San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

lunes, 29 de abril de 2013

San Pío V



         Elegido en el año 1566 como Sumo Pontífice, San Pío V gobernó en tiempos sumamente difíciles para la Iglesia, la cual afrontaba gravísimos desafíos internos y externos que amenazaban su existencia: desde el interior, la Iglesia veía amenazada su existencia espiritual, puesto que sufría la defección de muchos de sus propios hijos que, por medio de la violencia física y verbal, y encabezados por Lutero, pretendían una Reforma de sus mismos cimientos dogmáticos; San Pío V comprendió inmediatamente que de ser aplicada esta Reforma, en vez de “reformada”, la Iglesia quedaría tan “deformada”, que sería irreconocible como la Esposa Mística del Cordero, y así el Papa tuvo que enfrentar la Reforma Protestante organizando con mucho éxito la Contrarreforma Católica; en el plano externo, tanto la Iglesia como la cristiandad toda, veían amenazada su existencia física debido a la inminente invasión de los turcos otomanos: en caso de triunfar en la batalla, arrasarían la Europa cristiana, imponiendo por la violencia de las armas el Islam. Frente a tan grave peligro, San Pío V reunió una fuerza naval constituida por las escuadras pontificia, española y veneciana, que venció en la Batalla de Lepanto pese a contar con una desventaja de diez a uno en relación a los otomanos, y la razón del triunfo fue que el Sumo Pontífice la dotó de una poderosísima arma: el rezo del Santo Rosario. Otras acciones clamorosas del Papa fueron la reordenación del breviario y del Misal Romano y la imposición de la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino en las universidades católicas, hecho que dotaría a la intelectualidad católica de un instrumento valiosísimo para hacer frente a las numerosas herejías que aparecerían en el tiempo.
         Podríamos decir que los tiempos gravísimos de San Pío V se repiten hoy, al ser amenazada la Iglesia en sus bautizados por la más grande secta herética jamás conocida, la Nueva Era, New Age o Conspiración de Acuario. Esta secta no necesita de un reformador a la cabeza, como en tiempos de San Pío V; tampoco necesita de ejércitos, soldados, naves, o misiles, para destruir la Iglesia; esta secta utiliza un arma siniestra y letal que, al igual que una bomba de neutrones, que aniquila todo rastro de vida pero deja intacto los edificios materiales, se difunde por las mentes y corazones de los bautizados, aniquilando todo rastro de vida espiritual católica y todo apego a la vida de la gracia, dejando intactos los edificios. Este veneno letal, difundido por la secta de la Nueva Era, es el gnosticismo, que puede definirse como la pretensión del hombre de salvarse a sí mismo sin la necesidad de Dios, sin Jesucristo y su gracia, sin su Iglesia y sus sacramentos. De esta manera, el gnosticismo destruye los cimientos de la vida espiritual, desde el momento en que reemplaza la fe en Jesucristo por la fe en el hombre, con lo cual se muestra infinitamente más poderoso en su capacidad destructora que los enemigos a los que se enfrentó San Pío V, la Reforma y los turcos otomanos. El gnosticismo es destructor porque de la adoración del hombre por el hombre pasa, casi imperceptiblemente, a la adoración de Lucifer, objetivo último de la Nueva Era, la cual pretende la entronización de Lucifer como rey del universo y la iniciación y consagración luciferina de toda la humanidad.
         Sin embargo, al igual que en tiempos de San Pío V, la Iglesia cuenta con la ayuda de una fuerza espiritual poderosísima, ante cuya presencia los enemigos de Dios y de la Iglesia se disipan como el humo al viento: la Santa Misa, la Eucaristía, la Confesión sacramental, el rezo del Santo Rosario y la Verdad revelada, depositada, custodiada y explicitada por el Magisterio de la Iglesia. Además, el católico cuenta con la promesa de Jesús de que “las puertas del infierno no prevalecerán” contra la Iglesia (Mc 8, 27-30), y por este motivo, quien haga uso de estas armas celestiales, saldrá triunfante en la más grande batalla entablada en la tierra desde el inicio de los tiempos, entre las fuerzas de Dios y las fuerzas de las tinieblas. Con el uso de estas armas espirituales y con la promesa de Jesús, el católico está siempre seguro de que las fuerzas del infierno “no prevalecerán”.

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