San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial

San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia celestial
"San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla, sé nuestro amparo contra la perversidad y acechanzas del demonio; reprímale, Dios, pedimos suplicantes, y tú, Príncipe de la Milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás espíritus malignos, que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas. Amén".

jueves, 31 de enero de 2013

El altar eucarístico, símbolo del Sagrado Corazón



         El Sagrado Corazón de Jesús es llamado “altar de Dios”, porque allí se ofrece el sacrificio de adoración y de alabanzas a Dios Trino. El Sagrado Corazón, que se le aparece a Santa Margarita envuelto en llamas, arde en el Amor divino, Amor que es puro, perfecto y santo; Amor que es eterno e infinito; Amor que es el mismo Amor de la Trinidad, el Espíritu Santo. Por este motivo, el Sagrado Corazón es altar en el que se rinde el culto perfectísimo de adoración a Dios Uno y Trino, y es impensable que se ame y se adore, en este altar, a nadie que no sea Dios Uno y Trino.
         Las llamas del Amor divino, que envuelven al Sagrado Corazón, son un testimonio de que en este Corazón del Hombre-Dios ningún amor profano, ni creatural, ni sacrílego, tuvieron, tienen, ni podrán jamás nunca tener lugar, porque esas llamas representan al Espíritu Santo, la Persona Amor de la Trinidad, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Amor que une en la eternidad al Padre y al Hijo.
         El Sagrado Corazón, por estar envuelto en las llamas del Espíritu Santo, es el altar sagrado en donde se rinde adoración al Dios verdadero, Dios Uno y Trino; el Sagrado Corazón es la encarnación del Amor eterno que el Verbo de Dios profesa al Padre desde toda la eternidad, Amor que se expresa sensiblemente como llamas de fuego, porque el Amor que lo envuelve es el Fuego de Amor divino, el Espíritu Santo, que arde con amor eterno en el altar del Sagrado Corazón.
El Sagrado Corazón, entonces, envuelto en las llamas del Amor divino, es el altar exclusivo en donde se adora a Dios Uno y Trino; en la tierra, un símbolo del Sagrado Corazón es el altar eucarístico, puesto que en el altar eucarístico se rinde culto exclusivo, puro y perfectísimo a Dios Trino. En el altar eucarístico, al igual que en el Sagrado Corazón, no hay lugar para amores profanos, porque es el Amor de Dios, el Espíritu Santo, el único que sobrevuela sobre el mismo, en la consagración de las especies, para convertirlas a estas en el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad del Cordero de Dios, Jesús. El altar eucarístico, en la consagración, es envuelto por las llamas del Amor divino, el Espíritu Santo, espirado por el Padre y el Hijo, para convertir la materia inerte de las ofrendas en el Pan Vivo bajado del cielo. Por esto mismo, aunque está en la tierra y está hecho de materia, el altar eucarístico es una parcela del cielo eterno en la tierra, destinado a contener a Aquel a quien los cielos no pueden contener debido a su infinita grandeza, Cristo Jesús en la Eucaristía. Es impensable e inimaginable que el altar eucarístico, símbolo del Sagrado Corazón de Jesús, sobre el cual desciende el fuego del Espíritu Santo en la consagración, sea utilizado para otro fin que no sea el de rendir homenaje de amor, adoración, alabanza y gloria a Dios Uno y Trino, como es impensable e inimaginable que el Sagrado Corazón de Jesús pueda adorar a otro que no sea al único Dios verdadero, Dios Uno y Trino.
Y sin embargo, lo inimaginable, lo impensable, sucede. La realidad supera a la imaginación; la realidad supera a lo que la imaginación no puede concebir, y es así que el altar eucarístico, en un lugar de un país sudamericano, ha sido profanado, al haber sido utilizado para ritos de magia, por una tal "Maga Hania". En la magia se invoca al demonio, el Príncipe de las tinieblas, por lo que es inaceptable que en un altar eucarístico se haga un rito mágico y pagano.

La "Maga Hania" profanando el altar eucarístico
al rezar oraciones de magia y brujería
mediante las cuales se invoca al demonio.

No se trata de una simple transgresión de usos de objetos litúrgicos, sino de algo muchísimo más grave: se trata de la “abominación de la desolación” de la que habla el profeta Daniel (11, 31), porque si el altar eucarístico es una parcela del cielo eterno, parcela en donde se rinde adoración y alabanza a Dios Trino, entonces es un intento, aquí en la tierra, de las fuerzas del infierno, de colocar al Ángel caído en el lugar de Dios. Si en el cielo sólo se adora a Dios, y si en el altar eucarístico sólo se adora a Dios, rezar oraciones de magia, que son invocaciones al demonio, en el altar eucarístico, es hacer lo mismo que hizo el Demonio en los cielos: pretender desplazar a Dios y ocupar su lugar, y es en esto en lo que consiste la “abominación de la desolación”.
Cuando el demonio cometió el pecado que le valió perder el cielo para siempre, el pecado de soberbia, que lo llevó a decir la primera mentira “Yo soy como Dios”, el Arcángel San Miguel replicó, con voz tronante: “¿Quién como Dios? ¡No hay nadie como Dios!”, con lo cual dio inicio a la batalla que en los cielos finalizó con la expulsión de los ángeles rebeldes.
Esos mismos ángeles son los que continúan la lucha que perdieron en los cielos, en la tierra, y con la misma insolencia y soberbia con la que quisieron desplazar a Dios Trino de los cielos, así quieren desplazar al Sagrado Corazón Eucarístico de su altar.
Reparemos con misas, rosarios, oraciones, sacrificios, penitencias y ayunos tan grande sacrilegio, y junto con San Miguel Arcángel, defendamos el altar eucarístico, símbolo del Sagrado Corazón de Jesús, diciendo: “¿Quién como Dios? ¡Nadie como Dios! ¡Nadie que no sea Cristo Dios habrá de ocupar el altar eucarístico!”.

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