón, en el hombre, es el símbolo del amor, pero no solo es el símbolo, sino también es la sede del amor, con lo cual quieren significar que el corazón es “el todo del hombre”.
Veamos de qué manera.
Dice Santo Tomás que el corazón es “el principio de todas nuestras acciones”, y San Agustín, por su parte, afirma que es “el principio de todos los actos de nuestra vida”, y el motivo es que el corazón es la sede del amor y es el amor –a alguien, a algo- lo que constituye el motor, el impulso, que nos empuja a conseguir aquello que amamos; el amor es como un peso que hace inclinar el alma entera y la hace dirigir hacia un fin determinado[1]. Para Santo Tomás y para San Agustín, el amor, cuya sede es el corazón, es el motor de nuestras acciones, y así, según sea aquello que amemos, así será nuestro movimiento, el movimiento de todo nuestro ser, de toda nuestra alma, de todas nuestras potencias, dirigidos a conseguir aquello que amamos. No en vano el mandamiento más importante está formulado en este sentido: “Amarás a Dios con toda tu alma, con todo tu ser, con todo tu corazón”. Es decir, amarás a Dios con todo tu amor o, lo que es lo mismo, con todo lo que eres y con todo lo que tienes: con todo tu ser, con toda tu inteligencia, con todo tu amor, con todas tus obras. El amor es un motor que pone en funcionamiento al ser mismo y, con el ser, todas las potencias del alma que del ser emanan. El amor es el motor y al mismo tiempo el combustible, sin el cual el movimiento del hombre hacia un fin es imposible. Solo cuando el hombre experimenta amor -por algo o por alguien-, es capaz de moverse a sí mismo. Por supuesto que muchas veces ama algo o alguien que solo le provoca daño y en lo cual jamás encontrará su felicidad, porque no es el objeto adecuado para su amor, pero lo que nos interesa considerar aquí es que, más allá de que el objeto de su amor sea adecuado o no, le conceda felicidad o no, el amor será siempre el motor y el combustible de su movimiento, y determinará todo en el hombre: sus pensamientos, sus deseos, sus palabras y su obrar. El amor, cuya sede es el corazón, y por lo tanto está simbólicamente representado en el corazón en cuanto órgano físico, es una fuerza dinámica cuya energía se imprime a todo el ser del hombre y lo pone en movimiento, haciéndolo obrar en la dirección necesaria para obtener aquello que ama, y lo hace con tanta intensidad, que nada lo detiene y ningún sacrificio es obstáculo para conseguir lo que ama, incluso es capaz de sacrificarse hasta la muerte.
El amor es como un foco o punto central en el hombre, en donde todo converge: la inteligencia, la voluntad, los afectos, los sentimientos. Todo pasa por el amor: la inteligencia contempla su objeto, la imaginación lo embellece, la memoria solo conserva recuerdos buenos, la voluntad solo desea lo que ama, las potencias operativas se disponen a conseguir aquello que ha sido contemplado en el amor.
Este es el motivo por el cual se dice que “el amor lo es todo para el alma, como el corazón lo es todo para el cuerpo”[2]. Esto es lo que lleva a San Agustín a afirmar que el hombre es lo que ama: “Amas la tierra, eres tierra; sois dioses, si amáis a Dios”[3].
         Llegados aquí, podemos entonces responder a las preguntas del inicio: si el corazón –y el amor, cuya sede es- es “el todo del hombre”, lo es también en el Hombre-Dios y tanto más en Él, que en cuanto Dios,  “es Amor” (1 Jn 4, 16). El hombre es imagen de Dios, y si en el hombre el corazón y el amor lo es todo, así también en Dios, cuya imagen refleja. Jesús se manifiesta como el Sagrado Corazón porque en Él todo es Amor, Amor Puro, Perfecto, en Acto Puro de Ser; Amor eterno, Amor inagotable, incomprensible, celestial, Amor que ama con locura a la humanidad toda, Amor por la humanidad que no vacila en dar la vida en el santo sacrificio de la Cruz, para salvarla y conducirla a sí mismo; Amor que se hace Carne gloriosa y resucitada en cada Eucaristía; Amor que se dona todo entero, sin reservas, en la Sangre que brota del Sagrado Corazón traspasado por la lanza y que se recoge, cada vez, en el cáliz de la Santa Misa, para ser libado por los corazones que aman a Dios Uno y Trino.
         Al manifestarse como el Sagrado Corazón, Dios Hijo nos revela que todo lo que Él es, Amor en Acto Puro de Ser, lo ha llevado a dar la vida en la Cruz por nuestra salvación y por nuestro amor y que nada más que nuestro amor y nuestra salvación quiere para nosotros. Es por eso que le dice a Santa Margarita: “He aquí el Corazón que tanto ha amado a los hombres”, pero luego también el amargo reproche: “y solo ha recibido de ellos ingratitud, indiferencia, desprecios y ultrajes”. Amemos al Sagrado Corazón –“el Amor no es amado”, decía Santa Teresa de Ávila-, y de manera tal, que al menos de nosotros no tenga que quejarse de la frialdad y dureza del corazón de los hombres; amemos al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús con todas las fuerzas de nuestro pobre corazón, y que el Amor del Sagrado Corazón sea el motor, el combustible, el impulso y la fuerza que ponga en movimiento todo nuestro ser, en el tiempo y en la eternidad.




[1] Amor meus, pondus meum; quocumque feror, amore feror. (S. Agustín Confes. 13, 10).
[2] Diligcs Dominum, etc... Diligcs proximum, etc... in his duobus mandatis universa lex pendet et prophetae. (S. Mat 22, 37.39.405 Hoc est enim omnis horno. (Eccl. 12, 13).
[3] Terra diligis? terra cris. Deum diligis? Deus cris. Non audeo dicere ex me, Scriptu­ram audiamus. (Ps. 81,6; Ego dixi; Dii estis, et Filii Altissimi omnes. (S. Agustín, in Epist la Sti Joan., tract. II, n. 14, t. 111, p. 1997).

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