San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

martes, 30 de abril de 2013

San José, obrero




         ¿Por qué motivo San José es Patrono de los trabajadores? ¿Por qué tuvo él que trabajar? ¿No podría haber sido dispensado del trabajo, para dedicarle más tiempo a la crianza y educación de su Hijo Jesús? 
       Siendo San José el padre adoptivo de Jesús, llama la atención el hecho de que haya tenido que trabajar –y duramente- toda su vida, hasta el momento de la muerte. De hecho, según la Tradición, San José muere de una neumonía a causa del frío tomado en una tormenta de nieve en la que se ve envuelto, al asistir a un trabajo que le había sido encargado en un pueblo vecino.
         El hecho llama la atención porque si San José es el padre adoptivo, casto y virgen, de Jesús de Nazareth, y si su hijo es nada menos que el Hijo eterno de Dios Padre que se ha encarnado, al cual San José lo adopta para criarlo y educarlo en su vida terrena, se podría pensar que podría tener a su disposición por lo menos algunos centenares de los mejores ángeles, quienes con su obrar evitarían el trabajo de San José, proveyéndole a él y a toda la Sagrada Familia de Nazareth todo lo necesario; incluso, esto le permitiría a San José dedicarle más tiempo a su Hijo Jesús, al no tener que estar tan dedicado al trabajo.
         Sin embargo, la realidad, como hemos visto, es totalmente distinta: San José tuvo que trabajar duramente toda su vida, muriendo incluso en acto de trabajar. ¿Por qué?
         Porque el trabajo del hombre, es una imitación, al modo humano, del obrar de Dios Creador, que en la tarea de la Creación del mundo, es retratado de modo antropomórfico, como si fuera un hombre, que trabaja seis días y al séptimo día, con la obra ya concluida, descansa: “Y quedaron concluidos el cielo, la tierra y sus muchedumbres. Para el día séptimo había concluido Dios toda su tarea; y descansó el día séptimo de toda su tarea. Y bendijo Dios el séptimo día y lo consagró, porque ese día descansó Dios de toda su tarea de crear” (Gn 1, 31. 2, 3). Trabajar entonces es una actividad propia de Dios y cuando el hombre trabaja, lo imita. Pero como también es una consecuencia del pecado original, ya que a partir de entonces el hombre tiene que trabajar –“Ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra de la cual fuiste formado” (Gn 3, 19)-, Cristo asume esta realidad del trabajo para santificarla, como lo era antes del pecado original: “Yo trabajo, y mi Padre también trabaja” (Jn 5, 17). Puesto que el trabajo es algo propio de Dios, y si bien luego del pecado original ha sido asumido por Cristo Jesús para devolverle su santidad original, al quedar santificado por Jesús, el trabajo es algo a lo que Jesús nos exhorta: “Trabajad, no por el alimento que perece, sino por el Pan que da la vida eterna” (cfr. Jn 6, 27).
         El motivo entonces por el cual San José trabaja duramente a lo largo de su vida, es este: el trabajo del hombre, lejos de ser un castigo como consecuencia del pecado original, es una actividad que dignifica y enaltece al hombre porque de esta manera imita a su Dios, que lo ha creado por medio del trabajo, en el cual ha empleado a fondo su Omnipotencia, su Sabiduría divina, su Amor eterno, y es también imitación de Dios Hijo encarnado, que para salvarlo ha trabajado Él como carpintero, pero sobre todo ha realizado a la perfección el trabajo encargado por el Padre, la salvación de la humanidad, por medio del sacrificio de la Cruz. Y el trabajo del hombre, así santificado por la imitación de Dios Creador y de Cristo Salvador, se vuelve corredentor, porque este trabajo santificado está representado en la ofrenda del pan y del vino en la Santa Misa. En efecto, al ofrecerlos, el sacerdote dice: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros pan de vida”. Y al ofrecer el vino, el sacerdote dice: “Bendito seas, Señor, Dios del Universo, por este vino, fruto de la vid y del trabajo del hombre, que recibimos de tu generosidad y ahora te presentamos: él será para nosotros bebida de salvación”. El hombre que trabaja honestamente, y que busca la santificación en el trabajo -algo que será expuesto magistralmente por San Josemaría Escrivá de Balaguer-, está representado junto con su trabajo en la ofrenda del pan y del vino, y su trabajo se vuelve redentor del mundo, porque ese pan y vino, que se obtuvieron con su trabajo, se convertirán, por el poder del Espíritu Santo, en el Cuerpo y la Sangre del Señor.
         Por todos estos motivos, es que San José es Patrono de los trabajadores.



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