San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

miércoles, 9 de enero de 2013

San Simeón el estilita


5 de enero


Vida y milagros de San Simeón[1]
San Simeón es el fundador del movimiento de los estilitas, hombres que vivían en lo alto de una columna (estilita significa: el que vive en una columna), en oración ininterrumpida[2].
Nace cerca del año 400 en el pueblo de Sisan, en Cilicia, cerca de Tarso, donde nació San Pablo. Un día, al entrar en una iglesia, oyó al sacerdote leer en el sermón de la Montaña las bienaventuranzas, y se sintió atraído por dos en particular: “Dichosos los pobres, porque de ellos es el Reino de los cielos. Dichosos los puros de corazón porque ellos verán a Dios”.
Preguntó a un anciano monje por su significado, y le rogó que le dijera cómo podía alcanzar la felicidad prometida. El anciano le respondió que el texto sagrado proponía como camino a la felicidad, la oración, la vigilia, el ayuno, la humillación y la paciencia en las persecuciones, y que la vida de soledad era la mejor manera de practicar la virtud. Decidido a ir en busca de las bienaventuranzas, Simeón se retiró a orar largamente, luego de lo cual, se quedó dormido y tuvo un sueño, relatado por él. Se vio a sí mismo cavando los cimientos de una casa. Las cuatro veces que interrumpió su trabajo para tomar aliento, oyó una voz que le ordenaba seguir excavando. Finalmente, recibió la orden de cesar, porque el foso era ya tan profundo, que podía abrigar los cimientos de un edificio de la forma y el tamaño que él escogiera. Como comenta Teodoreto, “los hechos verificaron la predicción, ya que los actos de ese hombre estaban tan por encima de la naturaleza, que los cimientos debían ser muy profundos para soportar peso tan enorme”.
Al despertar, Simeón se dirigió a un monasterio de las proximidades, cuyo abad se llamaba Timoteo y se detuvo a las puertas durante varios días sin comer ni beber, suplicando que le admitieran como el último de los sirvientes. Su petición fue bien acogida y por fin se le recibió por un plazo de cuatro meses. Ese tiempo le bastó para aprender de memoria el salterio.
Este contacto con el texto sagrado iba a alimentar su alma durante el resto de su vida.
Una vez en el monasterio, provocaba asombro por su austeridad: se pasaba semanas sin probar bocado, dormía sobre piedras, y se había enlazado a la cintura un cilicio[3] de mirto salvaje y espinoso, al que no se lo quitaba ni de día ni de noche. Un día el superior del monasterio se dio cuenta de que derramaba gotas de sangre y al examinarlo los monjes, se dieron cuenta de que la cuerda o cilicio se le había incrustado en la piel, logrando quitársela con mucha dificultad. El abad o superior le pidió que se fuera a otro sitio, porque allí su ejemplo de tan extrema penitencia podía llevar a los hermanos a exagerar en las mortificaciones.
Se fue entonces a vivir en una cisterna seca, abandonada, y después de estar allí cinco días en oración  decidió imitar a Nuestro Señor y pasar los 40 días de cuaresma sin comer ni beber. Le consultó a un anciano y éste le dijo: “Para morirse de hambre hay que pasar 55 días sin comer. Puedes hacer el ensayo, pero para no poner en demasiado peligro la vida, dejaré allí cerca tuyo diez panes y una jarra de agua, y si ves que vas desfallecer, come y bebe”. Así lo hizo. Los primeros 14 días de cuaresma rezó de pie. Los siguientes 14 rezó sentado. En los últimos días de la cuaresma era tanta su debilidad que tenía que rezar acostado en el suelo. El domingo de Resurrección llegó el anciano y lo encontró desmayado y el agua y los panes sin probar. Le mojó los labios con un algodón empañado en agua, le dio un poquito de pan, y recobró las fuerzas. Y así paso todas las demás cuaresmas de su larga vida, como penitencia de sus pecados y para obtener la conversión de los pecadores.
Lueo se retiró a una cueva del desierto para no dejarse dominar por la tentación de volverse a la ciudad y se hizo atar con una cadena de hierro a una roca y mandó soldar la cadena para no podérsela quitar. Pero varias semanas después pasó por allí el Obispo de Antioquía y le dijo: “A las fieras sí hay que atarlas con cadenas, pero al ser humano le basta su razón y la gracia de Dios para no excederse ni irse a donde no debe”. Entonces Simeón, que era humilde y obediente, se mandó quita la cadena.
Pronto se extendió la fama de gran santidad, y fue así que acudían de regiones vecinas y también lejanas para consultarle, pedirle consejos y tocar su cuerpo con objetos para llevarlos en señal de bendición, llegando hasta quitarle pedacitos de su manto para llevarlos como reliquias.
Entonces para evitar que tanta gente viniera a distraerlo en su vida de oración, se ideó un modo de vivir totalmente nuevo: se hizo construir una columna de tres metros para vivir allí al sol, al agua, y al viento. Después mandó hacer una columna de 7 metros, y más tarde, como la gente todavía trataba de subirse hasta allá, hizo levantar una columna de 20 metros, y allí pasó sus últimos 37 años de su vida.
Es precisamente de aquí de donde viene el nombre con el que es conocido, “Simeón el estilita”, pues columna se dice “Stilos” en griego. Lejos de atenuarse, las penitencias en la columna se volvieron extremas -como así también la gracia recibida y alcanzada por San Simeón-: no comía sino una vez por semana;  la mayor parte del día y la noche la pasaba rezando, unos ratos de pie, otros arrodillado y otros tocando el piso de su columna con la frente.
Cuando oraba de pie, hacía reverencias continuamente con la cabeza, en señal de respeto hacia Dios. En un día le contaron más de mil inclinaciones de cabeza. Un sacerdote le llevaba la Sagrada Comunión. Su columna no pasaba de tener unos dos metros de superficie, lo cual le permitía apenas acostarse. Por lo demás, carecía de todo asiento. Sólo se recostaba para tomar un poco de descanso; el resto del tiempo lo pasaba encorvado en oración. Se vestía de pieles de animales, y jamás permitió que una mujer penetrara en el espacio cerrado en el que se levantaba su columna.
Las gentes acudían por multitudes a pedir consejos. Él les predicaba dos veces por día desde su columna y los corregía de sus malas costumbres. Y entre sermón y sermón oía sus súplicas, oraba por ellos y resolvía pleitos entre los que estaban peleados, para amistarlos otra vez. A muchos ricos los convencía para que perdonaran las deudas a los pobres que no les podían pagar. Convirtió a miles de paganos. Un famoso asesino, al oírlo predicar, empezó a pedir perdón a Dios a gritos y llorando. Algunos lo insultaban para probar su paciencia y nunca respondió a los insultos ni demostró disgusto por ellos. Hasta Obispos venían a consultarlo, y el Emperador Marciano de Constantinopla se disfrazó de peregrino y se fue a escucharlo y se quedó admirado del modo tan santo como vivía y hablaba.
Para saber si la vida que llevaba en la columna era santidad y virtud y no sólo un capricho, los monjes vecinos vinieron y le dieron la orden de que se bajara de la columna y se fuera a vivir con los demás. Simeón, que sabía que sin humildad y obediencia no hay santidad, se dispuso inmediatamente a bajarse de allí, pero los monjes al ver su docilidad le gritaron que se quedara otra vez allá arriba porque esa era la voluntad de Dios. Su discípulo Antonio nos cuenta que el santo oró muy especialmente por su madre, a la muerte de ésta.
Para que nadie piense que se trata de una leyenda, recordamos que la vida de San Simeón Estilita la escribió Teodoreto, Padre de la Iglesia y discípulo del Santo; Teodoreto era monje en aquel tiempo y fue luego Obispo de Ciro, ciudad cercana al sitio de los hechos.  Un siglo más tarde, un famoso abogado llamado Evagrio escribió también la historia de San Simeón y dice que las personas que fueron testigos de la vida de este santo afirmaban que todo lo que cuenta Teodoreto es cierto.
Murió el 5 de enero del año 459. Estaba arrodillado rezando, con la cabeza inclinada, y así se quedó muerto, como si estuviera dormido. El emperador tuvo que mandar una gran cantidad de soldados porque las gentes querían llevarse el cadáver, cada uno para su ciudad. En su sepulcro se obraron muchos milagros y junto al sitio donde estaba su columna se construyó un gran monasterio para monjes que deseaban hacer penitencia.

