San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

viernes, 19 de abril de 2013

San Expedito, la Cruz y el cuervo



         En la imagen que lo representa, San Expedito se encuentra sosteniendo una cruz blanca, con la inscripción en latín “Hodie” (que significia “hoy”), y bajo su pie derecho, yace aplastado un cuervo negro que en su pico lleva una inscripción, también en latín, “cras” (que significa “mañana”).
         ¿Qué quiere decir esto?
         Quiere decir que es verdad aquello que la Biblia nos dice: “Delante del hombre están la vida y el bien, la muerte y el mal”; lo que él elija, eso se le dará” (Eclo 18, 17). A San Expedito, en un momento determinado de su vida, se le presentan el Bien –Jesús con su Cruz y su gracia santificante- y el Mal –el demonio, con sus tentaciones y su rechazo de la gracia-. Al santo se le presenta la oportunidad de elegir, y elige el Bien; elige a Jesús y su Cruz, y es por eso que se vuelve capaz de derrotar al enemigo de las almas, el demonio.
         Lo que le sucede a San Expedito, le sucede a todo hombre, todos los días, hasta el fin de sus días, hasta la muerte: a todo hombre se le da la oportunidad de elegir: o el Bien o el Mal; o Dios o el ángel caído; o Jesucristo o el Demonio. Ahora bien, ni uno ni otro –ni Dios ni el Diablo- obligan, porque el hombre ha sido creado “a imagen y semejanza de Dios”, y lo que más asemeja al hombre a Dios, es la libertad. Jesús, en el Evangelio, no nos obliga a seguirlo, puesto que dice: “Si alguien quiere seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga” (Lc 9, 23). Claramente, Jesús no nos obliga: “Si alguien quiere seguirme, que me siga”. Pero el seguimiento de Jesús implica la negación de uno mismo –negación de las pasiones, negación del enojo, la ira, la pereza- y el seguimiento por el camino del Calvario, que no es nunca un camino fácil, porque implica el cumplimiento de los Mandamientos de Dios, que inclinan al bien, y no los mandamientos de la propia voluntad, que inclinan al mal. 
El Camino de la Cruz es camino seguro, porque conduce indefectiblemente al cielo, pero no es fácil. “Si alguien quiere seguirme, que me siga”, dice Jesús, con lo cual vemos que no nos obliga a su seguimiento, como tampoco lo hace el demonio. El demonio no obliga a cometer el pecado; el demonio no obliga a ceder a la tentación; el demonio no obliga a cumplir sus mandamientos, los mandamientos de Satanás, el primero de los cuales es: “Yo hago lo que quiero”. El demonio se limita a presentarnos la tentación, así como el cazador presenta a la presa que quiere cazar, una trampa escondida debajo de un alimento apetitoso, sabroso, deleitable a la vista, pero no nos obliga, de ninguna manera, a que consintamos la tentación.
         El demonio solo presenta la tentación, pero jamás entra en el santuario de la libertad, que permanece inviolable y, como vemos, tampoco entra Dios. Dios es sumamente respetuoso de nuestra libertad, y por eso no nos obliga a su seguimiento; el demonio no entra, no porque sea respetuoso, sino porque Dios se lo impide.
Esto quiere decir que en nosotros permanece siempre la posibilidad de elegir: o el bien o el mal, o Dios o el ángel caído, o Jesucristo o Satanás, o la virtud o el pecado. A esto hay que agregar que siempre, indefectiblemente, contamos con la ayuda de la gracia, que nos auxilia para elegir el bien y para superar la tentación.
Cuando cometemos un pecado, es decir, cuando elegimos el mal en vez del bien, cuando elegimos al demonio en vez de Dios, cuando elegimos cumplir los mandamientos de Satanás en vez de los de Dios –los mandamientos de Satanás son los opuestos a los de Dios-, es porque libremente decidimos no contar con el auxilio de la gracia, y libremente decidimos rechazar los mandamientos de Dios, para cumplir los de Satanás.
Nadie puede decir: “Dios me abandonó en la tentación”, “Dios no me dio fuerzas para resistir y la tentación fue muy fuerte”, porque si alguien dice eso, miente con una mentira absoluta. Dios siempre asiste con su gracia para que elijamos el bien –de hecho, el solo hecho de desear elegir el bien significa que contamos con su gracia-; si terminamos eligiendo y obrando el mal, es porque libremente decidimos en contra de Dios.
Esta es la razón por la cual aquel que se condena, lo hace libremente; no es Dios quien, con un rayo fulminante, lo arroja al infierno; es la persona misma quien, libremente, decidió apartarse de Dios porque prefirió el mal y el pecado y no a Él, que es el Sumo y Perfecto Bien.
“Delante del hombre están la vida y el bien, la muerte y el mal”; lo que él elija, eso se le dará” (Eclo 18, 17). En todo momento de la vida nos ocurre lo de San Expedito: la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, entre Dios y el ángel caído, entre Jesucristo y Satanás, entre el pecado y la virtud. Debido a que es en nuestro prójimo en donde recaen nuestras decisiones, no hace falta que se nos aparezca el demonio como cuervo para saber si elegimos el bien o el mal; basta con que nos demos cuenta que nuestro prójimo es la medida para saber si estamos eligiendo a Dios o al diablo. Si somos misericordiosos con el prójimo, estamos eligiendo a Dios; si no somos misericordiosos, no estamos eligiendo a Dios, sino al Negro Cuervo del Infierno, el Demonio. El devoto de San Expedito debe pedirle, entonces, que le ayude a elegir siempre a Cristo y su Cruz.

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