Mensaje de santidad de San Simeón el estilita
La vida y la conducta de San Simeón llamaron la atención, no sólo de todo el Imperio Romano, sino también de los pueblos bárbaros, que le tenían en gran admiración. Los emperadores romanos se encomendaban a sus oraciones y le consultaban sobre asuntos de importancia. Sin embargo, debe reconocerse que se trata de un santo más admirable que ejemplar[4]. Su vida es profundamente edificante, en el sentido de que no podemos menos de sentirnos confundidos, al comparar su fervor con nuestra indolencia en el servicio divino. Sin embargo, hay que hacer notar que la santidad de almas como la de San Simeón no consiste, ni en sus acciones extraordinarias, ni en sus milagros, sino en la perfección de su caridad, de su paciencia y de su humildad; y estas virtudes brillaron esplendorosamente en la vida de San Simeón. Exhortaba ardientemente al pueblo a corregirse de su inveterada costumbre de blasfemar, a practicar la justicia, a desterrar la usura, a la seriedad en la piedad, y a orar por la salvación de las almas.
En su mensaje de santidad, San Simeón nos enseña además el valor de la oración, de la obediencia, de la humildad y de la penitencia corporal, para llegar a la santidad. La oración, porque la oración es el alimento del alma, alimento por el cual el hombre recibe la substancia misma de Dios; la obediencia, porque así se imita mejor a Jesucristo, Hombre-Dios, que “se hizo obediente hasta la muerte”, por amor, para salvar a la humanidad; la humildad, que es la virtud, junto con la obediencia, que más nos asemeja al Hombre-Dios, infinitamente humilde y bueno y obediente a Dios, su Padre; la penitencia corporal, que es una forma de rezar con el cuerpo, al tiempo que se expían los pecados propios y los de los demás, siendo necesaria para entrar en el cielo según las palabras de Jesús: “Si no hacéis penitencia, todos pereceréis”. La celebración de la memoria de Simeón el Estilita nos debe llevar a recordar las palabras de Jesucristo y a dedicarnos a ofrecer penitencias por nuestros pecados y por los pecados del mundo entero.



[1] Cfr. Butler, Alan, Vidas de los Santos de Butler, Tomo I, México2 1968, 37ss.
[3] Cilicio: cuerda hiriente que algunos penitentes se amarran en la cintura para hacer penitencia corporal, como método que dispone al cuerpo para recibir la gracia que permita dominar las tentaciones. Se considera a San Simeón inventor del cilicio.
[4] Cfr. Butler, o. c., 38.

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